Tonadas para comprar una lechuga
(publicado anteriormente como Columna sónica edición 140)
Por José Gandour
A todo soltero que vive fuera de su casa paterna le ha tocado la experiencia de estar con un carrito de ruedas que fallan rodando por un supermercado, aprendiendo a apreciar las cosas como una ama de casa, comparando los precios del detergente, observando la calidad de los tomates y presumiendo de conocer un poco más que el resto de los mortales (aunque sea una vil mentira) de champiñones, quesos y encurtidos. Pero en mi caso particular, mientras voy entre góndola y góndola, buscando la comida de los gatos (tengo 3 para su información) , o tratando de no olvidar la leche y los huevos, voy, por manía, pendiente de la música, no puedo dejar de hacerlo.
Por supuesto creo que ustedes han notado que la mayoría de los supermercados, por aquello de una vieja regla seguramente importada de Estados Unidos, ponen la misma música que ponen en los ascensores, en los consultorios odontológicos y en algunos taxis conducidos por gente mayor de 50 años: música instrumental excesivamente lígera que versiona temas famosos en la memoria colectiva. Versiones horribles de Yesterday, de Chiquitica (la de Abba), de Perfidia y de otras canciones populares, que se las encargan a gente descafeinada en estudios computarizados y, en el más caro y estrambótico de los casos, a la sinfónica de Londres. Música diseñada, según alguna vez leí en un documento que cayó hace unos años en mis manos “para el buen entendimiento de las personas en sus actividades cotidianas”. Entre tema y tema, siempre hay la voz de una señorita que dice, en voz supuestamente melodiosa, discursos como “señoras y señores, diríganse a la sección de panadería que estamos dando muestras gratuitas de nuestro nuevo tipo de pasteles”, o “ los productos para el ciudado del cabello marca El lampiño tienen una interesante rebaja de 25% durante el día de hoy. Es buen momento para comprar productos El lampiño, no lo olvide”. Sigue la música y uno mientras tanto quejándose de cómo la gorda de vestido verde, acompañada de sus cuatro hijos, uno de ellos llorando a todo pulmón, bloquea el acceso a los cereales, mientras decide que es lo que más le conviene, si llevar la caja de hojuelas azucaradas o las cubiertas de miel. “El buen entendimiento de las personas en sus actividades cotidianas” se acaba justo ahí, teniendo de banda sonora del incidente una estúpida versión de I will allways love you, de Whitney Houston.
Yo entiendo perfectamente por qué en un supermercado no ponen Sepultura o Canibal Corpse, no creo que mucha gente se sentiría bien si le cantaran sobre la desgracia humana o un posible desastre nuclear mientras escoge el mejor de los aguacates. Pero esa música estilizada no logra sus objetivos, vuelve a la gente más tonta, más lenta, le produce dudas a la hora de la compra, invita a desperdiciar dos horas frente a los frascos de mermelada, tratando de recordar si al marido le gusta la de sabor a piña o a curuba. Estoy seguro que esa música, además, estropea el ya defectuoso sistema de rodamiento de los carritos, haciendo más denso el aceite que le aplican en los tornillos. Las señoritas de las cajas registradoras pierden su encanto y se vuelven antipáticas, los sistemas computarizados de las tarjetas de crédito sufren colapsos más seguido y el vigilante de la puerta encargado de comprobar que no estemos robando nada y que hayamos pagado por todo....bueno, ese sigue igual, no hay nada que hacer. Alguna firma gringa debería hacer el análisis de todo esto y darse cuenta de cómo afecta a la economía mundial (que lo financie el FMI, a ver si hace algo bueno en esta vida).
La prueba de que mi teoría es cierta, que deberían poner música más comprometida, de mejor arte, fue lo que me sucedió ayer: justo mientras iba con mi carrito por la sección de licores del supermercado, pusieron en los altoparlantes la versión original de Bizarre love triangle, de New Order. Fue tal mi felicidad que, no se sabe cómo o porque, termine comprando una botella de vodka caro. De ello no me hice consciente ni siquiera a la hora de pagar, porque en el momento que hacía la cola en la registradora sonaba la Sinfonía Nuevo Mundo, de Dvorak. Sólo cuando llegué a la casa caí en cuenta en el hecho. Por un momento me sentí ratón de laboratorio, sentí que las cámaras de seguridad me habían grabado todo el tiempo captando mi reacción. Debo estar en en este momento en la videocassetera de algún ejecutivo de avanzada. No importa, todo sea para contribuir a una buena causa .
|