Archivo Zonagirante: Otras Espirales: Soñar no cuesta nada (2001).

 

 

Cuando leo la estampilla que viene pegada al sobre advierto que el material llega desde Londres, Inglaterra. A mí mismo me digo que tengo que escribirle a Tracy lo antes posible y avisarle que el paquete había llegado sano y salvo, algo que días atrás ella me había pedido vía e-mail (algo destacable en Argentina: el correo, a diferencia de cualquier otra cosa, funciona increíblemente bien).

Tracy maneja el sello Dreamy Records y el paquete contiene cuatro discos de bandas inglesas que responden a los nombres de Arco, Graham, Kirk Lake, The Real Tuesday Weld. Todas parte de la troupé Dreamy.

I have sent you a package - please let me know when it arrives safely with you!

Thanks -

Tracy

Esto me había escrito ella días atrás. Por eso antes de escuchar cualquiera de los Cds le respondí.

El paquete al fin había llegado y ahora ya no tenía tiempo para escuchar ninguno de todos los tan esperados regresos de este año. Lo nuevo de Mick Jagger, Michael Jackson, Paul McCartney, Bob Dylan y Leonard Cohen quedaba agendado como deudas pendientes sin fecha de realización. Salvo que las bandas no valieran siquiera dos líneas de esta nota. Pero agradablemente si las valen. 

 

Tracy Star

Pudo haber sucedido a cualquier hora en cualquier bar de Londres, lo cierto es que el nombre Dreamy Records nace de una apreciación tan inverosímil como honesta: Tracy Lee Jackson, estaba tratando de describirle a un amigo que trabajaba en Creation Records cómo habita la música en su cabeza. Cuando su lista de adjetivos llegó a Dreamy, inconscientemente paró. Bien lejos de la demagogia y más cerca de una utopía indescriptible ese era el nombre que Tracy debía ponerle a su sello discográfico. Eso fue antes de julio de 1998 cuando el primer disco de Dreamy, en Ep de Arco llamado Longsighted, vio la luz en el mercado.

Seguramente fascinada por el aura que despiden sus bandas favoritas (me nombra a Pavement, Lisa Germano, Galaxie 500, Neutral Milk Hotel, Sophia), Tracy decidió montar su propio circo y salir a mostrárselo simplemente a quien quiera verlo.

Vía e-mail me dice: “qué más puedo agregar, Dreamy se mudó a mi casa y a mi teléfono celular”, lo que parecen ser las armas más importantes de un sello que carece del aparato comunicacional, marquetinero y productivo de cualquier multinacional.

Además de teléfonos y casas que deben comportarse como oficinas Tracy, de 32 años, comparte su empresa-sueño con el diseñador Matt Dorman, que se encarga de manifestar un concepto artístico homogéneo y poco grandilocuente en cada una de las tapas de las obras, y Cairan Weldon en la forma que va adquiriendo el sitio web www.dreamyrecords.com.   

“Realmente no me siento parte de la industria. Si me siento parte de una comunidad compuesta por otros pequeños sellos, fanzines y músicos... hay tantos músicos maravillosos que quiero ayudar”, me escribe Tracy y le creo.

Ella y su pequeño sueño son unas de las tantas pruebas vivientes de que la música puede vivir sin corporaciones internacionales y grandes distribuidoras.

Y no duda en agregar: “Simplemente hago esto por el amor a la música. Probablemente no sea la mejor razón para tener una cuenta en el banco, pero sin dudas es una gran razón”. Aunque ni siquiera pude ver a Tracy en una foto estoy seguro que detrás de esas últimas palabras asomó una risa tímida y angelical.  

 

Inglés que te sienta bien

Las bandas de Dreamy, a diferencia de otras que comparten el mismo sello discográfico, mantienen demasiados puntos en común entre ellas. Al mejor estilo Blue Note, el nivel musical es parejo entre todos los grupos, la gráfica las unifica cómo parte de una cofradía de selectos productos de los cuales no parece haber más que un par de copias, ningún disco tiene más de 11 canciones y nadie llega a los 50 minutos de duración y la información sobre quién es el responsable de lo que escuchamos es básica, casi ínfima.

Aunque todos los artistas tienen acentos y mañas propias, el interés por suaves cadencias, voces que susurran, guitarras que rara vez se distorsionan y canciones simplonas pero angustiantes y cálidas son características ya no de las bandas sino la marca que parece imprimir el sello a la hora de elegir a sus artistas. Siempre privilegiando un ánimo nocturno y gris.

Apasionados ingleses a la hora de componer, aquí no hay canciones efectivas, ni potenciales hits radiales. Las melodías se mueven en la dirección de la belleza artística y la contemplación de un mundo, que al ritmo que ellos tocan, debería girar mucho más lento.

Entonces lo de Arco permite imaginar cómo serían las canciones de Radiohead, si Tom Yorke y cía. no tuvieran más que un par de guitarras acústicas y unos cellos a mano. Su disco Coming To Terms (el único que trae adosado a la caja el puñado de letras), es más visceral que Parachutes de Coldplay y menos ambicioso que cualquiera de Travis. Intimista pero no claustrofóbico.

Entrando apenas un poco en el terreno de la experimentación el solista Kirk Lake se anima a sumar piano, algunas máquinas y vientos a 11 temas ideales para aprender que Inglaterra no termina en David Bowie a la hora de producir buenos solistas. Lánguidos acordes, pequeñas baterías de fondo se insertan dentro de letras que hablan de amor (cosa obvia de las nuevas juventudes inglesas) y cosas surrealistas como caballos pintados y detectives abstractos (otra cosa obvia de las nuevas juventudes inglesas).

El otro solista de la escudería es Graham Darnell y su último disco Never, and maybe not even then puede resultar luminoso si se viene de escuchar a Arco y a Kirk Lake. El parque de diversiones en la tapa del disco y algunas melodías de pop-rock-acústico fresco y sin ambición de aparecer en Mtv dan ganas de acordarnos de los galeses de Gorky´s Zygotic Mincy.

Más alejado de la sana ortodoxia expuesta por sus compañeros la vedette de la escudería se llama The Real Tuesday Weld. Stephen Coates es el dueño de esta maravilla que intenta mostrar a un Pink Floyd literalmente maniático y psicótico tocando música de circo y cabaret con máquinas y megáfonos en las voces.

Bien cerca de Syd Barret y bien lejos de cualquiera de los Gallager, Coates llena el espacio con la intimidad. Pareciendo un beautiful looser desaliñado, quiere demostrar que lo único que puede hacer es cantar canciones sobre Bukowski o la lluvia. Todo de negro y fumando un cigarrillo, la tapa de su último disco sólo dice When cupids meets the psyche. Adentro hay un pastiche de consideraciones acerca del amor (cosa obvia de las nuevas...) y canciones que torean tanto a Beck cómo a Damon Albarn con ingeniosas madejas vocales e impecables arreglos.

Cada propuesta se para bien lejos de los estereotipos mediáticos y detrás del alma de Tracy Lee Jackson. Una mujer que podría ser vista como el lado alternativo de Billy Graham. El sueño recién comienza. 

 


escrito por Max Lichtenstein.

diezero@yahoo.com

 

 

 

 

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