Archivo Zonagirante: Columna Sónica: Ese es el estilo que me gusta (2002).
Vivi la experiencia de estar en un ambiente rock star por primera vez en mi vida en el sitio que menos me hubiera imaginado: Asunción, Paraguay. Trabajaba de sonidista de una banda argentina que en su ciudad, en ese momento, era claramente conocida, pero no llegaba al título de “ídolo de las masas”. Sus fans todavía se consideraban una tribu exclusiva, a pesar del número creciente de seguidores que asistían a sus conciertos y la fama apenas alcanzaba para entrar a algunos sitios gratis y tomarse unos tragos por cortesía del administrador del lugar. Las groupies también tenían esa pose de ser miembros privilegiados de un club y le hablaban al cantante y al resto de la banda como si fueran de la misma calle, gente común y corriente que tenia una buena banda y punto. La cosa era diferente en Asunción y nadie lo sospechaba.
Todo lo que había visto en películas de los Beatles o en esos especiales absurdos de MTV, las chicas histéricas, las carreras, la invasión inesperada a las habitaciones por parte de los fans, los regalos de todo tipo, las invitaciones abundantes a todo tipo de sustancias, la lengua lasciva en la oreja, todo estaba ahí. Tanto que hubo un momento que además de las labores de sonido, hice de guardaespaldas, incluyendo la cara de malo y pose de valiente (y falso) protector de las joyas de la corona. Estaba trabajando con unos efímeros ídolos, gente que no esperaba protagonizar el sueño de muchos, muchos adolescentes: tener una canción en boca de miles de personas, que se rinden a sus pies y que están dispuestos, a la manera de la canción de los Stones, a dar, en agradecimiento, sexo, drogas y rock’n’roll. Todo por una canción (una muy buena, por cierto, no la mejor de ellos, pero que se convirtió en un himno entre todos esos fans paraguayos).
Claro, el regreso a Buenos Aires fue duro. Era volver a ser uno más en el barrio, uno más que trabajaba de baterista o bajista, en lugar de fontanero o carnicero. No importa, ese recuerdo vale toda una vida para ellos.
Todo ese bullicio hace parte clara de la historia de la música actual. Sólo el rock ha logrado aglutinar a las últimas generaciones y hacerlas masa. Es el rock el que ha conseguido de manera cotidiana que una canción nacida en un garaje marque a millones de personas. Además es la única fórmula que yo conozco que con pastillas de cuatro minutos o menos logra levantar a todo un auditorio sin descanso.
Me niego a aceptar eso que dicen por ahi, eso que afirma que el rock está muerto. Lo podrá decir Marylin Manson, Lenny Kravitz o uno de estos admiradores infantiles de la actual música electrónica, que cree sentirse de avanzada porque repite la frase de un crítico que jugó a ser interesante. Puede que nos ofenda un montón el grado de patetismo en el cual ha caído el mercado para repetir fórmulas de triunfo que esclavizen por unos meses a unos compradores cautivos, pueda que no le creamos al rock cuando vemos a Limp Bizkit o a Creed, clones adaptados de manera lígera a lo que vimos hace mucho tiempo en voces de gente ya desaparecida. Puede que eso de “sexo, drogas y rock’n’roll” se lo tomen algunos como un simple delirio para exhibir en un canal musical, en su mansión de California y que cuando aparecen en nuestra pantalla de televisión nos parezcan grotescas caricaturas. Pero por suerte, al tiempo que se asoman estos vampiros, gente como The Hellacopters, The Strokes, Oasis o Lucybell nos recuerdan el porque todo esto nos gusta desde siempre. Gente con estilo, hasta en sus escándalos, en sus delirios. La esencia vive en ellos.
Ahora los Rolling Stones cumplen 40 años de estar en esas mismas carreras. Ellos han vivido todo este tiempo lo que mis amigos sintieron apenas por tres días. Ellos si que la han hecho: 40 años donde, a pesar de las ya muy notorias arrugas, han cumplido con el sueño de Peter Pan, es decir, seguir jugando eternamente, y no terminar detras de un mostrador ofreciendo zapatos o cuidando ovejas en un potrero. Cientos de buenas canciones de su autoria se lo han impedido. Ellos, detrás de su piel caída esconden la mejor de las sonrisas, la del que hizo lo que se le dio la gana y se salió con la suya por ello. Es sólo rock’n’roll pero, definitivamente, me gusta, y mucho.
escrito por José Gandour.
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