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Por José Gandour @gandour Foto @simonamalaika

Hablemos claro: Desde las instancias capitalinas y las estatales colombianas todavía se piensa en el sector musical como una expresión marginal de fiesta y jolgorio y no se comprende totalmente el aporte que genera tanto económica como socialmente hablando. Es más, se habla de música solamente como recurso de entretenimiento y de tradición folclórica y no de actividad proveedora de empleos directos e indirectos, de su contribución a las comunidades donde se realizan y se expanden sus actividades ni tampoco de su significado como símbolo necesario de paz en un país que no termina de salir de todas sus guerras. 

Justo en los peores tiempos, es cuando menos han entendido las instituciones públicas relacionadas con la cultura que estos no son precisamente los días más indicados para dejar caer y desproteger a los actores de esta industria, y no se puede permitir que sus cimentos se resquebrajen del modo calamitoso que estamos observando en este instante. El sector musical puede ser uno de los más frágiles de la ciudad, por su carácter de autogestión, de independencia de sus participantes, de la cantidad de factores incontrolables que afectan sus presentaciones y, por qué no decirlo con crudeza, del altísimo desprecio disfrazado de paternalismo con el que son recibidos sus miembros en las instancias públicas y privadas.

No me extenderé mucho refiriéndome a esa ingenua y difusa plataforma que lanzó el actual gobierno nacional hablando de «Economía naranja» para referirse a actividades culturales, revueltas con otros sectores que poco y nada tienen que ver con su desarrollo, ya que, por lo que hemos visto, fue una simple manifestación demagógica que trató de engañar simpáticamente a algunas celebridades y que ahora solo trae desilusión y burla. Mas bien me concentraré en Bogotá y hablaré en concreto del Instituto Distrital de las Artes (Idartes) ,entidad dentro del entorno de la Alcaldía de Bogotá que maneja gran parte de los eventos culturales que se desarrollan en la capital colombiana.

El primer error que observo en Idartes tiene origen en sus bases fundacionales. En lugar de crearse un Instituto de Industrias Culturales, en procura permanente del crecimiento y protección del capítulo artístico de la ciudad, se instaló un programa permanente de espectáculos para cumplir un calendario de entretenimiento para los ciudadanos, sin meterse en la estabilidad de la escena y en sus planes de soporte. En materia musical se trata preferencialmente de organizar conciertos con cierta regularidad, sin relacionarse en ningún instante con los sitios de encuentro de los músicos, es decir las salas de ensayo y los estudios de grabación. Salvo casos específicos, donde Idartes vincula a algunos medios para que sean sus aliados para determinados conciertos, este ente público no apoya económicamente al periodismo especializado. Además nunca se pensó desde dicha institución la posibilidad de crear una radio de alcance masivo o un espacio propio en la televisión para difundir el talento local. Lo suyo es completar un horario de certámenes y punto. 

Ahora, en tiempos de pandemia, se han suspendido, con toda la lógica del mundo, los festivales al parque y otras actividades masivas. Estamos hablando, por estas circunstancias, de un ahorro significativo en el presupuesto, varios miles de millones de pesos. Lamentando, obviamente, que no puedan festejarse dichos eventos, los planes presentados por Idartes esta semana para contrarrestar estas eventualidades no calculan correctamente el efecto que tiene la cuarentena en el ámbito musical de la ciudad y simplemente propone una serie de actividades virtuales con las que pretenden cubrir el calendario y, de paso, con pocas monedas, suplir las necesidades de los artistas seleccionados para dichas presentaciones. Idartes no ha comprendido qué está pasando realmente, disponiendo únicamente de plata de bolsillo y poniendo sus funcionarios su mejor cara de Papá Noel, como si de un acto de beneficencia se tratara. 

Uno de los grandes problemas que se reflejan frente a este tipo de decisiones es que se nota que hay una alta tendencia a la improvisación (hay que decirlo, a todos nos sorprendió con los pantalones bajos esta situación) y, de paso, displicencia hacia el concepto de verdadero desarrollo cultural. Da la impresión que a los miembros de la escena artística y, específicamente del movimiento musical, se les considera simplemente como una turba de soñadores que no hacen parte de las posibilidades de crecimiento económico de la ciudad. No han comprendido desde la Alcaldía  quiénes se ven afectados por una crisis cultural y no han hecho para nada el cálculo de proteger lo que hasta ahora se ha obtenido. No hay valentía ni coherencia en el papel que debe asumir Idartes frente a todo lo que acontece. Si los músicos no pueden ejercer su profesión, ni el personal que los rodea pueden acompañarlos en sus labores, los negocios que participan en estas actividades no lograrán prestar sus servicios y la crisis perjudicará profundamente durante mucho tiempo venidero a miles de personas y sus familias. Esto no se solventa a punta de conciertos en línea y, menos en una cantidaad tan baja como la considerada, a un nivel que produce más rabia que pena por su avaricia. Si Idartes no comprende el tipo de recesión que vivimos, en pocos meses Bogotá pasará de ser una urbe que ha conseguido marcar la pauta artística en el continente, a una ciudad donde se podrá declarar tierra arrasada por la torpeza de las políticas adoptadas y la falta de coraje en las conclusiones. 

Algunos dirán que mi posición es catastrófica y sobredimensionada, pero es que lo que estamos viviendo no se supera a punta de paños tibios ni sonrisas en la webcam. Esto sólo se normaliza asumiendo, en tiempos de distanciamiento social, una política digital clara de difusión y apoyo de los artistas, la creación de una línea de créditos blandos, y un esfuerzo real para respaldar a los pequeños y medianos emprendedores que han tenido que soportar todas las presiones para no bajar las cortinas de sus empresas. En fin, es hora de tomar en serio la actualidad y el futuro de los profesionales musicales en Bogotá, con la responsabilidad pública que les corresponde.

Amigos de Idartes: Vuélvanse a sentar y rediseñen todo de nuevo. Y cuenten con la participación y la opinión de los miembros de este mundo musical. Todavía pueden hacerlo, si adoptan el razonamiento adecuado, en el cual conversemos, ahora más que nunca, acerca de Industrias Culturales, es decir, de algo mucho más serio que ser promotores de entretenimiento. 

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