La más...
(publicado anteriormente como Columna sónica edición 142)
Por José Gandour
dedicado a las buenas brujas (ojalá sepan ellas pronto de quien estoy hablando)
Todas quisieron ser Madonna. Todas. De alguna manera todas las mujeres que conozco entre los 25 y los 40 años soñaron en algún momento de su vida ser como la diva, la chica material, la que alguna vez decia comportarse como una virgen, la que por momentos se hace la tonta y dice que no sabía que hablábamos de sexo. Esa, la mujer más famosa del mundo, la que no necesitó casarse con un príncipe orejon y simular que seguía siendo del pueblo para ser conocida por el mundo entero. La misma que en lugar de jugar a ser la más caritativa de los mortales, sacó un libro con todo el contenido de sus perversiones. Sí, por eso la adoramos y por eso la deseamos tanto.
Veo la portada de su nuevo sencillo, Die another day, y me asombra. Todavía no puedo creer la edad de esta mujer. Es más, sigo pensando que a ella si le debe funcionar la criogenia que intenta Michael Jackson en su casa. Y su música: a ver, ¿ustedes hubieran dicho hace unos años que alguien de veintipico años de carrera haría lo más vanguardista de su arte después de yo no sé cuantos álbumes, de demasiados millones de copias vendidas, justo a la edad que otros se justifican repitiéndose constantemente?
La mujer da miedo. Más de uno me ha preguntado que qué haría si tuviera la oportunidad de entrevistarla. Yo respondo: dejaría pasar la oportunidad, con esta mujer hay que vivir durante mucho tiempo para terminar de comprenderla, para apenas atreverse a preguntarle cualquier idiotez, para al menos averiguar donde guarda el azúcar o la pimienta. Si la llego a conocer un día de estos, espero que no se me caiga la baba enfrente ella (tendré que llevar bozal).
Todas quisieron ser Madonna. Todas. Las que se vistieron de punk, las metaleras, las ejecutivas, las góticas, las infelices, las más contentas. Eso sí, entre ellas no lo admitían. No fueron muchos los clubes de fans, si se cuenta realmente el número de aficionadas. Era como un placer secreto, algo que muchas no reconocían frente a sus amigas en las fiestas, cuando sonaba Holiday o La isla Bonita, a menos que vieran a un montón de sus compañeras, en improvisada combinación de manifestación rabiosamente feminista y ceremonia demoniaca pop, cantando a pulmón abierto cada una de sus palabras. Ese sentimiento alteraba el aire y las envolvía. Todo hombre que yo conozco y que vivió ese tipo de situaciones, prefirió apartarse a la barra del lugar y pedir un trago tranquilizador. No era sano acercarse a ese aquelarre repentino.
¿Habrá un rincón del mundo donde no se haya escuchado hablar de esta mujer? Sólo imagino lugares recónditos como ciertas cuevas cercanas al Serengueti o algunos poblados incomunicados de Papua Nueva Guinea. Hasta en el Tibet ha alcanzado la posición número uno en los charts radiales. Madonna seguramente, ha sido una de las artistas más pirateadas en China y más de un Ayatolah debe tener colgado su afiche en su pared. El contrabando cubano debe tener remesas enteras con su música y más de una maestra newyorkina debe presumir por ahi de haberle enseñado a bailar o a cantar (es como Maradona, todos en Buenos Aires fueron a ver su primer partido como profesional y salieron diciendo que iba a ser el mejor jugador del mundo, a pesar que la capacidad del estadio donde se presentó no supera los diez mil asientos).
Todas quisieron ser Madonna. Todas. Y en el fondo todos soñamos con amarla. Ya es hora de reconocerlo. Qué le vamos a hacer.
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