Momentos de radio (publicado anteriormente como Columna sónica edición 81) Por José Gandour
La primera vez que entré a una cabina de una emisora de manera seria, dispuesto a ayudar a la elaboración de un programa, fue quizás hace unos once años. Un amigo tenía un espacio todos los domingos en una emisora localizada cerca del estadio de fútbol. Cuando llegábamos a la emisora, veíamos a la gente saliendo de los partidos y a veces se podía abrir la ventana y preguntarle a algún desprevenido cómo había quedado el partido. Mi primer programa fue sobre The Smiths y lo que había pasado hasta ese entonces con Morrisey. Como buen niño aplicado, preparé la lección y creo que di hasta los datos más inútiles sobre la agrupación británica, entre canción y canción. Mi amigo, hombre que ahora reside en Florida, tenía una colección increíble y verlo preparar el tema de cada emisión me sorprendía. Recuerdo un día que lo acompañé y que se fue la luz en todo el sector de la emisora durante muchos minutos. Su preocupación fue entonces que no iba a alcanzar a mostrar toda la música que tenía en su maletín y que quizás la gente no iba a captar el sentido completo de todo lo que tenía que decir. Un tiempo después tuve mi primer espacio propio. Duró ocho emisiones, ya que la gente con la que compartía el espacio tenía otro concpeto sobre lo que debíamos programar y tenían mejores relaciones con el director de la emisora que yo. Una de las cosas que más enfureció a esa gente fue un día que invitaron a una amiga a hablar del amor y lo hizo de manera tan cursi que no aguanté las ganas de salir a reirme a carcajadas al otro cuarto. Ella, entre otros detalles, había llevado cartas de su novio y fotos de su último viaje a quien sabe que isla perdida, para que se viera el dramatismo de su historia. Al regresar a la habitación todos me miraron con cara de no haber comprendido lo emocionante de la experiencia y yo creo que solo supe decir que si habían traído música de Rocío Durcal y algo de las lecturas de Corín Tellado para complementar semejante relato. Mi humor negro me venció entonces. El mejor momento que he vivido en la radio fue en 1995, cuando en la Radiodifusora Nacional, en Bogotá, tuve un programa con Juan Pablo Salcedo, llamado El Último Round, los domingos a las 8 p.m. Fue muy divertido, ya que de lo que se trataba era de polemizar, como en los programas deportivos. Él ponia una canción y discutíamos, y luego era mi turno, y seguía la discusión. Pero era la charla punzante, no muy intelectual, donde hacíamos chistes el uno del otro. Además nos sentíamos muy bien rodeamos, ya que antes de comenzar, estaba El Reino Clandestino, dedicado al rap y dirigido por el fabuloso Kaoba Nikel, un negro grandísimo cuya afición era tan grande que la gente a veces iba a la emisora vestida con la indumentaria hip hop, atravesando toda la ciudad, simplemente para ver en vivo y en directo el espectáculo de la transmisión, sin siquiera participar en ella. Al finalizar, venía Cuatro Canales, especializado en rock colombiano, donde Hector, Federico y Pito venían en defensa a ultranza del metal nacional y sus influencias, y se lograban poner furiosos con mis observaciones acerca de Led Zeppelin, Judas Priest, Motley Crue y otros aburrimientos clásicos. La venganza sonora no dejaba de aparecer apenas salíamos de nuestro espacio. Por cuestiones de viaje, El Último Round prontó acabó, pero aún encuentro gente en la calle que se divertía escuchando las tonterías que decíamos entonces. Ahora, por una oportunidad brindada por la gente de 88.9 fm, y teniendo la posibilidad de poder transmitir por Internet para "todo el mundo", Zonagirante ha podido comenzar a elaborar un espacio llamado Zona 88. En él mostramos bandas en vivo y nos sentimos contentos de poder imitar a nuestra manera (y con nuestros recursos) las labores de John Peel en la BBC de Londres (algún día, se los aseguro, prensaremos el material ahí emitido). La idea es poner exhibir el sonido de los músicos bogotanos y de todos aquellos que visiten esta ciudad. Es, aunque suene ridículo decirlo desde una ciudad que tiene entre ocho y doce millones de habitantes (hay muchas cifras de censo que confunden), poder demostrar que aquí, como en cualquier ciudad latinoamericana de este porte, pueden suceder cosas interesantes en materia musical. Es abrir más rumbos en un momento en que pareciera que las autopistas están muy congestionadas y siguen siendo controladas por los de siempre. Volver a la radio es satisfactorio. Espero que puedan, donde quieran que estén ubicados, escucharnos y disfrutar tanto como nosotros lo hacemos en estudio. De eso se trata todo esto, de poder complacerlos, a pesar de sentir el mismo nerviosismo que tuvimos desde el primer día detras del micrófono.
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