Por José Gandour @gandour

Lo tengo claro: Yo no soy diseñador. No sé dibujar (cada vez que lo hago termino haciendo unos mamarrachos poco notables y mis círculos se acercan más a la forma de un balón de fútbol americano que a cualquier otra cosa), y apenas he aprendido a utilizar las herramientas básicas de photoshop. Siempre me he sentido atraído hacia la tipografía, pero en términos de aficionado, que disfruta viendo catálogos de fuentes de todos los tiempos. Y si, adoro ver los afiches (posters) de los grandes eventos musicales del mundo. Algunos me parecen obras maestras. Por eso, durante todos estos años me he tomado el atrevimiento, de manera pública o privada, de expresar mi opinión sobre el arte gráfico promocional de mi festival favorito: Rock al Parque.

En general, lo hecho en esta materia por el festival gratuito más grande del continente no me ha convencido a lo largo de su historia. Se ha acudido a concursos abiertos al público, se ha contratado diseñadores externos y se ha hecho en casa, por el equipo interno de todas las instituciones que han organizado el evento y, la verdad, no he visto nada que me impacte, que me haga pensar en lo atractivo e importante que es el certamen. He observado, desde 1995 el uso abusivo de referencias a las guitarras junto a la verde naturaleza, los cuernitos hechos con las manos para atraer o ahuyentar (según sea el caso) los supuestos diablos rockeros o en algún caso muy desubicado, caracoles con taches metálicos (y metaleros) y animales mitólógicos de chaqueta de cuero con los que nunca me he cruzado en el Simón Bolívar. Hubo uno que parecía más hecho para promocionar una obra de teatro tipo Esperando a Godot que para anunciar un concierto musical y otro que se acercaba más a la estética de un comic nazi que a la fiesta masiva más abierta del planeta. Ustedes dirán «cómo jode este tipo», pero yo pienso en los afiches de conciertos como material de colección, memorabilia inolvidable, íconos gráficos que reflejan una época.

Miro la nueva pieza promocional de Rock al Parque 2019. Veo un gorila encima de parlantes e instrumentos gritando con un micrófono. La pieza es llamativa, está muy bien dibujada. Los colores funcionan. Pero (si, el pero tenía que venir), ¿qué tiene esto que ver con la celebración de los veinticinco años de Rock al Parque? Yo espero de una pieza promocional de un festival de la importancia de Rock al Parque que, en un sólo impacto visual, me emocione, me informe y me haga querer ir al evento. Y más si, como sucederá cuando repartan los posters por toda la ciudad y se publiquen copias en diversos medios, esta imagen la mirará mucha gente que no sabe que existe el festival. Si, porque a pesar de hacer ruido desde 1995, Rock al Parque, siendo una institución de la cual cada habitante de esta ciudad se debería sentir orgulloso por ser claro ejemplo de convivencia, paz y cultura para todos, la mayoría de nuestros vecinos en la capital colombiana no sabe de qué se trata el asunto y todo lo que contiene.

Insisto: La pieza, gráficamente, es llamativa. Pero, hagamos un ejercicio: Si a ustedes les muestran este afiche y les dicen que es para un evento rockero en Tallahasse o en Bangkog, no sentirían la diferencia. El poster es genial, el responsable de esta pieza es un gran profesional,  pero esta imagen no me habla de Rock al Parque, no me cuenta nada al respecto. Las mejores piezas gráficas que he visto de los festivales alrededor del mundo son impactantes pero, a su vez, no requieren de una explicación de parte del diseñador para justificar el resultado. Y, principalmente, al ver esas obras de las cuales les hablo y me conmueven, siento de inmediato que fueron hechas desde el espíritu mismo del evento que representan y, desafortunadamente, en este caso, no lo percibo de este modo. Me resulta curioso que las imágenes promocionales de los demás festivales al Parque (Jazz, Salsa, Colombia y Hip Hop) conecten de inmediato, especialmente las hechas en los últimos años, por el mismo equipo que plasmó la idea del gorila. No he comprendido qué pasa en este caso.

Tengo claro que el afiche no cambia, afortunadamente, la decisión del pueblo rockero bogotano de llenar el Parque Simón Bolívar los días 29 y 30 de junio y el 1 de julio. Pero, como aficionado al buen diseño y a la importancia de la comunicación efectiva, se ha perdido, a pesar del esfuerzo, la oportunidad de transmitir mejor lo que significa Rock al Parque a lo largo de todo este tiempo. Lo lamento.

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