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Por José Gandour @gandour

Todo realmente nació en un bar, todo nació con las primeras copas y con esas conversaciones donde escuchamos a varios músicos juntarse e inventarse bandas o donde, los ya consolidados, programaron toques de varias agrupaciones. El amor también nació en los bares, cuando veíamos esas chicas vestidas de manera alternativa y uno podía hablar con ellas de los nuevos discos de Primal Scream o Pulp. Era todo un placer libre de toda culpa verlas bailar y mirarse entre ellas sabiendo que todos las estábamos observando. Algunas, mientras se contoneaban, cantaban pedazos de Kinky Afro, de Happy Mondays o The only one I Know de The Charlatans Uk, eso calentaba aún más el ambiente. 

Los bares de aquel entonces eran lo más lejano a la sofisticación de nuestros días. Prácticamente eran bodegas con aspecto de demolición, donde los dueños, con mucho más ingenio que presupuesto, colgaban cualquier cosa de la pared, pintaban las mesas de madera con cualquier pintura e instalaban el equipo de sonido comprado en negocios de segunda, rogando por que los parlantes aguantaran hasta que entrara la plata del siguiente mes para reemplazarlos. En sitios de esa calaña vi los primeros conciertos de Aterciopelados, Catedral, 1280 almas, y otras glorias del underground bogotano. Igual, ahí mismo, cada vez que sonaba una canción que no conocía, me acercaba al pinchadiscos de turno (en Barbie, al norte de la ciudad, casi siempre era Héctor Buitrago, quien siempre salía con sorpresas) y le preguntaba, en el tono mas nerd del mundo, qué era eso y me decía The Farm, Ned´s Atomic Dustbin o Black Grape. Anotaba y a los pocos días estaba en Antífona, una de las pocas tiendas de discos decentes de la ciudad y lo pedía. Todo era un círculo que no fallaba: Escuchaba algo nuevo, lo buscaba y salía, luego de varias horas en el local, con otros dos o tres discos en la bolsa.

Entre los antros que frecuentaba, se repartían los peores cócteles de la historia. En uno de ellos tenían en su carta un menjunje llamado Doctor Spock, de color verde y sabor aproximado a lo que debe contener una taza de baño radioactiva. Además, de manera peligrosa, en algunos vasos los camareros ponían juguetes de plástico que más de un borracho se tragó sin darse cuenta. Más de uno debe tener colección de soldaditos como los de Toy Story, después de un ataque estomacal que no le envidio a nadie. Otros inventos etílicos de la época recibían nombres como Lluvia ácida, La patada de chango, Leche de Pantera y otras etiquetas que daban evidentes señales de la decadencia líquida que contenían. Pero eso era parte del juego. ¿Acaso esperaban que los clientes de esos lugares pidieran Sello Negro, Crown Royal o Glenfiddich? De milagro la gente sabía distinguir un aguarrás de un ginebra Lady Di cien años de tradición. 

La primera vez que la vida nocturna alternativa bogotana tal como la conocíamos murió fue cuando declararon la ley zanahoria. De repente, ante el aumento de homicidios en la ciudad el alcalde de turno decidió que cada local de entretenimiento cerrara a la una de la mañana. De inmediato los bares de entonces dejaron de presentar música en vivo porque los dueños no podían soportar los costos de cada presentación y, además, al tocar la banda, se paraba el consumo en la barra y eso, con un horario tan limitado, no se lo podían permitir. Por otro lado, la fiesta se pasó al lado clandestino, y fue la oportunidad de los productores electrónicos para ocupar su espacio. La gente quería bailar, drogarse y seducir a cualquiera y para eso, en esas circunstancias, no servía una agrupación tocando rock and roll.  Ahí vino la nueva entrada de los empresarios de espectáculos vinculados con el narcotráfico, aquellos que comenzaron a festejar grandes raves a las afueras de la ciudad, trayendo todas las semanas al «mejor dj de planeta» según la revista inglesa de turno, y pagando por sus presentaciones cuatro, cinco y hasta ocho veces más de lo que usualmente cobraban en clubes europeos. En esos bacanales se podía ver, en balcones exclusivos, a personajes de dudosa reputación, con dientes y relojes de oro de brillo exhuberante, acompañados de muñecas siliconadas vestidas al estilo cowgirl, saltando con silbatos en la boca, sosteniendo botellas de champagne de nombre impronunciable. Y los bares, en general, vacíos.

Unos años después todo se volvió a acomodar. Las nuevas generaciones querían ver shows en vivo, querían escuchar verdaderas canciones. Claro, la enseñanza de la música electrónica se había integrado a las recientes propuestas locales y por otro lado, se redescubrió la fusión de la música autóctona y los sonidos contemporáneos. Los antros se volvieron más sofisticados, había esfuerzo arquitectónico y glamour en su diseño. La amplificación del sonido era decente y poderosa y los tragos, aunque presentados de una manera más conservadora, no traían riesgo de hemorragia interna. En esos bares también se volvió a generar intercambio de información entre los músicos. Claro, ya estaban las redes sociales, pero era en esos pequeños escenarios donde uno ya podía ver en vivo a Mr. Bleat, Cero39, Mabiland, Maiguai. Era el sitio para ver las sorpresas latinas que nos visitaban: Rubio, Planeta No, Austin Tv, Dengue Dengue Dengue. Hasta hace unas semanas, disfrutaba yendo a sitios como El Chamán, Latino Power, Disco Jaguar... Hoy todo cerró y, sin caer en el escándalo innecesario, sabemos que esos sitios difícilmente sobrevivirán a esta cuarentena. Con ellos muere gran parte de la escena musical bogotana, por más facebook lives que nos inventemos ni festivales en linea que queramos sacar adelante. Aquí las razones de estas suspensiones son más que comprensibles, pero no sería extraño que volvieran los festejos clandestinos y que las autoridades de turno miraran hacia otro lado mientras los tramposos de siempre se vuelven a llenar los bolsillos, esta vez sin necesidad de traer el mejor dj del mundo o hacer malabares con artistas internacionales. Esos pelafustanes, con su falta de buen gusto, pondrán a cualquier chimpancé de esquina a blandir los platillos y poner a bailar a los desesperados.


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