Por Julián Felipe Gutierrez @jackmulligan

¿Qué decir sobre el paro nacional de Colombia que no se haya dicho antes? Es evidente que Colombia está en medio de un movimiento popular que reclama respuestas y responsabilidad a un gobierno que está haciendo de todo para no responder y no hacerse responsable, llegando al punto de matar muchachos de 18 años protestando en la calle y llevar a sus hombres en uniforme al punto de quitarse la vida… Por otro lado, como otras voces mucho más autorizadas y mucho más educadas en el tema que yo han hablado alrededor de las implicaciones del momento, creo que resulta mas conveniente hablar de las impresiones que me ha dejado lo que he visto en esta semana de paro.

Uno de los principios que guía mi proceso a la hora de tomar fotos es buscar lo que solo puedo llamar como ‘el momento personal’, es decir, buscar en una escena mas grande, instantes que reflejen la expresión de una persona que hace parte de esta y capturar dicha expresión. Lo que pude capturar el jueves tuvo mucho que ver con la diversidad de públicos que atrajo la convocatoria inicial al paro. La carrera Séptima de Bogotá se convirtió en el punto de tránsito obligado para todos aquellos que participaron del acto inicial de la movilización: Desde los ‘sospechosos de siempre’,  como los estudiantes y activistas, hasta personas que, a riesgo de hacer un juicio basado en apariencias, jamás habían salido a la calle en una movilización de este tipo. El germen del discurso de la movilización estaba presente en las pancartas de ese día, pero este eventualmente cambiaría a medida que los acontecimientos se desarrollaron.

El segundo cacerolazo se hizo bajo la sombra del toque de queda impuesto por el gobierno de la ciudad y con el antecedente de los sucesos de Cali en la noche del 21. El ambiente del momento era claramente un desafío a las decisiones tomadas por Peñalosa y una respuesta a los abusos del ESMAD y la policía en la tarde y noche del jueves. Los momentos que pude capturar muestran esa sensación de desafío y muestran los primeros metros recorridos por la bola de nieve de indignación con una población representativa de la zona de la ciudad… Al verlas de nuevo, reconozco que los que protestan en esas imágenes hacen parte de un sector de la población relativamente joven y relativamente urbano que es una minoría con respecto a todo el tejido social del país pero que está en una posición ideal para empezar a mover las cosas y lo está haciendo.

Las manifestaciones del sábado y del martes pasado son, hasta cierto punto el inicio y fin de una etapa clara dentro de la movilización relacionada con el asesinato de Dilan Cruz. El cacerolazo del sábado estuvo marcado por los hechos de la tarde de ese día y la no-imposición del toque de queda tuvo un aire de victoria sobre el gobierno Peñalosa. La consolidación de la convocatoria también permitió que grupos que no habían sido particularmente protagónicos en los dos primeros días sacaran, literalmente hablando, sus banderas y reclamaciones a la calle. El martes, cuando ya se sabía del fallecimiento de Dilan, el discurso de la movilización adquirió otra línea claramente definida: La denuncia de su muerte como un crimen de estado y la demanda de que los responsables del este asuman las consecuencias de sus actos.

Aunque inicialmente interpreté los momentos que he capturado bajo la lógica de la manifestación de una rabia, con el tiempo he empezado a sentir que esa explicación bien puede quedarse corta. Claramente hay una rabia hacia los sucesos que han ocurrido, tanto los determinantes del paro como lo que ha ocurrido con este como escenario, sin embargo, también creo que hay una determinación evidente en las protestas, una determinación para ser escuchados, para ser tenidos en cuenta. Es, creo yo, un acto intensamente patriótico, frente al cual, solo queda preguntarme por la respuesta de aquellos a quienes están siendo dirigidas estas quejas.

 

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