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Archivo Zonagirante: Columna Sónica: Alí, el mas grande (2004).
Y lo primero que muchos dirán es: ¿de dónde hasta este momento vienen en zonagirante a escribir sobre un boxeador en lugar de dedicarse a comentar hechos musicales? Bueno, permítanme me justifico: Mohammed Ali (bautizado inicialmente Cassius Clay, y nombrado así hasta su conversión al islamismo) siempre fue un héroe para mí, por su actitud altiva y rebelde frente a las injusticias y por su valentía, a pesar de las adversidades. Este hombre para mí, en estos momentos de cultura light y frivolidad extrema frente a todo lo que nos rodea, es más símbolo de cultura rock que la mayoría de músicos que hoy andan por ahí. Mi primer recuerdo con Ali va a 1974, el día de Halloween, en el autobus del colegio, viendo a toda la gente comentando la pelea que se había transmitido la noche anterior desde Kinshasa, Zaire (lugar exótico para estos encuentros, y escenario de uno de las excentricidades llevadas a cabo a punta de un increíble despilfarro dinero por parte del dictador de entonces, Mobutu Sese Seko), entre Ali y George Foreman. El campeón había ganado en el octavo asalto con una sorprendente pegada que llevó a la lona a su retador. Hasta mi hermana (que hoy ojalá se acuerde de la historia) había apostado por Alí, por el mismo que, una vez finalizado el asunto, repitió su frase de siempre “Soy el más grande, soy el más grande”. ¿Cómo no admirar a alguien que, después de una injusta decisión del gobierno norteamericano, en 1967, por cuestión de conciencia, se niega a participar en la guerra de Vietnam, pierde su título y es castigado con 3 años de suspensión, regresando al cuadrilátero con la mayor contundencia posible, con el mejor manejo de rabia visto hasta el momento, con la soberbia que sólo pueden sostener los grandes? Ali obtuvo su primer título mundial hace 40 años, más exactamente el 25 de febrero de 1964, frente a Sonny Liston en la ciudad de Miami. Alcanza a defenderlo 9 veces, hasta que llega la decisión unilateral de los gobernantes de entonces, que no se dan cuenta que con su condena han erigido un símbolo que ya escapa de las páginas deportivas, y se enfrenta a ellos en materia política, dejando en claro que, además de estar promocionando una guerra injusta, prefieren enfrentarla fomentando el racismo en sus propias tierras, reclutando y obligando a ir al frente en promedio a más negros que a cualquier miembro de otro grupo racial. Una guerra que se perdió en el campo de batalla y en las mismas calles de las principales ciudades de Estados Unidos, por las palabras y las acciones promovidas por personajes como el mismo Alí, que seguía, desde su “exilio deportivo” asegurando que cuando regresara iba a seguir siendo el invencible, porque, como decía repetidas veces “él volaba como una mariposa y picaba como una avispa”. Le tocó, después de la suspensión, comenzar de nuevo, le tocó agachar la cabeza cuando perdió con Joe Frasier el 8 de marzo de 1971 (se notó su baja forma), y después, en una pelea muy reñida y muy discutida, tuvo una fractura de mandíbula frente a Ken Norton. Pero ese 30 de octubre de 1974 se volvió a mostrar como el campeón que siempre fue. Teniendo en el piso a Foreman, gritó como nunca lo que todo mundo ya sabía: no había nadie como él en la faz de la Tierra. Recuerdo que en esos momentos (no eran tiempos de parabólica ni fibra óptica), la televisión abierta nacional transmitía todas las peleas y yo me reunía con los compañeros de colegio a verlas. Recuerdo (todos son recuerdos de infancia) el desquite de Ali frente a Frasier cuando peleó con él en Filipinas, y otra durisima pelea con Norton en Nueva York en el 76, esta vez por suerte a su favor. Todo un recorrido de victorias hasta enfrentarse a Leon Spinks, un hombre que no tenía los dientes frontales (y vaya susto que producía cuando sonreía), que, al derrotarlo en 1978, lo hizo pensar en el justo retiro. Dos años después, se anunció su regreso. Su rival, Larry Holmes, el entonces campeón de su categoría, y quien cuando joven había sido su sparring (su asistente en los entrenamientos, el saco humano que recibía sus golpes mientras se preparaba). Ali no salió a pelear el asalto número 11 y Holmes, en lugar de celebrar de manera desaforada por haber derrotado a semejante deportista, se puso a llorar porque había vencido a su ídolo, por quien sentía el más pronfundo respeto. Alí, un año después, tuvo su último enfrentamiento con Trevor Berbick, en las Bahamas, un evento que resultó siendo un fiasco. Alí entonces se dedicó a envejecer, porque ya comenzaba a sentir los efectos del mal de Parkinson, sirviéndole de excusa a más de uno para denunciar los males del boxeo. La gente lo miraba con lástima y decían que pronto lo iban a ver morir. De vez en cuando se le veía visitar a los principales líderes musulmanes para tratar de evitar lo ya inevitable: un enfrentamiento entre los radicales de ambos bandos, tercos y sangrientos en sus barricadas, sordos y ciegos de prudencia. Alí, como siempre, estaba demostrando ser un hombre de paz, pero, en este caso, sin resultados. En 1996, en la ceremonia de inauguración de los juegos olímpicos de Atlanta, yo estaba con unos amigos en mi habitación de la residencia donde me alojaba en Buenos Aires viendo la transmisión. La apuesta era sobre quién iba a llevar la antorcha hasta el final. Hasta la cumbre la llevó, si no estoy mal Edwin Moses, legendario corredor de los 400 metros llanos. Pero, cuando llegó el momento de encender el gran fuego, el pebetero pasó a manos de un hombre tembloros, que casi no podía controlar los movimientos de sus brazos, que en 1960 había sido campeón olimpico de los pesos pesados en Roma, el mismo hombre que vió sin compasión a Liston, Frasier, Bonavena, Foreman y otros cuando se plantaban en la lona. Alí, en medio de los aplausos de todo el mundo (hasta los inaudibles aplausos que se generaron en esa habitación de Buenos Aires), se enteraba que el resto de la humanidad lo ponía en el pedestal que merecía. Ahí estaba el héroe, su mejor momento en los últimos años, como es preciso recordarlo: la verdadera estrella, el más grande, prendiendole fuego al mundo.
escrito por José Gandour.
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