Archivo Zonagirante: Cerati en Bogotá (2003).


No sé si les pasa lo mismo a ustedes: uno va a los conciertos con distinto ánimo, según el artista. A veces uno se aparece en un bar para conocer una nueva propuesta y, por momentos, se tiene la esperanza de encontrar la próxima agrupación lista para romper la historia del rock en dos (uhhh, hace rato que no me sucede, lastimosamente). Hay otros espectáculos a los cuales se asiste casi con resignación, por hacer bulto entre la multitud, porque la única excusa válida para ir al evento es porque se está en buena compañía y porque el combo está dispuesto a la diversión. Y hay los de los artistas reconocidos y admirados, con los cuales uno casi puede asegurar que habrá placer de principio a fin y sólo si se es un poco paranoico (es un defecto mío que sale a relucir en ocasiones) se puede temer algún fallo que conduzca a la decepción.

La verdad, debo confesarlo, ver a Gustavo Cerati en Bogotá el 6 de junio me producía un poco de desconfianza. Siempre es hoy, su última producción no es, en mi opinión, su mejor disco, y su álbum anterior con los episodios sinfónicos me habia parecido cursi (al ver el especial en televisión, ya que el show nunca lo trajeron a Colombia, lo único que me llamó la atención fue la pantalla marca Apple que usaba el director de la orquesta acompañante para disponer de las partituras). Eso si, había que ver a Cerati, porque con ciertos artistas no se puede jugar fácilmente al desprecio y porque, lo sigo asegurando, uno de mis cinco discos favoritos de toda la vida es el hecho en pareja con Daniel Melero, Colores santos. La excusa principal para verlo, sea dicho, era poder escuchar en vivo cualquiera de los temas incluidos en ese álbum.

El concierto, realizado en un lugar poco habitual, al aire libre y soportando el frio bogotano, estaba a reventar. Cerati juega de local aquí y eso, señores, ayuda a cualquiera. Eso, haciéndonos los tiernos, es muy lindo. El público iba como si fuera a la cancha a apoyar a su club favorito, a defenderlo hasta el último aliento. Se sabía todas las canciones, todas, y no iba, como a veces sucede, a pedir de manera inflexible y ya tardíamente, a pedir un repertorio lleno de canciones de Soda Stereo. Los asistentes sabían que hace rato Zeta y Alberti se habían ido, que no iba a sonar Persiana Americana, tampoco Canción animal. Iban a divertirse con un Cerati ya cuarentón que canta Cosas imposibles, Karaoke y Artefacto. Con un Cerati que, sin dejar de ser “rockero”, se deja seducir desde hace tiempo por las últimas tendencias de la música electrónica. Con un Cerati que, en medio de todo, es un guitarrista de grandes batallas, que sabe hacer canciones perfectas para la memoria y que las sabe defender con mucha altura en vivo. Con un Cerati feliz de hallar a las más de 8000 personas que lo contemplaban dispuestos a escucharle todo lo que tenía que decir, sabiendo acariciar sus oídos, sabiendo manejar su cuota de magia, su porción de encanto. Eso es lo que los argentinos llaman acertadamente “el aguante”, la fanaticada al pie del cañón con su artista predilecto.

Ya lo había dicho: él venía a presentar sus últimos trabajos y, en caso de interpretar los viejos temas de su desaparecido agrupación, lo haría con un nuevo sabor. Eso es lo que la gente compraría y nadie se podía sentir estafado al esperar lo contrario. Él, como dicen algunas personas para definir a quienes ya no le deben nada a nadie, está por encima del bien y del mal y se le perdonan todas las cosas mientras alegre a su audiencia. Su último disco, repito, no es el mejor de su historia, es un álbum de transición, a la espera de sorprendernos (ojalá) con otra obra maestra. Pero sabe venderlo con corazón a la hora de los recitales. Su banda sabe acompañarlo y logra crecer con fuerza ante los ojos de la audiencia. Son peones efectivos en una feliz velada, no le temen a nada. Todo estuvo a tiempo para redondear una jornada brillante, incluyendo un plus memorable como ver a Andrea Echeverry, de Aterciopelados, cantando a dúo La Ciudad de La Furia.

La noche no pudo terminar mejor: su última canción fue Colores Santos (“te extraño en las tardes, quizás no es amor”). De ahí en adelante, lo único desagradable fue encontrar un taxi en medio del caos de todos los asistentes buscando como regresar a casa. Pero, eso, ya no era culpa del artista. Él había hecho todo lo que tenía que hacer para devolvernos contentos al lugar del cual todos salimos.


escrito por José Gandour.

zonagirante@yahoo.com

 

 

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