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Legalizando o muriendo

(publicado anteriormente como Columna sónica edición 141)

Por José Gandour

 

A finales de la decada de los ochentas, Gus Van Sant  hizo una película protagonizada por Matt Dillon llamada Drugstore cowboys. Se trataba de una pandilla que entraba a las farmacias a robar medicinas de venta restringida que luego probaban en casa en busca de nuevos placeres. Casi al final del film aparece Anthony Burguess, viejo poeta y junkie, dando, mientras se pincha no sé qué sustancia, uno de los mejores discursos que he visto en pantalla grande. En él dice, palabras más, palabras menos, que la lucha contra las drogas la inventó el establecimiento no por el bien de la salud de los miembros de la sociedad, sino porque es la mejor excusa para poder controlar los movimientos de sus ciudadanos.  Cada vez estoy más convencido de la realidad de ese criterio.

La frase viene a mi memoria porque el presidente colombiano quiere volver a épocas arcaícas y penalizar nuevamente la dosis personal de drogas, que por obra y gracia de una tutela de un abogado, hace unos años, fue permitida en los estamentos legales, después de un dictamen de la corte constitucional.  Las excusas son las de siempre, que por el porvenir de nuestros hijos,  que ese el primer eslabón de una cadena que nos atrapa, etcétera,  etcétera,  etcétera.  Todo dentro de una campaña de vigilancia al ciudadano “por su propia seguridad”.

La prohibición, lo sabemos, y lo dice gente mucho más experta en el tema que yo, no ha servido para nada. La prohibición, al contrario, y como lo afirmaba Lou Reed en una reciente entrevista, ha “glamourizado” la droga, la ha puesto en un status demasiado elegante, demasiado atractivo, creando un mito absurdo alrededor de ella. La prohibición, como siempre, ha creado un mundo paralelo, clandestino, incontrolable y peligroso. Y, lo peor, ha dado excusa para que en la mira de los que controlan el poder, al contrario de lo que establece supuestamente la ley, todos seamos presuntos culpables y por ello se deban crear cada vez más mecanismos para poder comprobar que no estamos libres de responsabilidades al respecto.

Estoy seguro que los gobiernos saben que la famosa guerra contra las drogas está perdida hace rato.  Estoy seguro que en el fondo de su sonrisa supuestamente combativa, gente como Bush o Uribe sabe hace rato que todo, como está, se ha narcotizado sin remedio. Gente como ellos tiene presente desde hace tiempos que, tal como van las cosas, el consumo y el tráfico no van a decrecer de ningún modo. Pero, en el fondo también tienen claro que su meta no es que las personas dejen de comerciar con la droga o dejen de consumirla.

No sé si han notado como se ha apoderado de nosotros ese principio en el cual nos dicen que todo esto se hace por nuestro bien, aunque nos incomode. O, puesto en términos más complicados dentro del discurso político, “para salvar la democracía, por momentos hay que pasar por encima de ella”. Se lo hemos escuchado al coronel North, en el escándalo Iran-Contra y también se lo hemos escuchado a Francisco Santos, vicepresidente colombiano. El discurso va dirigido a que la gente escoja el principio de seguridad por encima del principio de libertad, sin darse cuenta que mientras más policías haya en la calle, y mientras más control de nuestras vidas exista, menos seguridad tendremos.

Legalizar, si, eso es lo correcto y no porque queramos ver a todo el mundo, como temen ciertas abuelitas imaginativas, tirado en la calle alucinando de lo lindo. Debemos legalizar para podernos curar, para poder tratar el problema como una cuestión de salud y no de seguridad nacional, para que lo clandestino se vuelva definitivamente marginal y, especialmente para que no sintamos tantas miradas sobre nosotros, tantas miradas que se justifican detrás del principio moral de poder protegernos, pero, que en el fondo, juegan peligrosamente a permanecer ahi como el Gran Hermano, que nunca deja de observarnos y amenazarnos.