Militancia por la paz en un país que se sabotea a sí mismo

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avionPor José Gandour @gandour

Hace unos días, escuchando el programa radial argentino La Venganza será terrible, oí a Alejandro Dolina decir una frase aterradoramente cierta: El Diablo tiene cara de estúpido. Al captar esas palabras, no sé por qué, pensé en lo que iba a suceder en el plebiscito por la paz que se celebraba en Colombia. No voy a ser tan porfiado de decirles que supe en ese instante que la campaña del miedo y la desinformación iba a ganar: Yo estaba, como millones de personas en este país, confiado que el Si tendría mayor cantidad de votos y que se iba a confirmar popularmente el acuerdo de paz entre el gobierno y las Farc. Pero ese tipo de palabras no vienen gratis a nuestras vidas y ahí comenzó mi temor sobre lo que iba a suceder realmente.

Los opositores al acuerdo de paz hicieron la publicidad más sucia, tergiversadora y nociva posible. El problema es que ellos mismos la creyeron y la predicaron con convicción. Con su autoadoctrinamiento lograron aleccionar a muchos con los argumentos más increíbles: Lograron asustar a la población con enredadas tesis sobre, si el Sí ganaba, se avecinaba la llegada del comunismo, el inmediato posicionamiento de las fuerzas malignas del infierno, la homosexualidad obligatoria para todos y la venezolanización del territorio. Lo inconcebible se volvía posible y sumaba adeptos que, de forma callada, no le decían al vecino qué iban a votar. Por eso se daba el jolgorio anticipado de todos los demás. Por eso la caída tan estrepitosa.

Ayer me acordé de algo que alguna vez le leí a Mario Benedetti (creo, a veces mi memoria me confunde, disculpen si me equivoco), sobre una votación en Uruguay en los años ochenta. Eran unas elecciones donde todos creían que iba a ganar el Frente Amplio, ya que el entusiasmo de las calles les pertenecía, era la juventud vitoreando propuestas para el futuro, era el optimismo que siempre desborda a los sectores progresistas en este tipo de ocasiones. Pero nadie estaba contando con la participación de aquellos que, ante el carnaval, cierran las ventanas, se esconden detrás de las cortinas y miran con recelo lo que sucede abajo. Esos que ya tienen anciano el espíritu y no aceptan las alegrías del resto de la humanidad.  Esos que sí van a votar, que no faltan en las filas de las elecciones y no hacen alharaca para que la ingeniudad siga confiada su camino. Insisto, el diablo tiene cara de estúpido y por eso nos confiamos frente a él. El diablo casi siempre gana, porque conoce la fidelidad de los suyos y la puerilidad del contrincante.

Éramos más y nos dejamos ganar. Ahora decimos lo que siempre dice una colombiano en estas circunstancias: Que este es un país de mierda. Ahora le echamos la culpa a ellos. Miramos al frente y escupimos, creyendo que eso nos va a aliviar. No entendemos lo que pasó, ellos la tenían clara desde el principio. Fallamos nosotros, no ellos.

¿Ahora qué? Ahora a militar, a conocer al vecino, hablar con él y seguir trabajando por la paz. A recomenzar el camino sin saber cuándo tendremos otra oportunidad y sin tener idea de lo que se nos viene. Pero, precisamente por eso es que hay que militar, construir en lugar de llorar mientras otros hacen su trabajo de demolición. Hay que dejar de pensar de manera ingenua creyendo que el otro es un bobo sin fundamentos. Y aquí viene otra frase satánica: El diablo está en los detalles, esos mismos que no podemos descuidar si queremos que salgan las cosas bien.

Sacúdanse amigos, no ha pasado nada. O si ha pasado y nos duele, pero es simplemente una batalla que no esperábamos que se nos escapara. Este no es un país de mierda, este país los tiene a ustedes quienes creen que se pueden hacer las cosas mejor, y que deben haber aprendido la lección de lo que ocurrió ayer. Esta es la oportunidad de despertar de verdad y crear las condiciones para que lo que creemos funcione. Hasta la victoria siempre, hasta la paz sin descanso. Ese debe ser nuestro lema.

 

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