Por Santiago Rivas @rivas_santiago Fotos Simona Malaika @simonamalaika

Mi tercer día de Rock al Parque fue uno bien interesante. Muy difícil de dibujar, por la cantidad de “vips” (como bien los llamó Fito Páez) que atiborraban la sala de prensa. Yo hacía mucho tiempo no peleaba por eso, pero esta vez fue mucho, de verdad. Y debo decir que, a última hora, le pedí a la organización una acreditación de prensa, porque no nos alcanzaban las tres que nos dejaron. Mejor dicho, yo entiendo, pero esta vez era demasiada gente.

Llegué tarde, como fue mi patrón en este festival, para encontrarme con que estaba retrasada la tarima principal. No sé si estaba pensado para ser así, un poco tratando de concentrar a todo el mundo para el gran cierre, o si fue un error logístico. Gracias a eso, pude ver un poco de El Tri. No me gusta, pero era un obligado de este Rock Al Parque, porque leyenda es leyenda, no importa si no es la favorita de uno. Alex Lora es solamente un poco más viejo de lo que lo vi alguna vez en MTV Latino, pero es exactamente el mismo rockero de corazón. En cuanto empezó a cantar algo sobre las mamás, huí despavorido.

Cristina Rosenvinge la tiene clara. Clarísima. La música que viene haciendo desde hace ya décadas es bellísima, sus canciones nuevas son cada vez más complejas, tiene letras profundas y un gran ángel que la acompaña cuando se presenta en vivo. Su presentación fue, para empezar, elegante. No “elegante como el pegante”, sino casi en su acepción científica: no le faltaba nada, no le sobraba nada; no había que imaginarse nada, simplemente disfrutarlo. Horas antes, osé pensar que tal vez se sentirían viejas las canciones de Cristina y Los Subterráneos, pero no podía estar más equivocado. Una vez más, mientras oía “dile a papá / que me voy de la ciudad / dile a los chicos / que no volveré más…” pensaba en todas las pequeñas peleas que se dan en el día a día, en las fantasías de libertad y en la libertad misma. Es una mujer admirable. Es así de simple la canción, así de poderosa. Y todas las otras.

Alcancé a ver un poco de Gustavo Santaolalla, antes de ir a Tequendama. Su presentación fue perfectamente elocuente y coherente con lo que lleva haciendo durante años. Lejos de ser un estallido y un subidón de adrenalina, como se espera de un grupo de lo que los papás llaman “rock pesado”, fue un ascenso prolongado, lleno de sonidos y matices. Se sentó en la mitad del escenario y cantó a pulmón lleno sus canciones. Fue rock del mejor, porque un músico, pero además un productor de la relevancia de Santaolalla, no se va a poner con huevonadas. Impecable.

Tequendama, pese a ser una banda formada con elementos de otras bandas conocidas (lo que se conoce comúnmente como “superbanda”), es refrescante para nuestra escena rockera. Se les agradece que se hayan unido, porque es verdad que tenemos mucho por hacer, y solemos conformarnos con lo poco que hay. No lo digo porque lo que hay no sea bueno, sino porque necesitamos más y más. Sobre todo, necesitamos más rabia. Estamos subvalorando el enorme aporte de la rabia en nuestras vidas y en nuestra música. Con un país como el que hay, ese sonido profundo y agresivo cae como anillo al dedo. Qué bueno que todos los músicos maduraran así, conociéndose tan bien a sí mismos y su oficio. Felicitaciones.

Corrí a ver algo de Estados Alterados, porque este era un festival muy dedicado a la nostalgia y ellos jamás van a sobrar en un escenario. Siento que la presentación les costó encarrilarla un par de canciones, tal vez porque la cadencia de sus trabajos más recientes es mucho más relajada y eso hace que los hits pierdan algo de tempo, como le pasa a los Aterciopelados con sus canciones emblemáticas. Sin embargo, no fue mucho lo que tardaron en ser el grupo de siempre, y dieron un bonito espectáculo, que abandoné para ver algo de Morfonia, como les había prometido a ellos.

El sonido de Morfonia sigue muy vigente. Hicieron unas visuales sumamente nostálgicas, pero siento que las canciones vienen muy al caso. Ojalá tengamos más de ellos por largo rato, porque ninguna banda suena como ellos. Un bajo complejo, casi como en estado permanente de funk rock, sin bajar la guardia, y la guitarra haciendo ensamble con la batería y la voz, son una combinación muy particular, que da gusto haber crecido en los noventa. Se les extraña, señores.

Juanes dio una presentación de Rock al Parque al pie de la letra. Yo no soy fanático de Juanes. No me gusta, pero me cae bien y, aunque siento que pertenece a un universo distinto, comparto su alegría y sus nervios por estar, por fin, presentándose en el festival más grande de su país. Es una tontería decir que Juanes no merece estar en Rock al Parque porque “no es rock” lo que hace. Primero, porque ese argumento no nos ha servido cuando atacan bandas que nos gustan y que evidentemente no son rock, como Buraka Som Sistema y segundo, porque Juanes hace rock; quiere hacer rock y es un rockero de corazón. Que no esté conectado con el rock tal y como lo entiende el público de Rock al Parque, o que no nos guste, o que haya pasado tanto tiempo por fuera, sigue sin ser excusa.

Yo mismo debo reconocer que me sentí interpelado, más porque siento que estaban usando a Juanes para hacer su Rock al Parque electoral y eso me molesta, pero nada tiene que ver con su música. Ni siquiera me molestó que llamara al escenario a Fonseca, que hace tropipop y a Cepeda, que canta baladas y boleros, porque ese es el país en el que vivimos y vale más aceptarlo y divertirnos, que pelear por bobadas, con este país cayéndose a pedazos. De hecho, en este punto debemos tener muy claro que es mejor tener a un tropipopero en Rock al Parque (Fonseca, que es tan buen tipo en verdad), que a uno gobernando (Duque, que es tan buen tipo, pero de qué nos sirve). Juanes fue, se dio gusto en el escenario, llamó a sus amigos e hizo un cover de Metallica. No hay nada que decir. Mucho respeto, y felicitaciones. De hecho, estuvo bien recordar lo buen guitarrista que es. Pero tampoco me iba a quedar todo el concierto, porque en LAGO empezaba Kap Bambino.

Kap Bambino estuvo bien por un rato. Tienen un número que oscila entre lo bailable y lo complejo (no siempre se oponen, pero es lo común), que va del electro al brak beat, al drum n’ bass, al EBM, incluso. Para ser dos personas en escena, una de las cuales hace todo el trabajo escénico, son muy poderosos en vivo. Prueba una vez más de que Rock Al Parque es importante, gracias a esa capacidad de poner dos sonidos tan absolutamente distintos como Kap Bambino y Juanes a apenas 300 metros de distancia, o algo así. Estuvo bien, pero al cabo de un tiempo me aburrí (los años, me imagino) y me fui a ver a Babasónicos.

Siguen siendo parte de mi top 3 de grupos en español, no que a ellos les importe. Ha sido muy divertido acompañarlos desde los noventa, del funk rock a la sicodelia funk, al satanismo rioplatense surfero, al satanismo puro, al cinismo glam, al pop cuasi planchudo que hacen. Son muchos años de historia y mucha música, muchos géneros y etapas. Ahora, Babasónicos es una banda madura, y se nota. Las visuales, el sonido, la instrumentación. Las dosis exactas de drama y una puesta en escena a la que no se le cae nada. El bajo en su lugar, dos guitarras que se alternan el liderazgo. Hicieron algunas versiones muy interesantes de canciones viejas (el Miami tiene ya 20 años, pucha) y en general dieron un buen concierto. Era hora de ver a un argentino un poco menos multidimensional, un tipo más aterrizado.

Fito Páez es, ante todo, un gran showman. Entre el Circo Beat y su disco más reciente, La ciudad liberada, llevaba mucho tiempo sin gustarme nada de lo que sacaba (no que a él le importe). Exactamente eso fue lo que vi en el escenario PLAZA, como primer cierre de Rock Al Parque: un buenísimo espectáculo, en el que no puedo rescatar sino lo que me gustaba previamente. Fito Páez no se complicó, como Pedro Aznar, trayendo mucho material nuevo y “siendo él”, sino que tocó sin ninguna pena todos sus éxitos, desde los más melosos hasta Ciudad de pobres corazones, que menos mal la tocó, porque sigue siendo mi canción favorita y pensé que se iba a quedar simplemente como su tema de intro. Menos mal le dio alegría a mi corazón (qué chiste tan malo, por favor perdónenme).

Es tan buen showman Fito Páez, que hizo un encore como de media hora en el que estuvo hasta Juanes haciendo solos de guitarra y, no solo no vino nadie a sacarlo, todo el mundo seguía bailando como si nada, coreando las canciones, aunque todos supiéramos que hacía rato era hora para la Filarmónica (y también para ir a dormir porque, puñetera vida, todo hay que decirlo).

El cierre con la Filarmónica fue muy bello. Hubo momentos memorables, como Maligno con Aterciopelados en plena y Muévete con Elvis y una excelente versión de nuestro gran clásico bailable nacional. El puñal y el corazón estuvo excelente y Comprendes Méndez muy bien, pese a que el sonido no estaba listo cuando empezaron (luego siguió sin estar listo, dependiendo de la canción). Según lo que todo el mundo dijo, porque no me consta, la canción que cantó Pedro Aznar estuvo mejor que toda su presentación. Kraken jamás me ha gustado, pero Vestido de cristal estuvo muy buena y la voz femenina fue un cabezazo. Draco Rosa cantó como sin muchas ganas y salió sin despedirse, y Mario Duarte salió sin ganas en absoluto, o tal vez es un rasgo estilístico, un “ímpetu warholiano”, si se quiere. Ya en serio, se nota que le jarta; pero igual hay que agradecerle todos los años por haber sido uno de los creadores de este festival que nos calienta el corazón, nos enciende la polémica y nos ilumina el calendario a tantos en este país. Muchas gracias a todos.

Este artículo estuvo tan largo como el encore de Fito Páez o el cover de Seek And Destroy que hizo Juanes, entonces lo voy a cerrar así, sin más. Mis reflexiones en un siguiente artículo, a subirse en apenas horas. Muchas gracias por su amable espera en línea, trabajamos por su comodidad.

 

 

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