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Archivo Zonagirante: Columna Sónica: Una carta de madrugada (2003).
Señor Gandour: Le escribo, siendo las 3:44 a.m. del lunes, después de una noche no muy entretenida, en la que no hubo suficiente alcohol para disimular el aburrimiento y una conversación con una mujer preciosa no bastó para calmar una nostalgia por algo que aún no reconozco de dónde viene y cómo me invade sin pedir permiso a estas alturas de la noche. Le escribo porque vi en algún artículo pasado suyo que le había gustado el último disco de Johnny Cash y que lamentó su muerte apenas ésta se produjo. Le cuento que el día que Cash murió yo alcancé a llorar, y mientras lloraba, me sentía un idiota, porque al fin y al cabo era poco lo que había escuchado de él y lo que más me conmovia era su versión del tema de Nine Inch Nails, Hurt. Alguna vez usted confesó en una nota hace unas semanas que estaba huyendo muy en serio de la música hecha para deprimirse, que huía de grupos como Radiohead que habían hecho de sus canciones un ejercicio constante de tristeza forzada. Yo estuve muy de acuerdo con usted, porque la verdad siento que algunas bandas habían tomado esa postura como la más comercial de sus mercancías y que el día que sus cantantes sonrían ya no mucha gente les va a creer, sus fans van a sentir que los han traicionado, y la alegría (si algun día se permiten sentirla o exteriorizarla) será el motivo de su final. Pero, de repente me hallé un día escuchando a Cash, con su The man comes around, un álbum lleno de covers insólitos, concebidos originalmente con muchos elementos electrónicos, con mucha densidad instrumental, y él, ya con la tranquilidad de haber pasado los setenta años, de sentirse por encima del bien y del mal, y sin variar su estilo de siempre, sólo había acudido al piano y a la guitarra acústica para interpretarlos, descubriendo además un pesar en cada una de las canciones, un pesar oculto muy bien disimulado, que en su boca terminaba siendo un arma devastadora, cobrando un nuevo significado. Ahí creí, ahí bajé la cabeza y escuché con atención. Escuchar por primera vez a Johnny Cash cantando esa primera frase de Hurt, que dice en castellano “Me hice daño hoy, para ver si todavia sentía algo”, arrasó conmigo, me intranquilizó, me perturbó. Creo que esa primera lágrima que me tocó no la sentía desde la primera vez que escuché a Tom Waits entonando Waltzing Matilda. Es curioso, pero puedo describir la sensación como una tristeza alentadora, un derrumbe interno necesario. Es oír la canción y tener la obligación de ser humilde, no sólo por estar frente a una obra maestra (afortunadamente la música logra conmovernos constantemente si nos hallamos con suerte de conocer artistas impactantes), sino porque los seres humanos que nos llegan con sus voces a nuestros oídos logran hacer creíbles sus historias, y sin buscarlo de manera forzada sacuden nuestra torpe sonrisa de todos los días, y la hacen reventarse en el piso sin mayor consideración. Quitarnos el orgullo que nos engaña y mostrarnos nuestra equivocación, y al mismo tiempo sentir ganas de tener amor a nuestro alrededor, un amor sufrido, un amor amargo que solo nos puede reconfortar con un beso triste al lado de la almohada, como quien fornica en silencio aguantando el dolor, es algo que pocos logran despertar. Es algo que estoy seguro, que ni el mismo Cash comprendió cómo provocarlo, simplemente salio así, desprevenidamente, honestamente, mortalmente. Ya son más de las cuatro y cuarto de la mañana, señor Gandour, y me siento tranquilo de haberle escrito esta carta, sospechando que algo parecido ha sentido usted en estos días. Cash se volvió un veneno rotundo en mi alma, y lo peor es que justo saca este disco y se nos viene a morir, así sin mas, de viejo. Ojalá tardemos mucho en curarnos de esta sensación tan cálida, tan solitaria.
escrito por José Gandour.
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