Archivo Zonagirante: Columna Sónica: Oído a punta de asfalto (2002).

 

Hace pocas semanas me cambié de casa, no muy lejos de mi anterior apartamento. De todos modos la fauna es diferente. A pesar de estar anteriormente rodeado de universidades, siento más música en esta calle. De por sí hace unas noches, cuando salí a la tienda a comprar comida, encontré el típico combo de adolescentes con una grabadora a todo volumen, poniendo cara de desamparados incomprendidos (la edad, irremediablemente, forma ese gesto en algún momento de la secundaria), fumando quizás sus primeros cigarrillos y adoptando pose arrogante frente a todo aquel que pasaba. En su equipo sonaba Nevermind, de Nirvana, tal como si no hubieran pasado 11 años desde que Cobain y sus compinches le rompieron la cabeza a los oyentes, como si sólo hubiera sucedido ayer. Como si Cobain hubiera compuesto Smell like teen spirit precisamente para ese instante. Es que, definitivamente, la calle es el mejor escenario para esa y otras canciones.
Yo comencé a aficionarme a la música en esas reuniones de barrio, en las cuales nos juntábamos seis o siete muchachos al lado de la cancha de basket a escuchar Queen y Rubén Blades. Recuerdo que uno de mis amigos presumía de poder cantar una estrofa completa de We will rock you sin expulsar la humareda de reciente cigarrillo de su boca. Cuando lo hacía, nosotros, pequeños idiotas altamente impresionables, mirábamos con asombro y casi que por eso lo colocábamos como uno de los líderes del combo.
Ahí mismo, en la calle, decidíamos si invadíamos una fiesta cercana esa noche y anhelábamos, con esperanzas muchas veces vanas, que la música que pusieran fuera minimamente agradable. Cuando eso no funcionaba, nos volvíamos a parquear en la acera y mientras alguien traía un balón para hacer ruido a la madrugada, volvíamos, grabadora en mano,  a nuestra rutina.
En esa época sentíamos envidia de esos personajes que salían en las películas norteamericanas, que mientras enciendían una fogata en un bote de basura metálico, se ponían a cantar soul con excelentes voces. La noche que lo intentamos, un vecino llamó escandalizado a la administración del conjunto protestando no sólo por un posible acto vandálico que atentaba contra la propiedad comunitaria sino que además nos acusaba de terroristas vocales (con toda la razón).
Cuando viví en Buenos Aires, en pleno Colegiales, al lado de mi ventana se ubicaban en las horas de la tarde noche unos cuantos chabones a tomar cerveza y escuchar algo de Redonditos o de Los Piojos. A pesar de que, ustedes ya saben, esos grupos no me emocionan ni un poquito, yo, la verdad, nunca salí a protestar. La verdad es que sabía que esos momentos, y otros pocos más, son los que hacen soportables la adolescencia. Una vez salí y al cruzármelos, sonreí con gesto de solidaridad. Obviamente no entiendieron un carajo lo que yo estaba tratando de hacer.

La calle es y será siempre un gran lugar para poder expandir la buena música. Y, es increíble, muchos de nosotros, torpes exponentes del baile de cualquier tipo, seguramente perdimos la pena de movernos, teniendo en frente una grabadora y unos cuantos compadres riéndose de nuestros arrebatos (no por nada en ambientes como estos nació el brake dance y el hip hop). Es en la calle donde siempre nuestros padres salieron a protestar por el ruido y nosotros nos sentíamos valientes con el volumen de la radio calando en los oídos. El rock cobra actitud en la calle, definitivamente. Es que el asfalto tiene un algo, un que sé yo, que forma el carácter y nos ayuda a soportar tanta ciudad.


escrito por José Gandour.

zonagirante@yahoo.com

 

 

 

 

Buy it at Insound!  

zonagirante.com - derechos reservados 1999-2009.