Ya después de siete días de tenerlo al lado, es imposible para mi sentarme a hacer una entrevista formal, una conversación de media hora, en la que se cambia de tono, se someten los personajes en cuestión a la dictadura de la grabadora, y se interpreta el tango estricto de la pregunta-respuesta. Capri, en el momento que escribo esta nota, está en Bogotá, en compañía de Tomas Jackson, un amigo productor que hace las veces de bajista para respaldar sus presentaciones en vivo. El motivo de su presencia es una presentación en un club de la ciudad , que ha sido aplazado unos días por problemas internos del local. Mientras tanto Capri ha aprovechado para, en su manera muy particular, enterarse de lo que sucede en la escena electrónica y recorrer Bogotá.
Quien lo ve, con esa cara de niño que disimula un bigote incipiente, ya ha sido publicado por algunos de los más importantes sellos independientes europeos. Dj Hell lo adora y Chris Allison, productor, entre otros, de Kinky, Cold Play y Plastilina Mosh, lo quiere para su catálogo. Fussible le pide remezclar algunos de sus temas y mientras tanto, además, es solicitado en Berlin para algunas presentaciónes. Por eso, como gran excusa, se la pasa en Internet gran parte del día respondiendo mensajes y se desespera totalmente cuando no tiene un computador con una buena conexión a la mano.
Pero, bueno, hablemos de su música. Lo suyo, si no lo han podido escuchar, está destinado a ser escuchado y a ser bailado. Su funk electrónico tiene profundas raíces en viejos discos de Michael Jackson y Herbie Hancock, pero, por otro lado, se alimenta profundamente de Kraftwerk y otros clásicos europeos. Adora los ochentas (pero no como lo hacen los yuppies de hoy en día) y, debemos decirlo, sabe combinar el sentido de “la canción” con la necesidad intensa de la pista por algo de groove constante. Puede presentar sus temas en formato convencional (bueno, ni tanto: teclados, bajo, samplers contenidos en cds y cajas de ritmo) o en un dj set, donde combina lo suyo con otras grabaciones, muchas de ellas de músicos argentinos que pertenecen a su naciente sello discográfico, Malevo Records.
La gente en Bogotá se acerca a él teniendo en principio ese extraño amor-odio que sienten los colombianos por los argentinos, ese bizarro sentimiento que hace que la mayoría de los habitantes de este país sepa al menos 5 o 6 chistes sobre porteños, y critique, con irregular sabiduría, su supuesta prepotencia, pero, al mismo tiempo, se declaren hinchas acérrimos de Boca o River y pueda cantar decentemente una canción de Soda o Charly. Los bogotanos interesados en el género se acercan a Capri con total desconocimiento pero con amplio interés. Quieren oírlo, primero por argentino y luego por comentarios de otros que si han tenido la suerte de escucharlo. Cuando en las reuniones privadas a las que ha asistido abre la boca, necesariamente hay alguien que se detiene a escucharlo. El bogotano es ávido de información y no pierde oportunidad de obtenerla. En todo caso, Capri, en ese sentido, aunque manera pausada y a veces reservada, no deja de responder y opinar.
Él y Tomás se la han pasado bien pero ya no ven la hora de tocar. Están tan desesperados por hacerlo, que en una cena ofrecida por uno de los organizadores del evento, músico y dj también, la cosa terminó, pasadas las 2 a.m., en un curioso jam electro-acústico que más de un coleccionista hubiera querido tener grabado. Para aliviar la sensación y poder ir liviano a casa después de la dosis de experimentación, el dueño de casa decidió poner algo de música para planchar y hacer reir a los presentes.
Escribo esto unas horas antes de su presentación, pero creo definitivamente que se va a llenar, que la gente va a disfrutar su presentación, que, utilizando el vocabulario de las Destiny Child, la cosa estará Caprillicious. En medio de una situación complicada, como la colombiana, pequeños eventos como este no dejan de ser bien apreciados.