El gato argentino del latin jazz que enamoró Nueva York

Por Emiliano Gullo @emilianogullo /Cortesía de NTD.la

Nota del editor: Revisando los archivos de nuestros hermanos de No tan distintos (Ntd.la) encontramos este tributo a Gato Barbieri. Gato, un gran músico, renovador del jazz, murió hace un poco más de dos años a la edad de 83, dejando una cantidad innumerable de piezas artísticas memorables. Esta nota fue escriba un poco antes de su fallecimiento. Con palabras prestadas, creemos que no es tarde para homenajear a este maestro y volver a escuchar sus composiciones.

La película es Último tango en París. La escena transcurre en un baño. Marlon Brando le acerca la toalla a María Schneider. Una atmósfera de calentura suspendida los abraza. La presión sexual aumenta. Brando se pone de espaldas. Quiere que la Schneider le meta los dedos en el culo. Ella lo tiene atrapado contra la ventana y le escucha decir: “Voy a conseguir un cerdo. Y voy a hacer que te coja”. Ella se agacha y mientras lo penetra, la vibración de un saxo termina de tensar los sentidos. Es, también, el momento sublime de Leandro Barbieri, saxofonista rosarino; que a los 40 años va a levantar un Grammy por la música compuesta para el film dirigido por Bernardo Bertolucci en 1972. Si hasta ese momento el “Gato” Barbieri era un músico conocido en el ambiente neoyorquino, después de la película comenzó a golpear las puertas del Olimpo del Jazz mundial. Acaba de cumplir 83 años y golpea cada vez más fuerte.

Que Barbieri haya nacido en 1932 en Rosario parece haber sido sólo una casualidad. Por su precoz fanatismo por el jazz, el Gato podría haber salido de algún suburbio de Luisiana, Nueva Orleans. A los 12 años se inclinó por el clarinete, que rápidamente lo cambió por el saxo alto. Aunque su sonido legendario lo encontró años más tarde, después de navegar por las vanguardias parisinas de los 60’s, sobre las llaves del saxo tenor. Y en la mudanza de instrumento también cambiaron las preferencias. Fue así que Parker dejó lugar a John Coltrane en el espíritu de Barbieri.

Vivió más de la mitad de su vida en Estados Unidos, pero el Gato sigue siendo un argento: fanático Newell’s Old Boys -grabó el himno del club- y la política, siempre inclinado por los ideales comunistas. Aislado de la masividad argentina por su residencia en Nueva York desde hace más de 40 años, los especialistas en música lo encumbran en el Olimpo de los genios que ocupan, entre otros, Astor Piazzolla, Carlos Gardel, Mercedes Sosa y Lalo Schifrin. Su derrotero artístico tocó su primer punto alto a los 20 años cuando integró justamente la orquesta Schifrin. Después, con sus propios conjuntos la rompió en Europa para recalar finalmente en Estados Unidos, donde fue rey apenas arrancados los 70s.

En 1972 el director italiano Bernardo Bertolucci lo convocó para que hiciera la música de la película Último tango en parís. La banda sonora ganó un Grammy y, cuatro años más tarde, volvió a tomar impulso mundial con la versión de Europa (Earth’s Cry Heaven’s Smile), de Carlos Santana. Desde es momento y por las próximas décadas, el Gato tocó en la parte del mundo que quiso.

La muerte de su primera mujer, en 1995, y una serie de problemas cardíacos lo mantuvieron alejado de los shows durante un tiempo. A fines de esa década volvió con todo a los escenarios.

Uno de los últimos shocks musicales del Gato fue el disco New York Meeting. La idea había sido de un viejo amigo suyo, el baterista Néstor Astarita. La producción quedó a cargo de Lito Nebbia. Del proyecto -que se convirtió en un éxito- también participaron Carlos Franzetti en piano, y David Finck en el contrabajo.

 

 

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