Fin de año
(publicado anteriormente como Columna sónica edición 101)
Por José Gandour
A Iván Daguer, que felizmente es mucho más indie que yo.
La verdad diciembre no es mi mes favorito. No me gusta esa sensación que queda en la gente que da la impresión que todo , absolutamente todo, se acaba, para renacer en enero (y en el más burocrático de los casos, por allá en marzo). Todo se aplaza por estas fechas: "no, hablemos eso el próximo año, entienda que estamos en diciembre", "entienda que ahora no hay plata, todo el presupuesto se acabó, comencemos a tratar el tema desde el próximo año, ¿si?", "es una buena idea, pero resulta más aplicable a partir de enero". Lo único agradable de estas circunstancias es la excusa de hacer un resumen de lo que fueron estos doce meses y publicarlos sin que a nadie le extrañe un poco.
Por mi lado, y hablando de música, lo cierto es que el 2001 no fue un año impresionante en materia discográfica general. No vamos a negar que hubo material bueno por ahí rondando, pero, como dice un amigo de manera burlona, ninguno parte la historia del rock and roll en dos. Lo cierto es que mucho de lo más popular que ronda por ahí me parece aburrido, me hacen bostezar Limp Bizquit, Linkin Park, System of a down y otros ejemplos norteamericanos que revientan los canales musicales con sus costosos videos. Radiohead halló su fórmula para deprimirnos y se repitió constantemente, y U2 hizo un disco bonito pero lo suyo ya es cuestión de nombre y no tanto de renovación y creatividad. Hallé más de eso (si, de la creatividad) en el último disco de Britney Spears que en todos los ejemplos anteriores (Oh, blasfemia, dirá más de uno, así que por favor disculpenme, échenle la culpa al mes, que, insisto, nada me gusta).
La verdad, y eso es lo bueno del resumen, es que este año hallé más satisfacción en lo hecho en América Latina que lo que en general nos dieron los mercados tradicionales. Creo que por fin la región se terminó de concientizar de su potencial y de la riqueza tradicional de su historia musical y ha sabido utilizar audazmente sus raíces, sabiéndolas integrar al sonido de siempre de la música contemporánea.
México es un excelente ejemplo de ello: El 2001 hizo que se consolidara la electrónica de este país frente al resto del mundo y permitió que para todos nosotros fuera común hablar de Nortec o de Nopal Beat. La electrónica mexicana refleja perfectamente eso que decía Ortega y Gasset cuando afirmaba que nosotros somos nosotros y nuestras circunstancias, porque lo suyo suena actual y suena perfectamente regional, porque lo suyo es el encuentro de lo que se escucha en sus calles y lo que en el resto del mundo se impone. No me da pena decir que en estos momentos dos de las grandes capitales de este tipo de sonido a nivel mundial están en Tijuana y Guadalajara y que por el camino que van no tienen nada que envidiarle, en cuanto a pretenciones musicales, a Londres, Nueva York o Tokio.
Pero de México no sólo recibimos inteligencia computarizada. Lo hecho en Monterrey por parte de El Gran Silencio o Celso Piña agrada sobremanera, cautiva porque es el resultado de no temerle a lo que en muchas cabezas sonaba como una idea obvia y provinciana y se convirtió en sus manos en innovador y tremendamente rico de matices. Muchas veces escuchamos esos intentos burdos de fusionar folclor y ritmos modernos, pero en su mayoría salían como propuestas generadas en los escritorios de las multinacionales. Eran ideas de expertos en marketing y no de músicos. Muchas veces antes en buena parte del continente escuchamos la combinación de vallenato y tecno, cumbia y rock and roll, pero pocas veces sonó tan honesto como en estos dos ejemplos (y la honestidad, debemos decirlo, es un punto importante para que la experimentación tenga buenos resultados).
En todo nuestro continente, y de eso nos olvidamos por miedo al ridículo, se puede hacer buena música. Hemos caído en el misma soberbia de otros países, y de manera más absurda, ya que son ejemplos más cercanos a nuestra realidad, en pensar que aquí no somos capaces de hacer buena música actual. Un buen ejemplo para contradecir esta afirmación es Venezuela: lo pudimos comprobar en el festival Rock al Parque viendo a Los Oceánicos con su sonido surf punk, con elementos de hip hop, y a Sur Carabela con su exquisito trip hop. Por supuesto no nos olvidamos de Los Amigos Invisibles, quizás una de las mejores bandas funk del momento (es increíble cómo gozan su música hasta en Australia, pero en el cono sur aún no los conocen).
Colombia no es sólo Aterciopelados (quien, de paso, hay que decir, que cada día suena más consistente en su búsqueda de su propia fusión), también tiene nombres aún desconocidos en la esfera internacional pero que, si algún empresario se da cuenta de ello, podremos escuchar de manera más contundente en el futuro, sin posibilidad de decepcionar a los oyentes: Planeta Rica, Electrolíquido, Conagua, Pornomotora, Insane, La Fábrica y otros más, sin, obviamente, faltar a la memoria y dejar de citar a Los Superlitio.
Perú nos trae la dureza de R3set, Chile a Pánico, Cholomandinga, Matahari, Hielo Negro y Yajaira y Ecuador a Muscaria.
Argentina es un capítulo aparte. En una ocasión anterior lamentábamos que Buenos Aires y sus alrededores había perdido el impulso. Que su sonido ya no se mostraba tan innovador como antes y que las mejores experiencias sonoras de ese país no llegaban a nuestros oídos porque lo más popular, es decir, eso que llaman el "rock chabón", que no es más que el viejo rock and roll, sin nada nuevo en su interior, con acento porteño, se tragaba las bateas de las tiendas discográficas. Por suerte hay intentos independientes que seguramente cambiarán el panorama, al menos levemente. Tenemos esperanza que la nueva invasión argentina al resto de América Latina sea protagonizada por nombres como Capri, Ácida, Romina Cohn y Boeing, entre otros.
Ya lo decía Blanquito Man, el líder de la agrupación newyorkina King Changó en una de las ruedas de prensa en Rock al Parque: el sonido latino será parte esencial de la nueva banda sonora de esta raza cósmica que esta surgiendo en estos momentos. El 2001 ha dado fe de esta afirmación. Y es un buen motivo para celebrar lo hecho este año, a pesar de estar en diciembre, mes mediocre por más que insista la gente en vestir de luces.
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