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Archivo Zonagirante: Columna Sónica: Otra historia del averno criollo (2003).
Creo que alguna vez les había comentado que por mi mente habían pasado varias imágenes de posibles infiernos donde podía ser condenado a pasar la eternidad, en caso de haber algo después de la vida y si había castigos fuertes por los errores cometidos en este mundo. Bueno, creo que, si no estoy mal, me faltó uno: el ambiente yuppie con permanente regreso a los años ochentas, ese que recurre a Rich Ashtley y Bananarama (no a The Cure ni a The Smiths). Por razones aún no totalmente asimiladas, y antes de asistir a la inauguración de un club de unos conocidos, entré con unos amigos a un bar que daba miedo. Quizás algún afán aventurero y los vinos que me había tomado antes en el coctel de una exposición (un día agitado, ¿ah?), me hacían entrar con cierta alegría etílica a este sitio, hace pocas semanas abierto, que, por tener los mismos dueños, conservaba el nombre de un antiguo lugar que era muy popular en tiempos universitarios. Ese lugar, en aquellos años, decía llevar a la creme de la creme de Bogotá, y ponía exactamente la misma música que sonaba en la radio top 40 de aquel entonces. El espacio estaba diseñado para gente que se encontraba atrapada en el dial de una emisora durante 24 horas y juraba que no había nada más de música en el mundo (o al menos no estaba en afán de averiguarlo). Un bar que donde nadie tenía su nombre verdadero y rondaban apodos como Tuti, Puchi, Pacho, Loli, y se hablaba un spanglish forzado lleno de referencias de centros comerciales de la Florida y marcas absurdas de relojes, carros, aerosoles y jabones. Una pesadilla que hacía parte de esa Bogotá de adolescencia, donde no había mucho que hacer, la verdad. Bueno, la cosa, en ese local, no había cambiado mucho en estos quince, veinte años... Entré, después de saludar a un recién conocido en la entrada que me reconoció como si hubiéramos sido amigos de hace años (fijense en un detalle: iba con mis bastante cómodas zapatillas rojas, una chaqueta de color militar manchada de pintura blanca por la espalda y teniendo aliento de vino no muy caro que digamos, medio disimulado por chicles blanqueadores, y sin afeitarme hace unos cuantos días). No tuve problema, a pesar que el portero me miró de arriba abajo y me reviso con estricto orden todo lo que llevaba encima. Adentro, mientras sonaba un éxito del momento, el festival de la silicona, el cuarentón prepotente y el destello de metales brillantes en los cuerpos y en las paredes. Claro, cómo no, la pregunta pertinente del momento “y, ¿yo que hago aquí?”. Por un lado, el combo de veinteañeras de todas las edades, de cabello liso largo, con tendencia rubia (ya sea natural o increíblemente forzada) con escotes pronunciados buscando millonarios que les gasten lo de esa noche, con esperanzas de que la inversión dure unos días más, y por el otro, el grupo de profesionales de extraña procedencia, de inmaculada camisa de manga larga, rolex o similares en su muñeca, bronceado de gimnasio, cabello corto y pelo en pecho, con las miradas perdidas entre los escotes, dispuestos a pagar descaradamente el ofrecimiento femenino y presumir de su supuesto poder económico. Todos uniformados, simulando un juego de Barbies y Kens criollos, mientras de fondo sonaban las Flans, Lionel Ritchie y Pat Benatar. Cada uno cargándose de alcohol y tomando en cada segundo que avanzaba, una actitud más agresiva hacia lo que no cuadraba en su pequeña casa de muñecas. El perfecto momento para sentirse paranóico, vestido de chaqueta militar manchada y zapatillas rojas. Mi amigo, al escuchar mis comentarios, me aseguraba que en el bar de enfrente las cosas eran peores. Desde la ventana se veían cómo entraban más clones como estos a escuchar lo que desde un tiempo llaman música para planchar (Rocío Durcal, Daniella Romo y Juan Gabriel), mezclado con lo que en ese momento estábamos soportando de este lado de la calle. Algo me hizo pensar que ese mundo diseñado en The Matrix por las máquinas que atacan Keanu Reeves y sus compinches tenía su principal sede en esa esquina. El infierno, en una de sus manifestaciones más claras, se repetía con más fuerza unos años después de haberse extinguido. No era justo que yo estuviera viviendo de nuevo esa pesadilla. Mi amigo me dijo que apenas me terminara mi cerveza, podíamos huir del lugar. Nunca 500 centímetros cúbicos de cebada líquida habían sido tragados con tal rápidez. Deje mi lata en la barra, tratando de no molestar a nadie, y me dirigí a la puerta como alma que lleva el.....bueno, ya saben quien. Mi amigo corriendo, tratando de alcanzarme, cagado de la risa. Los porteros, al despedirse, se mostraron extrañados de lo veloz que fue mi salida. Solo una de las mujeres vigilantes alcanzó a comentar que si se había extrañado de todo el tiempo que había permanecido adentro (unos larguísimos veinte minutos), que siempre había despistados como yo que llegaban todas las noches a sufrir un rato ese castigo inmerecido. Dos minutos más tarde, ya estábamos al frente del nuevo club de nuestros conocidos. Ahí comenzó milagrosamente el exorcismo...
escrito por José Gandour.
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