Memorias girantes: New Order dando vueltas en mi cabeza

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neworderarticuloPor José Gandour @gandour Fotos Tana Vallejo @tanavallejo

a los nombrados en la nota, a quienes quiero de manera especial

Curiosamente, esta página, dedicada a la cultura latina, se crea a partir del amor hacia la música hecha en Manchester durante las últimas décadas. Zonagirante.com nace del deseo ingenuo, en 1999, de descubrir e impulsar, si fuera necesario, un espíritu de arte independiente en América Latina tal como lo reflejaron en su momento bandas como Joy Division, The Smiths, The Stone Roses y, por supuesto, después de fallecido Ian Curtis, New Order. Se trataba de creer que algo parecido a lo ocurrido al norte de Inglaterra a finales de los setenta y durante toda la década de los ochenta, podía funcionar en alguna parte de nuestro continente, en un momento que todos los artistas destacados del continente, o casi todos, pertenecían a las grandes disqueras, o sea, al demonio corporativo. Pero, ojo:  el amor por esas bandas británicas no venía inicialmente de su esfuerzo por sobrevivir en su territorio a través de su vinculación a pequeñas compañías creadas por soñadores irresponsables. Lo que me ataba a ellas era, por supuesto, la música.

Yo a New Order lo vine a conocer gracias a mi hermano. Él recién regresaba de un viaje de un año por Inglaterra cuando yo me encontraba en vacaciones universitarias visitando Bogotá. El vivía en un apartamento que buena parte del tiempo estaba desocupado, y donde yo aprovechaba a ir con mi novia de aquel entonces para escuchar música y saltar por todo el lugar. Al revisar en el paquete de vinilos que mi hermano había traído de Londres, encontré una edición especial, preciosísima, de Power, Corruption and lies.  Ese día, mientras sonaba Age of Consent, corrimos por todo el lugar con una alegría infantil que dificilmente se repitió en mi vida. Ese día, recuerdo haberle dado a mi novia el último beso que pudimos compartir. Luego ella se convirtió en mi fantasma personal durante muchos años. Igual cuando veo las flores de la portada de Power, Corruption and lies, recuerdo que ese día fui feliz y eso es suficiente.

El siguiente álbum de New Order que me marcó fue Technique. Lo escuché miles de veces en compañía de un par de buenos amigos, Felipe e Iván, en múltiples viajes por la carretera a las afueras de Bogotá. Siempre subíamos el volumen cuando llegaba la hora de Dream Attack, una canción que es muy dificil de hallar en los listados de presentaciones de la agrupación cuando sale de gira.

Technique, contradiciendo las obvias tendencias de la época, y el lugar de grabación (Ibiza), fue un álbum que jugó con las tendencias electrónicas del momento, pero que rompió moldes al resistir a la obviedad del instante con guitarras eléctricas y acústicas, haciendo canciones perfectas que no sólo podían tener su razón de ser en las discotecas de aquel entonces. Dream attack, corte final de la edición original del disco, es un tema emocionante en su sencillez,  en lo fácil que llega a quien busca la composición emocionante, sin mucho artilugio que la adorne. Tiene un corto paso por los toms de la bateria que, quién la haya escuchado la primera vez, espera que se repita en la siguiente ocasión. Esa canción, les puedo asegurar, dio paso a la creación de muchas bandas alrededor del mundo.

Unos años más tarde llegó Get Ready. Primero ese increíble video de Crystal, donde, al no verlos en pantalla, más de uno pensó que quién interpretaba la canción era una banda que sonaba exactamente igual pero con rostros mucho más jóvenes. Todos creímos que existía una agrupación clon llamada The Killers (luego Brandon Flowers, al darse cuenta que ninguna banda se llamaba de ese modo, bautizó de esa manera a su naciente proyecto). Aquí veíamos a New Order recargado, confiando su fuerza en las distorsiones agresivas de sus cuerdas sin que nadie dejara de bailar. Estábamos frente a una banda dispuesta a volver a tragarse el mundo teniendo como armas poderosas grabaciones que contenían una inusitada y sucia belleza. Se trataba de revalidar ese espíritu de su ciudad a finales de los setenta con las herramientas del naciente siglo veintiuno.

He visto a New Order en vivo dos veces. La primera, en una noche increíblemente fría, en un festival al aire libre al norte de Bogotá. Debo confesar que lloré varias veces, al tiempo que gritaba y saltaba en un pequeño espacio ubicado al costado de la tarima. Por un momento pensé en mi compañera en tiempos de Power, Corruption and Lies.  Lo curioso, y lo digo sin ningún tipo de resentimiento, es que en ese momento lo que más recordé no fue nuestro último beso, sino la emoción de correr como niño por un apartamento ajeno mientras la música reventaba los parlantes.

La segunda vez fue hace poco, en Sónar Bogotá. En ese concierto dediqué buena parte del tiempo a ver a la gente que me rodeaba.  En particular, me emocionó ver a mi amigo Manuel bailar como nunca y siendo una persona feliz como el resto de la audiencia, muchos cercanos a nuestra edad, recuperando el momento perdido y confirmando que aún tenemos mucho por gritar, danzar y celebrar. Frente a nosotros estaba una banda de cincuentones que seguramente en su vida cotidiana son la formalidad británica en pasta, pero que en el escenario saben que su responsabilidad es contagiarnos de vida a través de sus más de treinta y cinco años de historia. Igual muchos de los que lo vieron ese día, se quitaron su disfraz laboral y sonrieron como hace mucho no lo hacían.

En fín, ese es, y ustedes lo saben, el valor de la música.

Fotos: New Order en Sónar Cólombia, por Tana Vallejo.

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