Archivo Zonagirante: Columna Sónica: El rey me habló y me dijo... (2002).
No lo puedo creer. Anoche soñé contigo y me hiciste una revelación: estás vivo, con 67 años a cuestas, internado en una clinica secreta al sur de Memphis, desde donde puedes ver tu casa y seguir cobrando tus regalías, sin que nadie te moleste. Has comprendido (y que amarga realidad que es esa), que lucras mucho más estando muerto que vivo. En el sueño me dijiste que hace veinticinco años, ya cansado de todo, y pagando una buena plata a tus cómplices, incluyendo los de la morgue de tu ciudad, te desapareciste del mundo, tal como lo conocemos el resto de los mortales, y decidiste, sin apartarte de tu terruño, dedicarte a rascarte la barriga sin que nadie extraño te pudiera joder por ello.
Mientras me cantabas tu mejor canción, Suspicious minds, me recordabas el día que te diste por fallecido. Ese día estaba en el cuarto de mi hermano escuchando la radio (la emisora se llamaba Fantasía, vaya coincidencia), cuando de repente el locutor, con voz lastimera y tono fúnebre, se despedía de tí. Ese mismo locutor, si mal no recuerdo, también se despidió en el mismo tono tres años después de John Lennon, el mismo que dijo que antes de tí no había pasado nada. Creo que cuando comenzó el pésame por tu memoria, sonó Love me tender, y sé de varios conocidos de mi barrio que te lloraron.
En medio de tu relato me contabas que, aunque descansabas apartado del resto de la humanidad, de vez en cuando, para alimentar el mito, aparecías por unos cuantos segundos en un supermercado en Omaha, Nebraska, tomando cerveza en Fort Lauderdale o jugando unos billetes en Kentucky. Siempre había una histérica que te hallaba y comenzaba a gritar “el rey está aquí, el rey está vivo”. Eso te fascinaba por instantes, pero sabías que la prudencia te obligaba a desaparecer de nuevo, sin dejar rastro alguno. Igual, para respirar aire fresco, te tomabas unas vacaciones en sitios tan exóticos para tí como Cuzco, Perú o Bucaramanga, Colombia. Por momentos pensabas que nadie te conocía por ahí, pero sentías permanentemente la mirada sospechosa de algún viejo, que no decía nada para que no lo creyeran loco. Pero, y lo decías ya con lástima de cuasi anciano, al tener 67 años, no podías seguir en esos trotes. Tu pelvis, esa famosa pelvis, ya no aguantaba.
Cuando en medio del sueño (aún, estando dormido, no podía desaprovechar la oportunidad de entrevistarte) te preguntaba tu opinión sobre todos tus imitadores, me respondías de forma humilde que menos mal tu imagen le daba de comer a unos cuantos pobres diablos y a una pandilla de nostálgicos peluqueros. Insistiendo con el tema, te pregunté que cual había sido el mejor de tus imitadores, y tú, con una sonrisa que no supe determinar si era triste o más bien irónica, me respondiste que tú mismo, cuando saliste del ejercito a donde nunca debiste entrar. Que ya te habían lavado el cerebro tanto que la pose rebelde de antaño ya formaba parte del paquete de farsas en el que te habían convertido, pero que de algo tenías que vivir, y por eso continuaste en tu posición de rey, descolorido, pero rey al fin y al cabo.
A lo último, y cuando ya estaba a punto de sonar el despertador, me contaste como confidencia (entre todas las anteriores) que estabas pensando congelarte como Walt Disney, asi pudiendo seguir con el mito eternamente, aunque hubiera ya generaciones que no te reconocieran ni supieran siquiera tu nombre. 67 años, y 25 de supuesta muerte y llegas a mi a contarme todo esto.
La verdad, Elvis, te agradezco todo este relato, dándome un motivo para presumir ante los lectores de este cyberfanzine y mis amigos. Siempre sospechaba que algún día iba a salir la verdad. Eso si, ya que estamos en confianza, te pido un favor, aqui entre amigos: no vuelvas a visitarme en medio de una resaca de mal vodka. Cuando me levanto en este estado, nadie cree lo que digo.
escrito por José Gandour.
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