Rock al Parque 2018: Mamá, los chicos quieren bailar

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Por José Gandour Foto de Simona Malaika @simonaMalaika

Siempre el domingo de Rock al Parque es el de mayor colorido, el de mayor variedad de sonidos, el día donde hay más riesgo en la curaduria y donde los radicales de siempre tienen la oportunidad de quejarse, sacar la rabia a relucir y protestar porque, como siempre, “se ha traicionado el concepto de Rock”. Algunos mal disimulados racistas se ausentan durante el segundo día del festival porque creen que los espíritus del mestizaje los van a invadir y los van a poner a danzar de manera desenfrenada. Esos asustadizos personajes creen que el baile es vudú y que sus cuerpos gloriosos y castos no soportarían semejante carga de alegría. Ellos quieren que el Rock sea siempre lúgubre, sombrío, limitado, como si hubiera nacido en el Polo Norte y como si hubiera tenido la mala suerte de Kal-El, luego Superman, de haber tenido que salir de su bosque de témpanos para venir a convivir tristemente con los humanos.

Días como el de ayer, en el escenario Lago, son jornadas en las que nos acordamos que el amplio nombre del Rock sigue vivo gracias a que hace rato dejo de ser una exclusividad anglosajona, y se alimentó de los diferentes sonidos del mundo. Se agradece cada vez que un artista, en estos tiempos tan insípidos, se acuerda que la muchachada  quiere salir de la rutina, del cansancio de lo cotidiano, y desea sacarse el sinsabor del día bailando. En una tierra tan rica en ritmos como Colombia, le hemos regalado torpemente el espacio de danza a propuestas tan pobres en su estructura y tan misóginas como el reggetón. Le hemos quitado el sabor a las propuestas rockeras y destilamos más rabia que placer en las canciones. Claro, hay grandes excepciones, pero, ¿no les llama la atención que la mayoría de locales que organizan conciertos en Bogotá ya evitan hacer presentaciones de rockeros, tocando sus propios temas, los fines de semana?

Los chicos y las chicas quieren bailar. Y por eso mucha gente se aglomeró en el escenario Lago a ver a los congoleños Jupiter & Okwess. Seguramente la mayoría de los asistentes, hasta ayer, no sabría localizar la república del Congo en un mapamundi. Se perderían nombrando la cantidad de lenguas y tribus que se hablan en dicho territorio. Apenas recordarían, por la popularidad del Mundial de Rusia, que algunos de los jugadores de Bélgica tenían antecedentes familiares de dicho país. Pero algo sí sabían: De África viene esa original sustancia que estremece nuestros cuerpos cada vez que retumba en cualquier rincón del mundo. Le debemos mucho a África y pocas veces voleamos nuestros rostros para ver lo que sucede en dicho continente. A veces pensamos que ni siquiera existe o lo tenemos en la memoria cada vez que vemos esas barcazas repletas de seres humanos desesperados, a punto de hundirse, cruzando el Mediterráneo, esperando llegar a tierra para ser malrecibidos por los europeos.

Con Jupiter & Okwess recordamos que el Caribe nace en las costas occidentales de África. También nos acordamos de las idas y vueltas históricas del sonido que cruzó mares y se fue llenando de nuevas tendencias sónicas, donde la guitarra eléctrica se llena de eternos punteos y donde las percusiones tradicionales se unen a los usuales instrumentos rockeros de Occidente.Se subieron al escenario de Rock al Parque sabiendo que había mucha gente al frente que, sin conocerlos, quería saltar desde el primer compás. Ellos, con creces, cumplieron con su labor, y consiguieron el desenfreno imparable de los asistentes. Por el momento, en un festival cuya edición no termina de completar la cuota de extasis que fuimos a buscar, ha sido el mejor acto presenciado este año en Rock al Parque.

Ps. Dicen las malas lenguas que, al contrario, lo visto en escenario Eco, con Pussy Riot, fue decepcionante. Además, curiosamente, este colectivo musical ruso estaba anunciado para presentarse al mismo tiempo en Edimburgo, Escocia. Curioso, ¿no?

 

 

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