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Por María José Camargo @MARIAVFORVOLUME Fotos Diego Vega

Marzo es para las mujeres que nos dedicamos a esto, como navidad para un coro de villancicos. Así empieza mi conversación cuando me piden escribir sobre género y música independiente por estas fechas. Me dedico a la música desde hace 20 años, y siempre en contravía de lo que dictan las tendencias. Eso me hace doblemente marginal, y triplemente independiente, porque todo parece indicar que nadie conoce bandas de rock con mujeres (aunque haya muchas). Además el rock se volvió nuevamente, bendita sea la vida, un asunto de nicho y por ende deliciosamente alternativo e independiente. Me siento diciendo una grosería cada vez que le digo esa palabra a la persona de mercadeo: “rock”. No tenemos que gustarle a nadie, y nadie nos va a dictar tendencias de mercado. No tenemos que pegarle al ritmo de moda, y básicamente podemos hacer lo que nos venga en gana. Ser tan extremos y experimentales como queramos. Hablar de lo que sea. Ser políticamente incorrectos, subirle a la distorsión lo que sea necesario, alzar la voz y mover el culo o la cabeza como nos parezca.

Empiezo diciendo esto para explicar el lugar desde donde me paro, habiendo tocado en bandas de funk, jazz, metal, punk, electrónica, rock y hasta en la orquesta del colegio, pero sobre todo siendo testigo silencioso (o no tanto) del papel de las mujeres en la música y la cultura independiente en Colombia. Desde Danny Dodge, Polikarpa y sus viciosas, I.R.A, Pepa Fresa, Aterciopelados, Ají Baboso hasta Las Yumbeñas, Poker, Las Pinkers y Ssstallone. Ser mujer y hacer música independiente (realmente independiente), significa abrir las heridas correctas, hablar de lo que nadie quiere hablar, cuestionar estereotipos, burlarse de uno mismo, rascar la superficie y permitirse ser primitiva en las letras, el tono y la intención de la voz.

Sin embargo, y como estamos en el mes de la mujer, y es la navidad de mi coro de villancicos (esto sin demeritar a los coros de villancicos ni trivializar la lucha de las mujeres), también es el momento y el espacio adecuado para hablar de la otra parte de ser mujer y música independiente, pues esto implica que a la difícil coyuntura de hacer la música que hacemos, que es ajena a las tendencias del momento, debemos añadirle estar constantemente reivindicándonos.

Me explico: Usted tiene que ser compositora, escritora, intérprete, manager, diseñadora, ingeniera, productora, roadie, booker, relacionista pública, community manager y además estar regia. Debe estar preciosa, flaca, tener followers, no envejecer jamás, ojalá tener un canal de youtube, y además un bate en la mano cuando cuadra la ecualización de su instrumento, y alguien decide qué es lo mejor para usted y le cambia todo. Debe estar escuchando cómo alguien le dice (y me pasó cuando hacía guturales en una banda de metal) “toca bien para ser mujer”, “falta cuadrar a la niña”… ¡La niña! o “mucha ropa”, o aguantarse que el empresario pasado de tragos, decida que puede decir o hacer cosas inapropiadas porque asume que “eso está incluido” como muñequito en la caja feliz de Mc Donald´s. Esto le pasa mucho a las DJS, y por eso crearon un colectivo aparte.

Con el tiempo, ser mujer y música independiente es estudiar la historia de nuestra intervención en la cultura alternativa, y darnos cuenta que llegamos tarde a este paseo. Que ser cantante fue un oficio mal visto, mal pago y marginal hasta los años 70’s. Que las mujeres no entraron en el mundo de los negocios (y de los negocios de música) hasta finales del siglo pasado, y que todavía falta educarnos como mujeres en emprendimiento, negociación y sobre todo en corregir todo ese miedo que le tenemos a la tarima, a envejecer, a la inversión, al horóscopo, a que nos digan perras, feas o gordas, y sobre todo a la confianza en nuestra propuesta de valor. Debemos recitarnos como un mantra que el 53% de las decisiones de consumo de música (boletas de conciertos, festivales, camisetas, calcomanías y lo que se les ocurra) las hacemos las mujeres, y que tenemos hambre de nuevas formas de representación. ¡Queremos más historias reales!

Por otra parte, ser música independiente, ahora más que nunca, es entender la verdadera noción de sororidad, que no se trata de ser amigas y tocar exactamente el mismo género, e ir torpemente cogidas de la mano recitando lo mismo. Es generar acciones de cambio. Mirar en Spotify y Deezer qué porcentaje de música hecha por mujeres estamos consumiendo. Darnos cuenta de qué porcentaje de participación tienen las mujeres en los festivales, y cuántas mujeres encabezan esas listas en los lineups, e invitar a nuestros amigos a que hagan lo mismo. Apoyar eventos y festivales con una buena representación femenina, y si no existen crearlos. Generar alianzas estratégicas, hablar de todo lo que queremos cambiar y de lo que queremos traer de vuelta. Conectarnos, informarnos, sanarnos, sonarnos, apoyarnos, recomendar a nuestras colegas y sobre todo hacer  buenas canciones e incendiar tarimas con nuestro talento. Si no lo hacemos ahora (y no me refiero solo a marzo), nadie va a venir a hacerlo por nosotras. Es ahora o nunca. Si el mundo no está preparado para nosotras, vamos a prender al mundo. ¡Que todo arda!



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