Archivo Zonagirante: Columna Sónica: Voces del pésame por alguien que no murió (2004).


Voces de pésame por alguien que no se murió

(mientras escucho Patti Smith)

Hace poco el padre de una exnovia le dió el pésame a ella por mi muerte. Quien sabe con quien me estaba confundiendo, pero era alguien cuya descripción no era muy lejana a la mía. Ella, que recibió la noticia el sábado, al ver la actualización de Zonagirante.com el domingo se calmó, y me escribió una carta contándome lo ocurrido. El asunto no pasó a mayores ya que el único que se entero de “mi deceso” fue este señor, y a nadie le dio por llamar a mi casa a comprobar. A cada persona que le contaba el asunto, le surgía una sola pregunta: “¿y quién habrá sido?.

De todos modos, y después de mucho pensarlo, preferí prevenir y en plan morboso imaginarme una especie de testamento editorial con el cual, sabiendo que esa sería mi última nota en la red, daría detalles de lo que más extrañaría a la hora de verme en cenizas (pido ser cremado y al menos que tengan el detalle de poner mis restos en un sitio decente donde no moleste a nadie).

En la nota seguramente agradecería a todos los que hicieron placentera mi vida, y a todos aquellos que leyeron este cyberfanzine alguna vez, al menos para burlarse de las ocurrencias que nos dio por publicar por aquí. Después de un extenso y cursi discurso de lamento por mi ida, muy posiblemente trataría de imitar de mala manera el discurso agonizante del androide de Blade Runner, cuando cuando cuenta las cosas que vio y cómo pensaría que todos esos recuerdos se irían conmigo. como aquel pogo feroz, en una especie de sauna forzado que se dio en ese concierto improvisado de Mano Negra en 1992 en un bar prontamente desaparecido llamado Vena Arteria, o ese show de The Cure en la Plaza de Las Ventas, presentando Disintegration, que remató después de tres horas con la más triste y emocionante version de Faith que se pudo escuchar en cualquier recinto. La lluvia más absurda en la Santamaria mientras veía abrazado con la novia de turno a Los Superlitio o el incesante salto de treinta mil personas con Cypress hill en la tarima del estadio de Ferro. El grito desesperado y enamorado de las fans más alternativas, las que se decían las más insensibles, al cantante de Fobia en el primer Rock al Parque o el primer show de Aterciopelados en un sitio oscuro al norte de Bogotá llamado Barbie, en el cual Andrea y Hector cantaban por primera vez en público Sortilegio, uno de sus mejores temas de toda la vida. El absurdo concierto de una banda llamada Señora Rosa en medio del diluvio en Tunja, uno de los sitios más kitsch sobre la faz de la Tierra, o la seguidilla de música electrónica mexicana en el Parque del Renacimiento, viendo de fondo la Torre Colpatria, mientras la gente se miraba y no paraba de tirar halagos a lo que escuchaba.

Pero no sólo hablaría de esos eventos masivos, sino de momentos ridiculamente privados, como aquel en el cual, mientras vendía muebles en el almacen de mi familia, me dedicaba a bailar en todo el local mientras escuchaba en uno de esos walkman, que nunca me duraban más de quince días (por descuidado), por enésima vez Godfodder de Ned’s Atomic Dustbin, o de la cantidad de veces que canté en la ducha Song 2 de Blur. Las veces que salió la lágrima al escuchar a Tom Waits balbuceando Waltzing Matilda o la fuerte exposición que le escuché sentado sobre el capó de un carro a Roberto Panóptica sobre Kraftwerk y la mala copia que hacen de ellos muchos alemanes del actual siglo. Mi primer disco, que creo yo, si la memoria no me falla, Da ya Think I’m sexy, de Rod Stewart, o todos los cassettes de precioso empaque que perdí de The Smiths y Echo and The Bunnymen, seguramente ahora guardados de mala manera en un ático de una mujer cuyo rostro ahora no recuerdo y dije haber amado por siempre.

Bueno, espero que haya tiempo, mucho tiempo, para escribir ese artículo y añadir todo lo que se viene, porque espero que se tarden en darle el pésame a mi amiga de nuevo. Mientras tanto espero seguirme llenándome de buena música y seguir riéndome de aquellos que ya han visto mi obituario antes de tiempo.



escrito por José Gandour.

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