Archivo Zonagirante: Columna Sónica: Disculpen, pero no le creo. (2003).



Lo conocí de pelo largo, en una entrevista para una radio universitaria, exhibiendo sin pudor sus tatuajes, mientras presentaba un disco de su agrupación, Ekhimosis, llamado Niño Gigante. Era, según los seguidores del metal colombiano, una de las mejores agrupaciones de su género en el país (yo, que nunca fui metalero, hablaba con quienes lo eran y decían que lo que ellos hacían tenía calidad). Dentro de toda la distorsión a lo largo del álbum, había una balada, Solo, que logró entrar con mucha fuerza en todas las emisoras comerciales del momento. Era él en el piano interpretando un tema tan cursi como cualquier balada metalera de los 80’s (aunque, ojo, estamos hablando de 1994, si no estoy muy equivocado en datos). En Colombia todo mundo, el ejecutivo, el mensajero, la mesera, la gerente de banco y los estudiantes, aprendió alguna estrofa de esa composición. Y nadie se sospechaba lo pesado de la banda, salvo los conocedores underground del asunto.

Unos pocos años después, Ekhimosis pasó de ser una de las bandas más pesadas de la escena a convertirse en un popurri pseudofolclórico que cantaba a la tierra y a sus costumbres, siendo inmediatamente despreciado por los radicales metaleros que no admitían “la traición”. Eso si, creció su popularidad, y su líder comenzó a hacer parte de la farándula, saliendo con modelos famosas. Pasaron a tocar en los escenarios más yuppies y a hacer parte de la colección discográfica de las adolescentes más lloronas y de las amas de casa que la cantaban en los restaurantes más presumidos del territorio colombiano. El personaje en cuestión daba declaraciones mundanas a la prensa sobre la paz “que tanto necesitaba Colombia”. “Ay, tan divino Juanes”, exclamaban los medios de comunicación, cuando lo veían en actos benéficos y en esas acciones sociales que tanto le gustan a las señoras de bien.

Luego, el personaje, ya de pelo corto, comenzó su carrera como solista y sus historias se publicaron en las revistas del corazón. Consiguió de manager al mismo personaje que representaba a la familia Iglesias y se dió cuenta que su carrera debía enfocarse al gusto de la gente de Miami (y a todos aquellos que aspiraban a pasar sus últimos días en las playas de Florida). Ahora, y desde la publicación de su segundo álbum, Un día normal, cada vez que llega a su país de origen, se le ve junto al presidente de la república (por cierto, el gobernante más derechista desde hace cincuenta años), hablando de lo orgulloso que se siente de haber salido del mismo colegio del gobernante. Su lealtad hacia las políticas de Uribe Velez hizo pensar a más de un estratega que él debía ser la imagen del referendo sobre reformas constitucionales que tanta polémica ha causado en estos días. Mientras tanto, cada vez que lo convocan a esos premios del momento (MTV, Grammys Latinos, Lo nuestro, etc...) algo se gana, y en su discurso de agradecimiento sale diciendo que lo suyo es rock, y que se siente orgulloso de representar a su patria.

La verdad, y pudiendo ganarme muchos enemigos por esta declaración, yo a Juanes no le creo. Siempre he creído en un cliché muy extendido sobre la definición del rock: lo que diferencia a este estilo de música del resto, es su rebeldía, su permanente cuestionamiento de lo que sucede cotidianamente a su alrededor, tratando siempre de romper esquemas, por donde sea. Por ello creo más en Iggy Pop que en Linkin Park, más en Bowie que en Rickie Martin, más en Charly García (con todo y sus 52 años) que en cualquier figurita premiada y consolada por las grandes esferas comerciales. Creo más en quien enfurece a quien dictan las normas, a riesgo de perder unos pesos o un espacio de popularidad frente a las masas, que en quien se esfuerza públicamente en demostrar su obedecimiento, mostrando esa cara de “niño bueno” que convence a los más conservadores. Juanes, y eso lo está demostrando desde que halló el primer éxito radial, prefiere, a la par de Shakira, quien apoyó infámemente al por suerte desaparecido del mapa De la Rúa, mostrarse como el más vendido de los artistas poniéndose la camiseta más patriotera y ofensiva, alabando lo indefendible. El rock, en su boca, parece una comedia de mal gusto, lista para engañar dulzonamente al oyente.


escrito por José Gandour.

zonagirante@yahoo.com

 

 

 

 

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