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Por José Gandour @gandour Foto Rodrigo Morales Ortiz @megapulse

Amigos organizadores del festival Rock al Parque 2019: Hagamos un trato. Partamos de la base que todos queremos que funcione bien esta edición del festival, a celebrarse el 29 y 30 de junio y primero de julio,  y que la gente que vaya al parque Simón Bolívar se la goce y se sienta orgullosa de la ciudad y no pierda el deleite por la música. Pero para que esto resulte, convengamos en unas reglas para que, si no todos, la mayoría de los actores involucrados se vean favorecidos por el evento.

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Comencemos. Por el momento anunciaron una cantidad desbordante de invitados internaciones, con una larga trayectoria y una carrera que merece ser atendida por público de todas las edades. Gente que trae sobre sus espaldas muchas canciones que todos reconocemos y un conocimiento que merece ser compartido con nuestros artistas locales. Eso si, tengamos cuidado: Merecen la mejor de las atenciones de parte de la producción del festival, pero nunca en desmerecimiento de la representación local. Aunque aún no ha terminado la selección de las bandas distritales, desde ya a los clasificados por las convocatorias bogotanas se les debe garantizar una fuerte presencia en medios para su promoción antes y durante el evento y, por supuesto, todas las ventajas para que sus presentaciones se hagan a tiempo, con la duración acordada y con las condiciones técnicas exigidas para no verse disminuidas frente a sus colegas extranjeros.

Hay antecedentes en la historia de Rock al Parque en los cuales la figuración artística bogotana ha pasado por ser una incómoda decoración para algunos  y donde, desde la organización, no han sabido cuidar como es debido las joyas de la ciudad. Ejemplos claro se han dado por montón: Nada más recordemos que en el mejor momento de Ultrágeno, una de las mejores agrupaciones de rock que ha tenido la capital colombiana, este cuarteto se vió impedido de confirmar su talento ante las masas, porque los productores del evento en 1999 no supieron saber manejar la altanería de Cafe Tacvba y Molotov en sus pruebas de sonido, haciendo que la banda liderada por Amós Piñeros se viera excluida a última hora por falta de tiempo en escenario. Situaciones del mismo talante se dieron, aunque con menor gravedad en otras ediciones, donde el personal en tarima (gente que reside a pocas cuadras de nuestras casas, y que en ningún momento se va después del festival con los grandes invitados) considera carne de cañón a los músicos anfitriones y los limita en minutos, en el backline y en su espacio en escenario. 

Hay que insistir con algo que los estamentos dirigenciles del festival olvidan con cierta facilidad: Rock al Parque nació y tiene su razón de ser principalmente en el favorecimiento de la escena rockera bogotana. Debe haber una estrategia creíble y confiable para presentar a los artistas que nos representan, y su promoción debe exigir que tanto los grandes como los medianos y pequeños medios que van a cubrir esta vigésimo quinta edición dediquen un gran espacio de su labor informativa para presentar el talento de nuestro mercado. Vamos a ponerlo asi: Idartes, ente productor del evento, debe comprender que de nada sirve que un canal de televisión, un periódico o una revista de gran tiraje, al hablar del festival, sólo se dedique a dar noticias sobre Fito Páez, Amigos Invisibles o cualquier otro de las propuestas internaciones contratadas y no hable absolutamente nada de las figuras bogotanas. Ese tipo de prensa no le sirve a Rock al Parque. ¿Les parece exagerado? A mi no, la verdad. Este es un festival público, hecho con dinero de nuestros impuestos, y no un evento privado que, como algunos que hay por ahí, aun teniendo el abundante patrocinio de los principales bancos de la nación y una que otra compañía de comunicación móvil detrás,,no son capaces de tratar corectamente ni pagarles a buena parte de los conjuntos de la ciudad. Aquí no podemos hablar de favores, aquí hablamos de respeto.

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Yo no tengo ningún problema personal con Juanes. Es más, estoy seguro que es un buen tipo, que debe ayudar a las ancianas a cruzar la calle y que dice siempre «por favor» cuando pide cualquier servicio. Tampoco tengo problemas con su música, que siempre me ha aburrido profundamente (pero eso es un problema mío, no de él). Lo que critico de su presencia en esta edición de Rock al Parque va por otro lado.

Lo primero que noto es que hay una sensación bastante turbia en la cual algunos periodistas con sus discursos parecen decirnos que el festival se lo debía al artista, que estábamos en deuda con él. Dentro de su demagogia nos aseguran que Juanes hizo crecer el rock colombiano y que nunca ha sido debidamente reconocido por ello. También nos dicen que sus cualidades musicales le han permitido compartir escenario con los Rolling Stones, Metallica y quién sabe cuantos más miembros del Olimpo rockero. «El nunca se caspió», dicen. Perfecto. Insisto: Juanes es un tipo simpático, querido, que seguramente entre sus amigos paga la cuenta e invita a todos a los tragos de la noche. Pero lo suyo tiene poco que ver con el espíritu de Rock al Parque. Está más relacionado con una extrema farandulización de un sector de la música colombiana que, antes que cuestionar las pobredumbres del sistema imperante, está al servicio de sus peores defectos. Ahora Juanes acude a Rock al Parque en sus horas más oscuras, después de una perjudicial pelea con quien era su manager y tratando de recuperar los favores de la prensa que lo tiene ciertamente olvidado.  Ahora viene a robarse la atención. Rock al Parque no necesitaba incluírlo en su programación, y ahora, sin darse cuenta, corre varios riesgos que no creo que los organizadores hayan medido con cautela.

¿Se acuerdan de lo dicho en párrafos anteriores sobre el papel de los medios en el festival? Bueno, en 1999, uno de los patrocinadores de ese entonces, la Empresa de Teléfonos de Bogotá, publicitaba su presencia en Rock al Parque diciendo «Café Tacvba, Molotov y 56 bandas más». Esa fue una propaganda que le hizo mucho daño al evento. Ahora, sin ser pitonisos, predecimos que más de uno titulará en sus páginas «Juanes y el resto». Así actuarán los mismos comunicadores que nunca hemos visto a lo largo de estos años recorriendo el Simón Bolívar en estos conciertos y que ahora los veremos llegando y exigiendo sus espacios privados durante el show de este y otras luminarias. Eso, insisto, le hace un flaco favor a una escena local, ya bastante jodida de por si, y nunca atendida a la altura necesaria.

Listo, Juanes ya fue confirmado. No hay nada que hacer. Tratémoslo bien, como lo merecen él y otros participantes. Pero sugiero ponerlo al comienzo de la jornada del último día del festival. Si, cómo se hizo con Kraken, cuando se presentó con la Orquesta Filarmónica. Invitarlo como sano elemento convocante en el cual, los aficionados del artista, buena parte de ellos asistentes por primera vez a Rock al Parque, decidirán, al finalizar la presentación, si se quedan a vivir el verdadero ambiente del evento o no. Si invitamos a Juanes a Rock al Parque, para lo único que sirve es para eso: Para que aquellos que se han relacionado con la música sólo a través de las radios comerciales y las publicaciones masivas, conozca de verdad el verdadero corazón del rock de esta ciudad.

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En fín. La edición número veinticinco del festival gratuito más grande de América Latina trae varios puntos que debemos cuidar. Esto no puede ser la fiesta propagandística de un burgomaestre que va de salida y que quiere levantar sus índices, ya bastante caídos, de favorabilidad entre la población joven bogotana. Rock al Parque, independientemente de quién esté a cargo de la alcaldía de la capital colombiana, fue, es y debe ser un ejemplo reiterativo de paz y convivencia en un país que ha vivido la guerra durante tantos años. Un festival que debe confirmar constantemente por qué esta urbe fue elegida hace unos años como ciudad mundial de la música por parte de la Unesco (un detalle ya olvidado en la esfera pública, por no corresponder a sus intereses partidarios). Esta es la vigésimo quinta edición  y lo que viene después de que caigan los últimos confettis el lunes primero de julio, obliga a que, si queremos que este proyecto sobreviva como es debido, es hora de pensar en su reinvención, en su replanteamiento. Si no, es posible que se nos convierta en un gran y luminoso elefante blanco, sólo útil para agitar las banderas de unos cuantos oportunistas y no como el ícono cultural democrático latinoamericano que alguna vez soño ser.

 

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