Rock al Parque 2017, día 3 por Santiago Rivas

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Por Santiago Rivas @rivas_santiago Foto Simona Malaika @simonamalaika

En realidad fue medio día; mis responsabilidades en el programa Dos y Punto de Caracol Radio (que, a todas estas, ustedes deberían estar oyendo de lunes a viernes a las 2:00pm) me impidieron llegar temprano a ver todo lo que quería: 2 Minutos, Catfish, Acid Yesit, en fin. Quedaba el final de la tarde y la noche y yo tenía que apurarle. Y le apuré, claro. Es una lástima que tantas bandas buenas se cruzaran entre sí, pero al tiempo es un privilegio el poder decir que no pudiste ver a la Santa Cecilia, por estar viendo a Los Tres, o que te perdiste un poco de Los Makenzy por ver a Ismael Ayende. Es una fortuna, y hay que verlo como tal, pero siguió siendo mucho lo que me quedó faltando.

Lo primero que vi fue Panteón Rococó. Para el momento en que salieron a hacer su presentación, el escenario principal estaba lleno. Repleto. A mí no me gustan particularmente, pero en vivo tienen una fuerza inusitada. Son talentosísimos, e hicieron todo tipo de juegos en vivo, como pasar de la cumbia al ska y a la cumbia mexicana, o cantar todos y cada uno de ellos. Su presentación fue tan poderosa, que podía oírse hasta el fondo del parque cuando aplaudían al final de cada canción. Mis respetos.

Luego fui a ver a Kanaku y El Tigre, una de las bandas que tenía marcadas en el calendario. Llegué a la mitad, y agradecí infinitamente haberlos visto en Estéreo Picnic, porque la de ayer fue una presentación muy floja. No mala, porque ellos son muy buenos, pero sí falta de energía. No quiere decir esto que hubieran tenido que hacer versiones punk de sus canciones, ni traer colaboraciones, ni hacer nada distinto de lo que normalmente. Quiere decir simplemente que con las grandes tarimas vienen grandes responsabilidades, no importa cuánta gente haya. Es solo mi opinión, pero siento que les faltó tantica polenta.

Una breve parada en la zona de comidas, y seguimos la maratón: Ismael Ayende denomina su música como “Psico-surf andino”, y cumplen a plenitud con la promesa. Yo prefiero sus canciones más fuertes, cuando le meten menos psico y más surf, pero en general son buenísimos, y merecían un buen público, como el que tuvieron. La presentación en la tarima ECO en este lunes de festival estuvo muy bonita. Atrapante, en realidad. La gente los miraba con perplejidad, porque es fácil perder la noción del tiempo al oírlos. Hacen de música como un viaje de quién sabe qué. Nada está fuera de lugar. Usan percusión menor y riffs de guitarra con algunos valles de sonidos largos. Hacen composiciones densas, pero no se sienten pesados, ni cansones. Al contrario, la dulzura que sus dos cantantes (ella y él) ponen en la voz, nos recuerdan que estamos con alguien de confianza. Ojalá los sigamos viendo, en tarimas cada vez más llenas, cada vez más grandes.

Los Makenzy están listos para la cima. Tienen un sonido comercial y melódico, muy cálido. Yo les creo. Ahora son los consentidos de todo el mundo, pero tienen fuerza suficiente para resistir el golpe de no serlo más, cuando lleguen los siguientes niños prodigio. Es difícil ocupar el lugar que ellos estaban ocupando, justo antes de los dos invitados de lujo. Normalmente a esas bandas les gritan todo tipo de improperios, porque la gente está impaciente por ver a “los duros”. Pero ellos son unos duros también, y se les notaba, los tres dándole en la tarima más grande como si nada. Su sonido blusero y clásico es auténtico, y es eso lo que importa. Creo que su cualidad más importante es esa, y se transmite a todo lo que hace. Son fluidos en escena; no se complican, ni buscan ser más cool de lo que son. Son unos muchachos bogotanos que tienen apellido de delantero costeño del Junior y tocan rock clásico, porque les sale de los huevos. Y les sale muy bien.

Es lamentable, al menos para mí, que los mejores grupos se hayan tenido que cruzar de esa manera. No debo ser el único que lo piensa, pero para la organización tiene que ser un alivio poder partir al público en dos y tres partes, para no tener que vérselas con la turbamulta en pleno, en una sola tarima. Digo esto, porque tuve apenas tiempo de oírle cuatro canciones a Los Espíritus, de Argentina. Combinan tres guitarras, que sin pudor alguno empiezan a intercalar entre efectos y acordes, para generar un sonido hipnótico que tenía loco a todo el mundo en la zona de prensa. Combinan su batería con una línea de percusión, para mayor efecto psicotrópico, y hacen sus canciones para meter en medio de ellas fases de solo goce instrumental. Una maravilla. Ojalá se queden una semanita, como para verlos tocar en otro lado. Me fui porque oí pasos de gigante.

Me resulta muy difícil describir lo que representan para mí Los Tres, de Chile. Cuando los oí por primera vez, era apenas el 94. No he parado de quererlos desde entonces, cuando tenía doce años. Lo que siento es que ellos son una de las poquísimas bandas que hace música inmortal. No importa cuántos fans tenga, ni cuántas vistas en Youtube. Para mí es claro que nadie a quien le haya gustado este grupo ha podido olvidarlo. No suena como que estén sufriendo y, sin embargo, sus letras lo pican a uno en la mitad del alma; escojan la que quieran. Tienen alma, y sentido del humor, y ponen todo su talento en cada canción. No importa si suena como un rocanrol (El Aval), como una canción de cantautor (Déjate Caer) o como rock latinoamericano de los 90 (Tírate). Son excelentes músicos y son versátiles, porque aunque su base es el rocanrol clásico, lo que importa en ellos no es el género, sino la elocuencia, el alma. Así era en los noventa, y hay días que de verdad uno extraña que nazcan bandas así, o al menos que aspiren a eso.

El caso, me gustan mucho, Los Tres. Y esta noche, mientras se presentaban por primera vez en Colombia (me costaba creerlo), simplemente confirmamos, a pesar de las fallas en el sonido (¿cuál es la vaina con el sonido en la tarima Plaza?), que se trata de una banda de las grandes. Ojalá siguieran componiendo canciones así, más y más. Y tocándolas en vivo. El bajo (Titae Lindl) y las guitarras perfectamente claros, y la voz de Álvaro Henríquez como si fuera un instrumento más, tan triste como dulce. Se dieron el tiempo de jugar, y le hicieron un homenaje al homenaje que hace ya años les viene haciendo Café Tacvba, convirtiendo su Déjate caer en la versión de ellos, con el baile y todo. Luego, en medio de He barrido el sol, metieron un pedazo de Jefe de jefes, de Los Tigres del Norte, así como así. Si fuera por mí, este concierto habría durado tres horas. Como no fue así (di NO a la explotación, músico de Concepción), me fui a seguirla con una fan enamorada de Los Tres.

Mon Laferte es un fenómeno en muchos sentidos. Vamos en orden de aparición. El más básico es su belleza; pero mucho más que eso, el ángel gigantesco que despliega cuando se para en una tarima, su carisma, que pasa por encima de todos. Tiene una voz preciosa, siguiendo con la lista, y una puesta en escena que desarmaría al último de los malpensantes. Su instrumentación es impecable al punto en que hace pop, pero va del ska al jazz, a la canción francesa, al rock, a lo chileno, a lo mexicano, a todo lo que le sirva. Por fuera de la tarima también es un fenómeno. En poco más de un año se ha convertido en la consentida de las audiencias, sin sonar casi en emisoras de radio, y sin que las grandes disqueras ni los grandes nada le hayan prestado suficiente atención. Nunca había venido a Colombia, y se quedó de una pieza cuando oyó que todo el público, muchos en Prensa incluidos, cantaban al unísono su canción Amor completo, muy a tono con el título.

Se nota a leguas cuando alguien le pone amor a su trabajo. Afortunadamente, el alma sigue siendo una fuerza superior, que ni los monopolios, ni las emisoras, ni la payola, ni el machismo, ni nada, pueden frenar. Cuando queda impresa en una grabación, digital o análoga, o cuando se la ve saliendo de una tarima, el alma atraviesa cualquier barrera. Hay que tener timing, claro, y persistencia; hay que ser tercos con lo que amamos, porque la industria de la música es un negocio árido y lleno de trampas, pero con Mon Laferte pareciera que existe una esperanza para la música independiente.

Ese fue, oficialmente, mi cierre de Rock al Parque. Extraoficialmente, tuve la oportunidad de ver un par de canciones, al final de la presentación que dio Draco Rosa, cerrando la tarima principal y el festival entero. La gente estaba muy feliz, salvo aquellos que se quedaron con su canción favorita sin tocar, como suele pasar, o aquellos que se preguntaban si la salida intempestiva y el final del concierto se debía una vez más a una falla en el sonido, problema este que le resulta tan difícil de llevar a Draco (pero ya en serio ¿Qué carajo pasa con el sonido en la tarima principal?).

Sea lo que sea, este fue un muy buen Rock al Parque. Hay cosas por mejorar, como siempre, pero el festival de este año fue en realidad una gran oportunidad para disfrutar de la música, y usarla como excusa para derribar esos muros inútiles que nos separan, gracias al placer que viene con un buen fin de semana, lleno de conciertos. Y ya que hablamos de muros, derriben ese castillo tan inmundo que construyeron en la tarima principal, por favor.

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