La frontera, sin complejos
(publicado anteriormente como Columna sónica edición 148)
Por José Gandour
Siempre digo lo mismo: me sorprende como una ciudad tan injustamente despreciada como Tijuana, tan llena de burlas entre muchos de nosotros sea en este momento centro y ejemplo de creatividad musical y artística del continente. Creo, y lo afirmo sin ninguna duda, que este espacio tan vilipendiado por nuestros comentarios, es un ejemplo de lo que se debe lograr en la cultura contemporánea latinoamericana.
Algunos todavía piensan, sujetos a esa teoría en la cual todos nosotros, por vivir en países con economía deprimida y con fascistoides dirigentes que parecen vivir en otro planeta, debemos considerar que lo nuestro debe ser tener mentalidad pobre y reprimida, sólo capaz de cultivar el folclor en sus más abyectas facetas, ese folclor que cautiva a los turistas complacientes y condescendientes con nuestra miseria. Todavía hay gente entre nosotros que cree que lo único para lo cual estamos preparados en materia cultural es para exhibir escenas dignas de postales deprimentes. Que la tecnología no nos debe pertenecer y no la podemos manipular a nuestro antojo y que cuando nos acercamos a eso que llaman música electrónica, lo único que logramos es copiar burdamente lo que hacen en Munich, Detroit o Manchester. Algunos, más refinados en su cretinez, piensan que los más destacados artistas que podemos producir en este tipo de géneros son aquellos que logran parecerse de manera increíble a lo que hacen otros en Alemania, Suecia o Francia. Ellos creen que un gran halago es decir “lo que hace tal persona es tan europeo, es tan bueno....tan chic”.
Los artistas electrónicos tijuanenses, tanto los que pertenecen al famoso colectivo Nortec, como aquellos que trabajan en otros círculos, saben burlarse con efectividad de esos principios tan ridículos. El principio parece partir del hecho de estar en la frontera, de estar tan cerca y, a la vez, tan lejos, del imperio, de saber dónde viven y qué es lo que les ofrece el entorno. De encender la radio y escuchar las emisoras de mayor contenido anglo de San Diego, que no respetan aduana alguna, pero de salir a la calle y oír el constante sonido de la tarola y el sentido de la música norteña que retumba en los colectivos que llevan de Rosarito a la avenida Revolución. El principio parece ser: “somos tijuanenses, somos mexicanos, somos universales”.
Yo nunca he estado en Tijuana, y me imagino que no debe ser la ciudad más linda del mundo (no creo mucho en los paisajes urbanos de una ciudad, cuya cierta cantidad de calles está destinada para recoger el vómito de borrachos adolescentes gringos que escapan de sus restricciones puritanas locales), pero, aún así, sin dejarse absorber por ese absurdo ranking que circula por ahi, el cual determina que los mejores djs del mundo pertenecen a la Global Underground, y al cual otras urbes de este lado del mundo respetan como si fuera la biblia, organiza eventos donde la alegría es contemporánea pero con autentico sabor propio, logrando momentos envidiables y de nivel mundial.
Además, los artistas tijuanenses no han dependido de esa glamourización de la estética personal para lograr momentos memorales en la música actual: no creo que haya muchas quinceañeras que quisieran tener un afiche en su cuarto con la imagen de Pepe Mogt, Pedro Beas, Fernando Corona o Ruben Miranda, y cuando se les conoce personalmente es fácil comprobar que ellos son todo menos aspirantes a rockstars y que sin problema se mezclan con el público, con una cerveza en la mano y tomando del pelo como un parroquiano más en las fiestas. Es quizás por ello que logran entender que es lo que quiere la gente y se lo dan sin ningún problema.
Tijuana, de manera tranquila, y sin grandes pirotecnias, se ha vuelto en el punto más importante de la electrónica latinoamericana, sin esconder sus raíces y más bien enfrentándolas sin complejos. Tijuana, señores, es un gran ejemplo para comenzar a desconocer esa idiotez tercermundista que nos invade por estos lares, demostrando lo capaces que somos de enfrentar sin miedo el siglo veintiuno en materia musical.
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