Esto no es Bogotá.
 

      “Fui a por un Picasso y me empacaron un Botero
      llegué al museo del Prado y era la Casa del Florero
      pensé entrar por Barajas, hice la aduana en Eldorado
      compré un Tour a Toledo, era un tiquete a ningún lado
      y solo sé que esto no es Madrid”

      Hotel Regina y La Orquesta Sinfónica de Chapinero

Este artículo me ha costado mucho tiempo, porque no encontraba la manera de canalizar esta inconformidad. Pertenezco a una generación llena de músicos frustrados y de Santiagos como yo. Soy bogotano de nacimiento, de aspecto y de espíritu, pero desde hace un tiempo no tengo muy claro lo que eso significa. Creo sin temor a equivocarme que este sentimiento no es solo mío.

Hace unos años todavía se repetía que en Bogotá las clases bajas tendían hacia México, la clase media buscaba comportarse como en Estados Unidos y la clase alta emulaba a Europa. El cachaco tradicional, a pesar de su porte inglés, es una figura afrancesada, principalmente porque es incapaz de llegar temprano a nada, o al menos eso me enseñó mi mamá. A nuestra capital se le llamó durante un tiempo “la Atenas sudamericana”; Ahora a los hipsters de Chapinero les dicen “chapiyorkers” y tenemos grupos de pop británico que se compone en La Calleja, Rosales, Santa Bárbara. Como lo muestra la canción de la Orquesta Sinfónica de Chapinero que cito al comienzo, hace unos años se buscaba igualar esta ciudad a Madrid, escenario de una movida que nunca hemos tenido. Otros tantos quisieran vivir en Buenos Aires, que igual es más barato. El caso es que Bogotá hace tiempo es el lote vacío en el que todos jugamos a vivir en la ciudad de nuestros sueños, y en su escena rock está la prueba de ello.

Bogotá hace un tiempo que no existe, porque casi nadie le compone canciones. El alma de esta ciudad ha perdido su sonido. Subsiste en grupos como Papaya Republik y Tumbacatre, también en Bomba Estéreo y en el hip hop, Pero el rock bogotano es solo el recuerdo de muchos hastíos aislados con los que ya no se hace nada. Ahora tenemos un grupo grande de adolescentes (de los de verdad y de los perpetuos) con los medios para cumplir, así sea a nivel local, su sueño de convertirse en estrellas de rock. Grupo tras grupo sin alma y sin oído, acorde tras acorde de lo mismo, porque los expertos en mercado tienen clarísimo que eso es lo que oye la gente, lo que compran, lo que patrocinan, lo que suena: jingles y sonsonetes, pintas atrevidas para composiciones inofensivas.

No abogo por el regreso de esa Bogotá angustiada llena de Renaults 4 y 12, Chevettes, Sprints y carros bomba, ni por la resurrección de todos los grupos que alcanzamos a admirar aunque sea durante un Rock al Parque; en cambio, por la aceptación de la Bogotá angustiada de ahora, llena de camionetas con sus vidrios polarizados, llena de problemas y de huecos y plagada de centros comerciales todos prácticamente iguales entre ellos. Esta ciudad corrupta pero saludable, llena de snobs, falsos nazis, falsos hippies, falsos artistas y políticos y publicistas y negocios que fallan todos los días, pero que todavía subsiste, vigilada por esos cerros impasibles que resisten el embate de la urbanización, la pirata y la legal, ambas igual de dañinas.

La escena rock bogotana es la misma del tropipop; la de los estudios y los productores, hija de las casas disqueras que se niegan a transformarse y de los bares que se rehusan a arriesgarse. Mientras tanto, todos en sus casas oyen metal, punk y cumbia, hip hop y vallenato. Así que a nadie le importa, solo a los nostálgicos y los neuróticos, a los que no nos basta con el rock de afuera ni el de los noventa y esperamos la revelación de que alguien en nuestro pequeño rincón del tercer mundo todavía siente algo. Rabia, miedo, indignación, felicidad, cualquier cosa que requiera más de los tres acordes y un estribillo idiota en inglés. Cualquier cosa menos conformidad.

Este seguramente es un artículo construído sobre un argumento vacío, porque una ciudad siempre tendrá la música que se merece. Como bien lo dice aquella expresión que tanto odia mi amigo Javier, “es lo que hay”. Pero eso me tiene sin cuidado, más vale una inconformidad en esta ciudad cobarde y muda que otra cancionsita funkera de amor y de baile. Ya que no parece haber un solo grupo al que le interese algo más allá de un contrato con una disquera y unos cuantos conciertos, las chaquetas, los patrocinios, las gafas negras, las mujeres y el Jack Daniels, me quedo apuntando hacia el lado de los que oímos. Los que creemos que nuestro rock, si alguna vez hubo tal cosa, no necesita una sola aspiración más y sí en cambio alguna esperanza, alguna promesa.

 


Escrito por Santiago Rivas .

miamigorivas@gmail.com

 

 

 

 

 

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