Cementerio de neón
(publicado anteriormente como Columna sónica edición 152)
Por José Gandour
Hace poco, por obra y gracia de las vacaciones, y de los despistes de horario que siempre se presentan en estas épocas, un día me encontré frente al televisor, a eso de las seis de la mañana, viendo en Sony, un capítulo de la pavorosa serie de los ochentas Miami Vice. Sí, ese programa donde salían los policías más petulantes del mundo, con sus zapatos sin calcetines, sus peinados estrambóticos y donde, como siempre, al hablar de drogas, los más malos eran los colombianos. Era un capítulo donde el personaje que interpretaba Don Johnson conoce y se enamora de una cantante reconocida. Esta artista era interpretada nada más ni nada menos que por Sheena Easton, una preciosa mujer escocesa que fue muy famosa durante aquel tiempo. Quizás una de las caras más hermosas de la época, y con unas canciones, que, sin ser las mejores, no desentonaban (los dos temas más conocidos de ella, quizás, son For your eyes only, que sirvió para una de las bandas sonoras de James Bond y You Got the look, interpretada a dúo con Prince, con quien se dice que tuvo amoríos). Apenas terminó el capítulo, y a pesar del sueño, me levanté a conectarme y consultar que había pasado con esta mujer. ¿Seguiría tan hermosa?, ¿Se metió a un convento, arrepentida de su pasado?, ¿habría caído en coma después de un accidente? No, peor aún: estaba en Las Vegas, presentándose en los teatros de los casinos más transitados.
Es muy exacto ese título de esa agrupación británica, Cocteau Twins, cuando habla de Heaven or Las Vegas, el cielo o Las Vegas. Nunca he estado cerca al estado de Nevada, pero no espero mucho de un lugar cuya máxima oferta al visitante es el ruido de las máquinas tragamonedas, los diez mil malos imitadores de Elvis y la posibilidad de casarse inmediatamente en medio de la borrachera, y con fichas en el bolsillo para volver inmediatamente a la mesa de juego.
Es increíble como hay músicos muy conocidos que de un momento a otro se pierden en las viscisitudes del negocio y terminan tocando sus éxitos de siempre durante todo el año frente parejas poco rockeras más interesadas en la ruleta que en sus canciones. Como un acto más entre el striptease de cincuenta bailarinas y el acto de magia de un imitador de David Copperfield.
Teniendo la misma edad de Madonna, Sheena Easton está ahí, compitiendo con los Moody Blues, con los que aspiran a ser el más decadente de los Sinatra o con los sucesores de Tom Jones. No saben el pesar que me despertó. Ahí, frente a la pantalla del computador, moría uno de mis amores platónicos. Además, fisicamente era ver una señora agraciada en carnes, pero con una actitud de perdedora total en la foto. Era, como dicen algunos de mis más crueles amigos, una mamá, en todo el sentido de la palabra.
Ahí recordé una historia que vi quizás en Animal Planet (uno de los propósitos de este año es ver menos televisión). Una leyenda sobre los elefantes que cuando sienten que la muerte se les acerca, se apartan de la tribu y se dirigen a un lugar alejado, ya reconocido por los viejos, a tirar sus huesos. Sentí con lástima entonces que Las Vegas significa eso para algunos artistas, que han disfrutado en su momento las mieles de la popularidad, pero que, a punta de vivir de los recuerdos de tiempos mejores, se alejan de su entorno y se recluyen en un lugar rodeado de desierto, donde las luces de neón confunden al visitante y lo hace pensar que se encuentra en un lugar celestial. Espero que no le pase lo mismo a Natassja Kinski, el mundo sería muy injusto con nuestros deseos.
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