Rock al Parque: Comentarios antes de la fiesta

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comentariosbannerSrOstia-opcionalPor José Gandour @gandour Foto Oscar Perfer

Ya lo saben quienes nos siguen. Rock al parque es el evento que más nos emociona cubrir en Zonagirante.com. Nos alegra que ya falten pocos días para su vigésima segunda celebración y sabemos que los habitantes de Bogotá y sus visitantes están igual de emocionados frente al llamado del festival. Eso no nos impide comentar sobre el accionar de sus organizadores, sus decisiones, y cómo cada administración que ha asumido la Alcaldía Mayor de la capital colombiana ha desempeñado su papel, cumpliendo o no con su responsabilidad con la cultura de la ciudad.

Entre el 2 y el 4 de julio veremos pasar por el Parque Metropolitano Simón Bolívar entre doscientas mil y trescientas cincuenta mil personas. Por ello, lo primero que estamos obligados a decir, antes de exponer nuestra lista de críticas, es que a cualquiera que esté por Bogotá en esas fechas, lo invitamos a asomarse en cualquier momento por el festival, a disfrutar de la música o, al menos,  ver a los asistentes vibrar, bailar, poguear, enamorarse de las canciones y gritar con sus ídolos. Eso, de por sí, ya es suficiente espectáculo, una imagen que no se da en cualquier parte del orbe y que debemos proteger y consolidar como patrimonio ciudadano.

Dicho esto, nos permitimos reseñar lo siguiente:

– Rock al Parque ha adquirido últimamente un esquema conservador, donde se efectúa la contratación abrumadora de artistas legendarios con muchos años de carrera encima pero con disminuida actualidad, y donde no se abre un espacio suficientemente notorio a sonidos contemporáneos. Nadie está pidiendo que el festival sea un sólo paredón de nuevo talento, pero si debe haber un equilibrio. Recordemos que es un festival organizado por una institución estatal, sin ánimo de lucro y gratuito para quien quiera asistir, y eso abre un margen de riesgo para incluir agrupaciones que tengan más perspectivas que pasado. Desafortunadamente en estos días el esfuerzo por mostrar nuevos sonidos en Bogotá sólo lo asumen  los festivales privados, actividades con tiquetes excesivamente costosos y con un claro sesgo social.

Hay que recordarle a la organización de Rock al Parque que la vanguardia no necesariamente es cara y, además, está más cerca de nuestras fronteras de lo esperado. Muchos artistas latinoamericanos de las nuevas generaciones, con carreras interesantes y comprobado recorrido internacional, están dispuestos a venir a bajo costo, ya que Rock al Parque tiene una imagen muy atractiva para ellos. Han visto las fotos y los videos de cada edición que ha pasado y quieren estar aquí, tienen ansias por tocar en uno de los mejores escenarios del mundo (Si, del mundo, ¿o vamos a pensar que los miles de espectadores que convoca Rock al Parque valen menos que los de otros prestigiosos espectáculos del planeta?). Este festival ha adquirido el suficiente prestigio histórico para hacer convenios e intercambios convenientes, y es llamativo como la organización ha despediciado su potencial desde hace mucho tiempo. Hay que creer en lo hecho y hacer de ello por fín un elemento rentable conveniente para todos. 

– Dicho lo anterior, nadie tiene por qué reprocharle su labor al actual programador del festival. Chucky García ha hecho lo que ha podido con lo que le han dado y el cartel de la edición 2016 es atractivo para muchos aficionados. A quienes si hay que reclamarles es a sus superiores, por recortar el presupuesto de manera injustificada y con poca planificación. Es evidente que algunos de los responsables se sentirían mejor si Rock al Parque desapareciera del mapa. No se atreven a dar el tijeretazo de un solo golpe, pero su esfuerzo parece conducir a desmoronar una marca que se ha construido en 22 años con mucho esfuerzo. Ellos, que tanto hablan de gerenciar estas actividades como si fueran empresas privadas, no han hecho un esfuerzo representativo para encontrar patrocinadores reales que ayuden a solventar pagos. Quizás, como algunos de ellos, antes de asumir sus cargos, nunca se asomaron por esta serie de conciertos, no tienen idea de cómo venderlos. Es curioso, porque hasta los gobernantes anteriores, de clara inclinación izquierdista, lograron a su manera, convencer a empresas locales y multinacionales de ser sponsors del evento.

– Este es un festival con 22 ediciones encima. Es justo con el tiempo, con la audiencia, y con la realidad musical, que reinventemos varios elementos enquistados en el esquema de Rock al Parque. Todavía hay personajes que con buena o mala fe quieren insistir en la definición vetusta de la palabra Rock. Buena parte de las decisiones que tomó el jurado calificador de las convocatorias distritales este año contenía ese retrógrado tufillo. Por eso nos perdimos de una mejor selección de representantes bogotanos en el festival. Este jurado no actuó a la altura de sus compromisos y además su labor fue mal conducida en su papel decisivo por los responsables del festival. Lo dijimos antes, hubo parámetros al estilo de un reality y por ello el cartel se vio afectado, por preferir propuestas anquilosadas en el tiempo (eso si, muy “rockeras”) y desconocer lo que verdaderamente sucede en nuestra escena.

– Por otro lado, como dato folclórico, todavía hay quienes, mal disfrazados de periodistas, artistas o gestores culturales,  acuden de manera torpe a las instancias oficiales y presentan demandas estúpidas contra la institución encargada del festival por haber citado durante todos estos años entre sus invitados  bandas que no sonaban exactamente acorde a las viejas reglas del género. No sólo actúan a destiempo y con actitud ridícula: El prejuicio injustificado explica su argumento. Los demandantes son hijos y nietos ideológicos de aquellos que, en cualquier parte del planeta, reclamaron airadamente en contra del funk, el reggae, el disco y otras resonancias que, en su momento, se desmarcaban del cerrado esquema de la matriz original. Pobres amargados que escuchan la música con cuchillo censurador y racista. 

¿Saben qué? No nos importa si se molestan o si nos tachan de vendidos o exagerados: Si alguien quiere llamar Rock a lo que hace Bomba Estéreo, Systema Solar o cualquiera de los destacados artistas que han logrado fusionar tendencias contemporáneas con el sabor local, está en todo su derecho. Aquellos que se enredan, se envenenan y se cortan las venas exigiendo pureza sonora, les recomendamos que se retiren a un asilo fascistoide y desmemoriado, porque hay que decirlo nuevamente: El Rock, a lo largo de su historia, ha sido el género más mestizo, mulato y zambo que podamos hallar, y es por ello que nos gusta. El espectáculo de Rock al Parque, mientras más colorido, mejor.

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La Alcaldía de Bogotá, sin importar el tinte político de sus administradores, debe conservar y aumentar la brillantez de su mayor fiesta popular. Los burgomaestres de turno y sus subalternos deben comprender siempre que Rock al Parque es cultura, entretenimiento y símbolo de paz. Que el festival es una inversión social y no un gasto inútil como lo ven ciertos políticos. Esto no es demagogia, es simplemente recordar que este evento, con todos sus problemas, discusiones internas, peleas con o sin sentido, sigue siendo uno de los mayores valores que tiene esta urbe, frente a sus habitantes y frente al mundo. Este concepto fue comprendido claramente en 1999, cuando la primera administración de Enrique Peñalosa quiso acabar con Rock al Parque y los ciudadanos, en claro acto de desafío e indignación, salieron a recoger firmas y a protestar en masa, haciendo retroceder al alcalde en su decisión. En 2016 y en los años que vienen, tenemos que recordar esta premisa. Rock al Parque, más ahora en tiempos de reconciliación y posconflicto, es un vivo monumento artístico y democrático que debemos proteger porque nos pertenece. Es un festival, que como ningún otro en el mundo, ayudó a consolidar una escena músical en constante crecimiento. Si no lo creen, preguntenle a cada productor, a cada sonidista, a cada roadie, a cada músico que ha estado a lo largo de estos años en sus tarimas.

Rock al Parque, en medio de la guerra y la politiquería,  pudo sostenerse durante más de dos décadas como la  experiencia sorprendente que es. Todo habitante de esta ciudad, sin importar si no conoce una sola canción de rock local o si, por el contrario, asiste regularmente a los conciertos de la escena bogotana, debería sentirse orgulloso de ello.

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