El rock de nuestro pueblo

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publico09

Por José Gandour @gandour

Foto de Ana María Camejo

La gran mayoría de las personas que ha estado involucrado con Rock al Parque a lo largo de estos 20 años sigue gastándole energía y discutiendo todas las aristas del festival porque, en el fondo, hubo un momento en su vida que sintió orgullo de vivir en una ciudad donde se hacía un evento de esta talla.

La verdad es que no es un detalle menor que Rock al Parque, que nació como un inaudito evento de paz y tolerancia en un país en guerra eterna, haya sobrevivido dos décadas. Tanto cliché sobre el rockero bogotano, tanta queja inútil entre los adultos más conservadores, los religiosos más extremos, la policía de toda la vida; tanto intento de saboteo de parte de propios y extraños, y mírenos aún aquí preparándonos para ir al Parque Simón Bolívar a reunirnos con los nuestros.

Yo, un hombre cercano a los cincuenta años, me atrevo a confesar que he tenido instantes de alegre lágrima durante la historia del festival. Me sentí abrumado en el momento que vi a ochenta mil personas cantando Izquierdo, mientras Christian de la Espriella de Pornomotora corría por todo el escenario Plaza una noche del año 2005. Celebré ese mismo año esos maravillosos ocho minutos de éxtasis lisérgico sonoro de The Ganjas tocando su canción Dancehall. Sonreí como ninguno en 2013 cuando Hora Local por fin se subía al escenario Lago y Eduardo Arias, como el locutor sin licencia que él dice ser y evocando un apocalipsis que nunca ocurrió, anunciaba que “casi un siglo después de haber sido fundada, la BBC de Londres ha dejado de emitir”.

Vi una masa de ciento cuarenta mil personas dar un paso atrás para evitar una catástrofe y luego seguir pogueando como era debido a la voz de mando de Dilsón de La Pestilencia en 1998. Vi a Héctor Buitrago de Aterciopelados en 1995, en ese escenario perdido del estadio Olaya Herrera, invitando con orgullo a la gente de los barrios colindantes, calles donde él había transitado toda la vida. Vi a Adrián Dárgelos de Babasónicos vestido con flecos y con actitud incontrolable invitando a todas las mentes brillantemente calenturrientas de la velada a comerse a besos toda la noche, total nadie lo iba a notar.

Rock al Parque no sólo hace y construye todos los años una parte importante de la banda sonora de Bogotá. También sabe crear imágenes increíbles que merecen ser preservadas en la memoria de una ciudad que, desgraciadamente, funciona para sabotearse constantemente a si misma. Todos los años discutimos sobre los puntos mayores y menores de este festival, pero contradiciendo fervientemente  lo que piensan algunos funcionarios encargados del evento, no lo hacemos porque nos oponemos a su celebración. Al contrario. Es aquí, en medio del parque y en medio del ruido, que creemos que muchos de los habitantes de la capital colombiana tienen un pequeño momento de fe en una urbe desigual, sofocante e injusta. Aquí es donde explota el puto y verdadero rock de nuestro pueblo.

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