Rock al Parque: El diablo está en los detalles

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eldiablobannerSrOstia-opcionalPor José Gandour @gandour Foto Karin Richter @karinrichter

Hay muchos motivos para celebrar el primer día de Rock al parque 2016. Fue una jornada donde cien mil personas fueron a disfrutar y volver a hacer suyo el festival. Un día donde, en medio del marasmo de la escena metalera bogotana, hubo propuestas como Stained Glory y Perpetual Warfare que rompieron el molde y evitaron el discurso anquilosado y más bien se divirtieron y el público los premió con sus aplausos. Donde la banda brasileña Sepultura, despues de 32 años de existencia, por fin se presentó en el Escenario Plaza y arrasó. Rock al Parque da muestras de vida y fortaleza, eso está claro. Todo, a pesar de la torpeza del recorte presupuestario y de cierta mala fe de algunas directivas en su labor.

En mi casa decían una frase que siempre me pareció acertada: Uno debe ahorrar los pesos, no los centavos. Esa es la diferencia entre cuidar con cariño la economía de una empresa y ser desconsiderado y tacaño. Es la diferencia entre buscar la supervivencia en tiempos difíciles y demeritar una marca con altivez. Estamos hablando de un festival que tiene historia desde 1995 y que ha visto pasar por sus tarimas a algunos de los mejores artistas del orbe. Un evento que, sin ningún tipo de exageración, puede figurar como uno de los principales festivales del mundo. Una de las mayores acciones culturales que ha visto Colombia en su historia y un perfecto símbolo y ejemplo para tiempos de acuerdos de paz. Pero, como el diablo está en los detalles, notamos el afán y el descuido de la actual Alcaldía por desmoronar lo hecho a punta de pequeñas y no tan pequeñas puntadas que hacen lucir a Rock al Parque como una fiesta a la que intentan quitarle el brillo que merece.

La edición 22 de Rock al Parque ha tenido apenas lo mínimo en publicidad, confiando de manera porfiada que los asistentes que siempre han venido estarán ahí, pero olvidando que estamos en una ciudad de ocho millones de habitantes, donde el resto de la población, sea rockera o no, poco se entera de lo que ocurre en el Parque. Es como si el director de Idartes, institución organizadora del festival  a nombre de la Alcaldía de Bogota, se avergonzara de estar al frente de esta tarea. Apenas unos afiches perdidos en los paraderos de la ciudad y un par de pendones. Y a dicha falta de piezas publicitarias, se le suma una casi inexistente estrategia de promoción, donde hubo un par de desabridos textos para medios  y poco más. No hay conducción en este segmento. Es evidente que el responsable del departamento de Comunicaciones de Idartes  nunca supo abordar el tema y que sus superiores se lo perdonaron sin mayor reparo. Esto es descuido, ignorancia o soberbia. En cualquier caso es, tómenlo como quieran, una evidente falta de interés de parte de los organizadores de conservar el status que ha logrado a lo largo de su historia este festival.

Los detalles se siguen notando, cuando en lugar de tomarse el tiempo recomendado para el montaje del festival, redujeron todo a unos pocos días, con el riesgo de llegar a la hora de la verdad y tener fallos técnicos que perjudicaran la realización de los conciertos. Es, por ahorrarse unos pocos miles de pesos, contratar para el backline una empresa con muchas deficiencias que tuvo que acudir a la competencia para completar los requerimientos. Es ver cómo el alcalde impide que la empresa pública de teléfonos de Bogotá participara como habitual patrocinador del festival y, a la vez, no buscar recursos en otras empresas, desperdiciando la oportunidad de invitar a importantes marcas a participar como sponsors del evento.

Es ridículo como se ahorran los centavos, cuando uno ve  que en sala de prensa, teniendo más de cien medios acreditados, sólo ponen dos tomas de conexión y el mobiliario está puesto para desalentar la presencia de los periodistas. Hay menos baños portátiles. No hay catálogos de información de los artistas del festival, hay pocos souvenires para recordar esta edición. Se ve la suma de demasiados pequeños elementos faltantes que incomodan demasiado. Insisto y tomo las palabras de Santiago Rivas, nuestro codirector de este especial: Aquí hay clara falta de amor y (ahora las palabras son mías) se respira desprecio desde el despacho del director de la institución organizadora. 

El festival sobrevive por el cariño que le tiene la escena a dicho evento. Sobrevive a la politiquería de antaño, y a la altanería neoliberal del momento. Rock al parque está ahí, aunque algunos de sus responsables creen descaradamente que sería mejor que el evento fuera ejecutado directamente por emprendedores privados, quizás los mismos que hace pocos días anunciaron la cancelación de Lollapalooza Bogotá.

La verdad señores, es que si a esta gente le aburre ejercer sus labores para el bien de la ciudad, es mejor que se vayan. Es mejor para ellos, es mejor para nosotros.

 

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