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Por José Gandour @gandour

A mi familia, a mis viejos amigos que aparecieron a tiempo, a Maria Camila y a Yorvis

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Este fue un año raro, turbio, agitado, pero, a pesar de todo, no sé si calificarlo de malo. Eso si, según el primer doctor que me atendió a finales de febrero y solicitó con premura una ambulancia para llevarme al hospital le dijo a la persona que me acompañaba que no le sorprendiera si no sobrevivía al viaje. En ese momento, acostado en una incómoda camilla, yo sólo iba bromeando y recordando a Los Ramones, susurrando I wanna be sedated. Creo que nadie me escuchó. Seguramente algún incomodo personaje de los que me rodean hubiera dicho que no era momento para jugar a lucir punk.

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Estuve un mes y medio en la clínica Marly. Durante ese tiempo todo el sistema hospitalario logró romperme el esquema de sueño. Durante casi cuarenta y cinco días de atención, no creo haber llegado a dormir 40 horas en total. Si me movía un poco, el cateter activaba una alarma desesperante que hacía que viniera una enfermera a revisar cualquier cosa de mi cuerpo. Si lograba dormir algo, había una fuerte estructura laboral que lograba interrumpir mi descanso para traer un medicamento olvidado o un termómetro poco agradable a la hora que fuera. Recuerdo que un día llegó un amigo a visitarme, y mientras me preguntaba las mismas queridas pero tontas preguntas de turno sobre mi salud, aproveché a dormir sin siquiera disculparme. Por suerte él entendió y se quedó revisando su celular, sospechando que si se iba, alguna uniformada iba a venir a joder por cualquier cosa.

La banda sonora de esos días fue integrada por Nina Simone y Johann Sebastian Bach. Especialmente, de este último, las Variaciones Goldberg. No sé si saben la historia de estas composiciones: Según explica el biógrafo de Bach, Johann Nikolaus Forkel (lo tomo casi literalmente de Wikipedia),​ las variaciones fueron encargadas a Bach por el conde Hermann Carl von Keyserlingk, para que lo entretuviese durante sus noches de insomnio. El conde recompensó de forma generosa a Bach con una copa de oro que contenía un centenar de luises de oro, el equivalente a 500 táleros, casi el sueldo de un año como kantor de la Thomaskirche. Yo, la verdad, esperaba el mismo efecto, sin haber pagado los taleros correspondientes. Adoro Bach, pero está claro, a diferencia de lo que me pasaba en ese momento, que el conde no tenía que soportar detrás suyo un ejercito de empleadas de la salud en constante vigilancia. Mi primer sueño profundo de al menos 6 horas seguidas sólo pude tenerlo un mes después de haber salido de la Marly, gracias a una medicina que Von Keyserlingk no conocía en ese entonces, el Tramadol.

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En general no soy muy amigo de la sensación que trae la nostagia. Por eso, de manera contradictoria me he ido alejando tímidamente de lo que algunos expertos de estanteria llaman Rock. Es decir, no se confundan: la banda sonora constante de mi vida contiene muchos clásicos. Entre mi listado permanente incluyo muchas muestras del sonido Motown, acudo a Hendrix de vez en cuando, lo producido en Manchester durante los años ochentas y noventas (The Smiths, New Order, The Stone Roses, The Charlatans Uk) retumba de manera seguida en el equipo de sonido y buena parte de mis canciones favoritas de mi época de estudiante de Ciencias Políticas en la Complutense de Madrid (Los Ronaldos, Loquillo y Los Trogloditas, entre otros) viene a la memoria de vez en cuando. Pero la nostalgia contenida en el rock es retardataria. Me disgusta ese espíritu de insistir con el discurso que asegura que todo tiempo pasado fue mejor. Claro, mientras estaba anclado a mi cama, pensaba que estaría muy bien que, en lugar de volver a aprender a caminar, ya estuviera saltando de igual manera a como lo hice en los conciertos a los que asistí hace cinco, diez, veinte o treinta años en Buenos Aires, Tel Aviv o la misma Bogotá, gritando a pecho herido las canciones de Peter Gabriel, Sex Pistols o Nine Inch Nails, recordando los buenos tiempos de Superlitio o deseando volver a ver esa mágica noche de The Ganjas en Rock al Parque 2005. Pero era inmediatamente comprender que yo no me iba a curar a punta de desear una juventud ya irrescatable. El Rock, concebido de esa manera por algunos radicales que quieren mal manejar el tiempo, ha perdido sentido para mi. Menos mal, igual, el Rock que yo quiero,  lo concibo mucho más amplio que lo que algunos fascistas del ritmo quieren imponernos. Es mucho más evolucionado, rico y variado de lo que algunos imbéciles de turno nos venden con su etiqueta. En mi cabeza, Bomba Estéreo o Rubio es tan Rock como Pearl Jam o Stone Temple Pilots. Por suerte también, como dirían Los Prisioneros, a nuestro modo, en estos bellos tiempos de mestizaje, somos Sudamerican Rockers.

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Hace unos años contaba en algún artículo que hay canciones que me duelen tanto que me hacen llorar. Y esa es una de las mejores sensaciones que puedo sentir en mi vida. Adoro esa tristeza musical. No puedo dejar de acercarme a ese sentimiento cuando escucho la versión muy particular que montó Tom Waits del himno no oficial australiano, Waltzing Matilda, llamada Tom Traubert´s Blues. Es como si alguien metiera su mano entre mi pecho y mi estómago y me recordara con dulce sadismo que todavía estoy vivo, que todavía hay tripas sensibles, que ese dolor orgullosamente me pertenece. Bueno, este año volví a sentir eso y me fascinó. Me pasó con Rosalía.

El flamenco siempre me produjo curiosidad, desde mis tiempos de estudios en España. Pero nunca, tontamente, me permití conocerlo a fondo. Escuchaba Camarón de la Isla con respeto, pero debo admitir que tenía algo de inexplicable prevención. Yo sabía que detrás de todo ese sonido había historias fascinantes, mucho que escuchar, mucho que leer. Me fui por otras rutas, y quizás me perdí de una oportunidad inigualable. Conocer lo que hace la catalana Rosalía me puso de nuevo en ese camino. Lo primero que me llegó fue su primer álbum, Los Ángeles. Llegó Catalina. Esa canción me iba desgarrando, con sus palabras incompletas y su acento enredado, diciendo:

«Quítate de mi presencia
Que me estás martirizando
Quítate de mi presencia
Que me estás martirizando

Ya la memoria me trae
Cosas que estaba olviando
Ya la memoria me trae
Cosas que estaba olviando (sic)»

Tuve que escuchar ese disco unas cinco o seis veces esa tarde. Lloré ese día como no lo había hecho todo este tiempo. Fue una sensación de alivio que definitivamente me curó como lo necesitaba. La música salva, la música sana. Una niñita, toda una hermosa mujer de veintipico años, vestida con chandal y bisutería llamativa, me estaba cantando al oído hasta obligarme a sacar toda la mierda que tenía adentro y sentirme aliviado. Por ella esperé con ansias el dos de noviembre para el estreno completo de su álbum El Mal Querer. Y aunque fuera definitivamente más «contemporáneo», seguía impresionado. Y adoro, por obvias razones, Malamente y Pienso en tu mirá, sus temas más populares, pero vuelvo a ese hermoso dolor cuando escucho Bagdad y Nana. Si existe un dios, cosa que casi todo el tiempo pongo en duda, Rosalía es una muestra necesaria de su esporádica bondad con nosotros los humanos.

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¿2019? Lo primero, espero seguir vivo y con las ganas que siento en este momento. Zonagirante.com cumplirá 20 años de existencia. Algo nos inventaremos para sobrevivir y celebrar nuestra existencia como es debido. Seguiremos comprometidos con América Latina y queriendo desarrollar muchas cosas que seguramente lograremos a lo largo de los 365 días que nos esperan. Como dije al principio, agradezco todo el apoyo de mi familia y los verdaderos amigos que estuvieron a mi lado. No fue un año fácil, pero no creo para nada que haya sido malo. Comenzaron los cambios que hace rato estaban aplazados y la música por suerte siempre me acompañó. Gracias a todos ustedes por estar ahí. Tengan un tiempo futuro maravilloso y espero se dejen rodear de las canciones que los van a alegrar.

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Un regalito por obra y gracia de Spotify. Estas parecen ser los temas que más escuché durante este año:

 

 
 
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