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Por Loreta Neira @Loreta_L

Un 20 de mayo de 1990 se lanzaba al mundo Corazones, el cuarto disco de Los Prisioneros y el primero sin su guitarrista histórico Claudio Narea. Treinta años más tarde los sitios web y suplementos de música chilena se ven abarrotados de artículos dedicados a celebrar ese estreno como uno de los hitos más importantes de la música del país. Cada escrito se esmera en revisar el álbum de cabo a rabo y ahondar en los secretos de su factura, en esas jugosas historias tras bambalinas que todo trabajo valioso parece tener. Y es que para la juventud chilena Corazones fue una especie de flechazo de amor apasionado del que nunca nos pudimos recuperar. Cada tanto queremos saber más, descubrir algo nuevo para alimentar nuestra admiración o para abrir alguna vieja herida que nos devuelva algún sentimiento poderoso. Es una tristeza bailable que nos encanta y que Jorge González la puso en la radio sin miedo y con una convicción capaz de derribar pesados prejuicios en torno al pop, dando paso así a un nuevo y vibrante capítulo en la historia de la música chilena.

Con una trayectoria de rock contestatario de estética más bien garagera y barrial, el líder de una de las agrupaciones más polémicas y emblemáticas de Chile dio un giro respecto a sus discos previos y apostó en Corazones por el electropop. Bajo la producción de los argentinos Anibal Kerpel y Gustavo Santaolalla y grabando todo él solo en Los Ángeles, California, Jorge González entregó nueve canciones que permitieron comenzar a saborear lo dulce y lo agraz de la mezcla entre la llamada música cebolla y el dance electrónico anglo que sonaba fuerte en las discotecas. Mucho sinte y programaciones vibraron a la par con letras que hablaban con poesía y simpleza del vivir en Chile, del amor, el machismo, el sexo y la soledad. Canciones como Corazones rojos, Tren al sur y Estrechez de corazón se convirtieron en himnos populares en un país acostumbrado a cantar las angustias como nos enseñó la preciosa nueva canción chilena, solo con la guitarra de palo, sin saber que las angustias también se podían cantar, e incluso bailar, a punta de teclado y beat.

Además de todos los análisis musicales y socio-culturales que se han hecho a raíz y alrededor de la aparición de Corazones y que pueden encontrarse en múltiples rincones del vasto universo llamado internet, parece importante destacar, aunque sea de manera breve, la escuela que ha significado esta obra para la música chilena y latinoamericana. Siendo Chile una potencia importante al hablar de pop contemporáneo gracias al trabajo de músicos como Alex Anwandter, Javiera Mena, Gepe, PedroPiedra y tantos más que circulan por el mainstream y del under, resulta difícil pensar siquiera en la existencia de alguno de estos proyectos sin la previa aparición del álbum en cuestión. El abrazo entre el techno y la balada romántica, la conjunción del amor y la política, la problematización de ciertos comportamientos sociales naturalizados en la época y el derecho y la importancia de ser uno mismo sin disfraces son solo unos pocos elementos que el disco lanzado bajo el sello EMI Odeón trajo consigo inspirando a todas las generaciones posteriores de músicos chilenos. Hoy no parece atrevido afirmar que sin “Corazones” no hay “Rebeldes”, no hay “Esquemas Juveniles”. “Corazones” exploró una libertad necesaria con una rebeldía necesaria. Sin “Corazones” la música chilena estaría coja y le faltaría la revolución sentimental que nos sigue animando a muchos a decir y a bailar, a sudar-sanar los dolores en la pista, en la bici, en la pieza solos pero cantando bien fuerte y con los ojos cerrados oye, no voy a aguantar estrechez de corazón!

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