El mestizaje: nuestra secreta salvación
(publicado anteriormente como Columna sónica edición 104)
Por José Gandour
Partamos de una base: por el sólo hecho de que un grupo haga su música en un determinado país, su música es de ese país. Es una verdad que parece excesivamente obvia pero en muchos casos he oído como se niega en demasiados círculos. Cuando un grupo latino hace un género que ha tenido origen en otra parte (el mismo rock'n'roll y sus derivaciones) los discursos nacionalistas de antaño y del presente lo desprecian en cierta medida porque creen que su obra va en contradicción con la tradición cultural de la región. La verdad es que, además que el rock'n'roll ya hace parte de nuestras costumbres, la forma de hacerlo en estas tierras, por más que lo neguemos, siempre lleva algo implícito de nuestra naturaleza.
En una entrevista, hace muchos años, un músico amigo mío decía que "lo colombiano" no se podía negar en sus composiciones grunge, por más Pearl Jam o Alice in Chain que escuchara en su equipo de sonido. Él decía, no sin cierta resignación, que en su música se debía notar de algún modo todos esos viajes que hacía a la universidad en el bus donde el chofer a todo volumen escuchaba vallenatos o merengue. La misma respuesta se la escuché a varios integrantes de la escena rockera bogotana tiempo después. Aunque suene a principio filosófico mal manejado, toda negación en el fondo se vuelve afirmación. Pero en ella, en ese entonces, había vergüenza.
Ese sentimiento de culpa extraña desaparece en parte con Manu Chao y su Mano Negra. Antes de él, el mestizaje musical en América Latina era hecho por músicos experimentales sin mucho corazón o "vibra" o por mercachifles de disqueras que, porque simplemente se les ocurría la combinación y contrataban algunos instrumentistas de sesión y una rubia siliconada que se sacudiera terriblemente, creían que la cosa iba a funcionar. Es obvio que la fusión no se la inventó el francés, pero si logró hacerla comercial y comestible, sin dejar de ser un producto de calidad. En su obra (más la de esos días, los de Puta's Fever y los siguientes álbumes) se sentía realmente eso que en muchos casos equivocados llaman música de mundo. En lo suyo cabía todo sin desentonar, más bien emocionaba en su variedad.
A nosotros también nos quitó la pena lo hecho luego por Café Tacuba, grupo cuyos integrantes comenzaron a escuchar a The Cure y otras bandas británicas y que luego se percataron de la gran fuerza cultural que tenían frente a puerta de sus casas, en pleno México. Escuchar especialmente Re, su segunda producción, despertó a más de uno frente a lo que tenía justo debajo de las narices, el asunto era tan obvio que pasaba desapercibido: todo se vale, más en tierras tan jóvenes como las nuestras.
Se podría pensar, justo con tantos ejemplos que ahora tenemos y que brotaron de un momento a otro, que eso de la fusión, el mestizaje, está de moda, que es un simple fenómeno comercial que prontó fallecerá. La verdad es que no creo. Más bien lo que sucede es que nos estamos dando cuenta que contamos con más elementos de los sospechados para diferenciarnos en los resultados finales. Nadie desprecia la fuerza del rock (en el sentido más amplio de la palabra), y ese es el elemento que hace en realidad que cualquiera de las bandas que conocemos haya comenzado a funcionar. En sí en el rock todavía reside la energía necesaria para crear la base de los proyectos. Pero en la diversidad de todos los días, la del bus que nos lleva a trabajar o estudiar, retomando la frase de mi amigo, está el encanto de nuestro impacto cotidiano, está el elemento de rebeldía que recupera la actitud que hace que podamos decir que es mucho más arriesgada la propuesta de, por ejemplo, Aterciopelados que la de Linkin Park. El mestizaje, a final de cuentas, nos hace más libres, más originales.
|