Viernes 03 de Julio 3:43 p.m.

Nuestro amigo y buen fotógrafo Miguel Varona, residente en la ciudad de Popayán, nos ha enviado una muestra de su trabajo realizado en Rock al Parque para compartirlo con todos ustedes. Para ver más de su trabajo visiten su flickr.

 

Jueves 02 de Julio 5:03 p.m.

Estas son postales de último momento que ha enviado nuestro amigo y corresponsal en Caracas Kelvin Malavé como resumen de su presencia en el festival. Haga click sobre las imágenes para verlas en su tamaño y dimensión real.

 

Miércoles 01 de Julio 11:21 p.m.

Reportando Rock al parque, día 3

Con el ánimo más caldeado de todos, el tercer día de Rock al parque estuvo lleno de sorpresas, y poseído de una antipatía que no se había visto ni el sábado ni el domingo. Los policías escudriñaban en los ojos de todos los que poseíamos un pase de prensa esperando encontrar la mancha de la mentira y la gente de logística volvía a escudriñar, como si se tratara de un círculo interno del pentágono. Aún así, la zona de prensa estaba llena de lagartos, niños y gente que no había visto en los días anteriores. Obviando este impasse, fue un buen día.

Llegué a ver a El Sie7e, que nunca me ha gustado. Me sorprendió, eso sí, que los pusieran tan temprano, dado que ellos suenan tanto en todos lados. Claro está, olvidaba que ni Radioacktiva ni los premios Shock han sido nunca el verdadero reflejo de lo que pasa en el rock, pese a la notable mejoría en el staff de columnistas de la revista Shock y el esfuerzo que ha hecho la emisora por convencernos de que bandas como Coldplay, Papa Roach, My Chemical Romance, The Hall Effect o El Sie7e son en realidad lo que pasa en el rock.

La Bambarabanda la rompió. En su condición de grupo exótico venido de las extrañas tierras del sur colombiano, con una propuesta denominada como fusión, tenían mucho que perder. Sin embargo, bastaron dos canciones para tener a todo el mundo bailando y saltando, en lo que considero el punto más alto del día; guardadas sean las proporciones, claro, porque los asistentes a su show no iban a ser tantos como los que tendrían Molotov o Fito Páez. En fin, qué va a saber la gente lo que es el perrenque.

Me dejé un rato de la nostalgia, recordando esos días de rigurosa vestimenta negra en que iba con la mente y los oídos completamente abiertos a oír a las bandas de los viejos festivales, mientras uno a uno iban pasando los participantes en el tributo a Rock al parque. Suspiré más de lo que aplaudí, abrumado por la memoria implacable de esos aires maravillosos de los noventa, cuando pasaban Nación Alternativa en MTV y se notaba.

Luego me di una vuelta rápida: I.R.A. es lo mismo que ha sido siempre y siempre está bien parar un rato a oírlos. Cuando se tornaron aburridos me fui a ver Error, que me pareció cualquier cosa. Ellos solían ser un grupo de industrial. Ahora, pese a tener un sonido menos lleno de impurezas y un ensamble mejor logrado, tienen un sonido muy fácil. Eso seguramente los favorecerá mucho en el futuro, cuando su cover de Eye of the tiger sea un éxito en Radioacktiva. En lo que a mí respecta, un grupo de industrial, incluso cuando deja el industrial no debe dejar las agallas y buscar más allá.

Llegué a una zona repleta de gente a oír a Molotov, y pude apenas resistir tres canciones, entre las cuales estaban – bendito sea el de arriba – mis dos favoritas, que son “Amateur” y “Here we kum”. Salí expulsado por la incomodidad y vi a Pornomotora, que como novedad tenía una nueva y muy buena versión de su canción “El Animal”. Traté de sentir la misma nostalgia de antes, recordando esa tarde en que esperanzado me había acercado al festival a oír una nueva banda de industrial, en nuestro país, que solamente tenía a Malamuerte y a NEUS. No logré esos niveles de emoción, puesto que a los pobres se les escucha lo mismo desde hace rato. Me fui antes de que acabaran, y esperé a que saliera el Instituto Mexicano del Sonido, cuya presentación se veía enfrentada a parte de la presentación de Nawal, a la que mucha gente fue solamente para no quedarse sin puesto para ver a Fito Páez. En este punto no sé qué puede ser más flojo, si Nawal o Fito Páez, pero así es la gente, la misma gente que apenas minutos antes estaba en Molotov pidiendo a grito herido que tocaran “Puto”, que es fácilmente una de las 5 peores canciones del rock latinoamericano. El caso es que pese a todo esto la asistencia se nutrió para ver al Instituto Mexicano del Sonido en el escenario del lago y todos cuantos fuimos disfrutamos de principio a fin de una verdadera fiesta, con todo el poder y el buen humor de estos cinco nerds (en sus propias palabras) que traen una nueva concepción de la forma de hacer música.

Terminé la jornada de manera ajetreada. Era imposible entrar a la zona de prensa para buscar algo que se pudiera decir sobre Fito Páez que no fueran los viejos reproches, hasta que decidí que me iba del parque y ya. Di la vuelta por detrás de la carpa de camerinos y llegué a la zona de prensa por el otro lado, con espacio suficientísimo para ver dos canciones del ídolo argentino, agradecer al cielo no haber pertenecido nunca a sus fans y rogando para que si eso es considerado rock, podamos de pronto ver en el festival del próximo año a Leonard Cohen, que es más suave pero menos aguado.

Santiago Rivas (miamigorivas@gmail.com)
Colaborador de www.zonagirante.com
Co-autor de www.elwalkman.blogspot.com

 

Miércoles 01 de Julio 2:00 p.m.

Comentario después del descanso.

Este festival había que dejarlo reposar en la memoria para sacar una nota final. Al menos 24 horas de reflexión (y una que otra conversación con los amigos y colegas) para llegar a las conclusiones más justas sobre el evento. Y aquí va la primera: este Rock al Parque 2009 fue un festival tranquilo y eso, de entrada, ya es todo un logro. Después de 2 ediciones en las cuales, por factores climatológicos extremos y un desorden de padre y señor mío el festival pasó horas oscuras (señores de la Alcaldía, deben admitirlo), ahora terminar sin incidentes, sin lluvias, con la programación inicial invariable, es para celebrar. La apuesta por un cartel, llamémoslo así, "conservador" resultó. Asistieron, según cifras oficiales, 320.000 personas durante los tres días del evento, y, como siempre exige la foto oficial del festival, durante la presentación del último artista del Escenario Plaza, en este caso Fito Páez, todo estaba hasta las banderas. Unas semanas antes se leia en algunos blogs que el Simón Bolívar se iba a vaciar cuando el rosarino se subiera a la tarima. Claramente estaban equivocados y aquí viene una segunda conclusión que tiene su lado extraño: a Rock al Parque le gusta ser arriesgado pero no tanto. Todo coordinador general del festival debe pensar que está trabajando en un concierto en el cual, por más gratuito que sea, debe rematar con lleno total a la hora de cerrar las jornadas y para eso le toca acudir al gusto masivo, a lo que algunos de manera discriminatoria llamarían "populachero". Y le toca, porque Rock al Parque tiene en sus características un elemento que en principio es favorable pero tiene su momento turbio: es organizado por una entidad pública y su presupuesto sale de las arcas de la capital colombiana. Y digo su momento turbio, y más después de escuchar a la Secretaria de Cultura de la ciudad en rueda de prensa, que con sus palabras confirma lo que salió alguna vez de una reunión privada: para la Alcaldía de Bogotá, Rock al Parque es el evento político más grande de este país. Y en momentos en que Samuel Moreno, actual gobernante local, ve como cae estrepitosamente su popularidad, Rock al Parque es visto como un salvavidas de imagen. Por suerte tanto discurso demagógico no marca los resultados musicales.

Este año, por fin, se escucharon las voces de quienes exigían que el festival debía ir más allá de un concierto para las masas, que debía servir mucho más a los protagonistas locales. Este año se hizo una ruega de negocios para que las bandas tuvieran acceso a productores, managers y empresas de nivel internacional, al tiempo de poder presentar sus propuestas a otros festivales con los que Rock al Parque ha establecido convenios de intercambio. ¿Los resultados? Ya veremos que pasa, pero ver a gente como German Villacorta, productor internacional que ha trabajado con The Rolling Stones, Ozzy Osbourne, Stone Temple Pilots y Saliva, entre otros, felicitando de manera emocionada en camerinos a la agrupación Error, después de su excelente presentación, o ver la nota de congratulación que dejó Joel Hamilton, quien ha trabajado con Elvis Costello, Tom Waits y Matisyahu, en el Facebook de Madame Complot, ya indica, a punta de pequeños detalles, que vino gente importante del medio a observar en qué nivel estaba el rock colombiano y que algo grato sacó de su experiencia durante el festival.

Y a propósito: ¿qué fue lo mejor que se vió en Rock al Parque por el lado colombiano? Me llamaron la atención las siguientes bandas:

-Bambarabanda: Esta agrupación, proveniente de Pasto, una de las ciudades menos sospechosamente rockeras de Colombia, saca a relucir su orgullo y su trabajo con una mezcla de sonido andino, rock de antaño, intenciones cabareteras y mucho ska esencial. Quizás podríamos decir que hace parte de la "nueva música contestataria" del continente, pero eso no le quita para nada la diversión que generan.

-Los Plankton: Insisto: Hacer surf en una ciudad a 2600 metros de altura y con un clima más cercano al otoño lluvioso que al verano playero, no es tarea fácil. Y que éste salga bien tiene más ciencia de la pensada. En un día donde el 99% de los asistentes lucía como el más radical de los metaleros, pusieron a sacudir las extremidades a más de uno. El buen humor tiene buenos resultados, definitivamente.

-Superlitio: A pesar que el último disco, Calidosound, es el trabajo más soso de su historia, su presentación en Rock al Parque fue impecable. Ya son una banda grande, eso hay que decirlo.

(No logré, en medio de tantas presentaciones, ver a Pornomotora, Divagash y 1280 almas. Me disculpo).

Hay otras bandas de las cuales es mejor olvidarse...

En la parte internacional, debo aclarar desde el principio que detesto a Molotov y que para mi su presencia fue parte de la cuota populachera que debe cumplir el festival para entretener a la masa. Por otro lado, lamento haber visto incomodamente a Fito Paéz (el sector de prensa estaba lleno de lagartos, sapos y otro tipo de animales que impedían la entrada a buena parte de los verdaderos medios que cubrían el festival), pero canté a la distancia Ciudad de pobres corazones. Plastilina Mosh, con el paso de los años, se ha vuelto una de las bandas más divertidas del continente y se agradece su frescura cada vez que se suben al escenario. Kinky, una banda que por muchos críticos no es tomada en serio, es una gran agrupación que ha hallado su camino sabiendo mezclar los elementos folclóricos que los rodearon en Monterrey con todo el bagaje internacional que les llegó desde distintas fronteras. Son una banda de mundo, en toda la extensión de la palabra. Tom Cary fue el elemento sorpresa del festival, con ánimo experimental sacudiendo sus venas y momentos favorablemente exagerados durante su presentación. ¿Faltaron nombres internacionales más destacados? Si, posiblemente. Pero personalmente agradecería más riesgo que estrellas de renombre en el cartel. Los intercambios con Ecuador, Venezuela (a pesar de la desafortunada presentación de Candy 66), Panamá, Andalucía y Catalunya fueron efectivos y abren las puertas debidas para hacer crecer la escena bogotana.

Si, Rock al Parque 2009 fue un evento tranquilo, con detalles de buena organización (no se confíen señores organizadores, hay todavía mucho que corregir), y en paz. La ciudad disfrutó y esperemos que, ya habiendo vivido en medio del año el principal festival de estas latitudes, la escena no se duerma esperando el próximo año. Mientras tanto disfrutemos de buenos recuerdos y pensemos que Rock al Parque, en sus 15 años, dio buenos resultados.

Por José Gandour (zonagirante@yahoo.com)

 

Miércoles 01 de Julio 1:00 p.m.

Las primeras sensaciones que tuve al ver  los tributos Rock al Parque que se hicieron en esta versión 15 del festival, fueron de bastante nostalgia, pues en 1995 yo hacía parte de la escena local y volver a ver en acción al combo tocando las canciones que sirvieron de pioneras, fue una situación que me produjo mucha alegría. Ahí también estaba mi compañero Andrés Martínez, cantando una canción llamada “El Perro” que juntos y con Felipe Villaveces fabricamos cuando fuimos cosmonautas en nuestro proyecto Yuri Gagarin.

Pero detrás de la emotividad del momento hay una cruda realidad, ¿cuántas de esas bandas pudieron trascender al profesionalismo?; solo recuerdo que Aterciopelados lo haya logrado, y eso que llegó al festival con un pasado reciente cargado de un par de éxitos radiales. Pero bueno, la razón de porqué pasó eso sería tema de un libro con cinco tomos.

Realmente quiero dejar una reflexión que sale de una comparación del pasado con el presente, que aunque odiosa es relevante.

En 1995, para ese entonces, no había bandas nacionales invitadas y todas debían surtir el proceso de convocatoria, lo que al inicio daba una sensación de igualdad. Obviamente había algunos factores que inclinaban las cargas en favor de algunos, pero en general había un gran respeto por las propuestas locales que permitieron a muchos alternar dignamente con bandas que pertenecían al circuito latinoamericano.

Ahora ese privilegio sólo lo tienen las bandas nacionales invitadas, algunas con gran merecimiento por su trayectoria que deben seguir siendo protagonistas  permenantes del festival, pero surge la pregunta, ¿a qué pueden aspirar las demás aparte de ganarse el incentivo económico? La respuesta es simple: a nada. ¿Cuántas personas van a recordar un show hecho a medio día en la nueva tarima Ciudad Rock? En el mejor de los casos, 100 personas.

Si analizamos el resultado de esa gestión, encontramos que las bandas invitadas vienen siendo las mismas que se intercalan año a año, y salta a la vista que hace ya mucho tiempo no hay una propuesta nueva que haga parte de ese selecto grupo.

Que la celebración de los 15 años sirva para decidir sobre el modelo a adoptar. Una opción es hacer del festival un record en cifras, con unos carteles impresionantes y que resulte ser algo parecido a un Pepsi Music o por el contrario retomar la idea inicial sobre el fomento de la música local (digo música, porque en aras del rock se han excluido propuestas muy interesantes).

Lo triste es que la respuesta ya la sabemos, no va a pasar ninguna de las dos cosas.

Por Iván Rodríguez. (itinocco@hotmail.com). Colaborador de www.zonagirante.com

 

Lunes 29 de junio 2:00 p.m.

¿Cuál es el futuro del Rock colombiano?


Hace poco escribí para mi blog www.elwalkman.blogspot.com un artículo sobre la nueva música colombiana. Conozco ahora mismo unos siete grupos o artistas colombianos excelentes y ninguno de ellos toca rock. Claro, hay bandas de rock muy buenas en este país, como Superlitio o 1280 Almas y otro par con mucho futuro, como Antípoda, Madame Complot, Los Plankton, pero el mérito sonoro de “las Almas” o Superlitio está en la forma en que incluyen elementos sonoros que no se pegan a los criterios rigurosos del rock. Superlitio usa funk, pistas electrónicas, ritmos tropicales, etc. Y 1280 Almas tiene siempre un golpe de cumbia que es cercano al ska, pero que es sumamente colombiano. En este momento me encuentro oyendo El Sie7e y no puedo más que preguntarme por el futuro de nuestro rock.
La pregunta me surge debido a un nuevo estilo de bandas de rock que ha venido surgiendo dentro de nuestrea clase alta y media-alta. Tengo la sensación de que mucha gente no se ha dado cuenta de la influencia real que la llegada de VH1 y el deterioro de MTV ejercen sobre el sonido rock en Latinoamérica. Se trata de un fenómeno ante todo social, porque es la combinación de muchas vertientes. Por un lado, la aparición de bandas divinamente vestidas, como Franz Ferdinand o The Killers, de las que soy fan. Por otro lado el impacto muy profundo que bandas como Tool, Korn, Deftones y Limp Bizkit en el gusto de un continente plagado de rabia y por una tercera puerta la ilusión renovada de hacer rock que gracias a los servicios de televisión por cable nació en jóvenes que tenían los medios para hacerse a un equipamento decente y crear su propia banda, con la ilusión de ser cool sin necesidad de comprometerse.
En ese sentido, es tanto mejor hurgar entre las legiones del metal y encontrar personas que de cool tienen poco, que entre el rock políticamente correcto de algunos grupos comprometidos solamente con un sonido gustador, un toque en Hard Rock café y una imagen que despierte la líbido de todas las señoritas. Este es un llamado muy breve a que el rock surja nuevamente desde las entrañas de la ciudad y desde las entrañas de las personas. No podemos dejar que nuestro sonido sea apenas un reflejo de la voracidad del mercado. Me voy a ver a la BambaraBanda, hasta pronto.

Santiago Rivas (miamigorivas@gmail.com)
Colaborador de www.zonagirante.com
Co-autor de www.elwalkman.blogspot.com

Lunes 29 de junio 7:50 a.m.

Me gusta el ambiente de esta edición de Rock al Parque. Se siente la amabilidad. Definitivamente es importante que no se haga en una época donde se corra el riesgo de quedar enterrado en el lodo o sufrir una granizada antológica. Si, somos rockeros pero no merecemos todas las plagas de Egipto (sigo insistiendo, no existe el diablo, lo único que se aproxima a esas figuras demoniacas son algunos de nuestros gobernantes y ellos, afortunadamente no tienen la posibilidad de hacer llover). Es un festival que cada vez se muestra más convencional, en medio del folclor, y eso parece, para uno de los festivales más grandes del mundo, algo que conviene.

Rock al Parque me hace comportarme como un nerd. Puedo salir de noche pero ando pensando en lo importante que es llegar a tiempo al Simón Bolívar para ver al menos algo de la primera banda.Los músicos se merecen que si les tocó el "popularísimo" horario de la 1 pm., donde hay unos cuantos despistados, la logística del festival y poca gente más para verlos, que al menos un grupo de periodistas vaya a escuchar su trabajo (al menos un par de minutos). Y por ir temprano este domingo, me encontré con una sorpresa agradable: Walka. Una banda que, de manera honesta, combina raíces andinos con rock. Resulta honesto su trabajo porque sus integrantes son, en su totalidad, de orígenes étnicos indigenas de la región. Pero su música, y no sé si es algo consciente o simplemente navega en mi imaginación auditiva, su música tiene un elemento inesperado celta. Por momentos algunas de sus canciones tienen cierto aroma procedente de Galicia, algo que se lo da la armónica, que, en medio de la mezcla originalmente planteada entre la guitarra electrica y la quena, da un matiz renovador. Mi única preocupación sobre Walka es que se vuelva "un grupo exótico", una de esas propuestas que se vuelven producto de colección de aquellos que juegan, con la intención de mostrarse "políticamente correctos", a "favorecer la musica del mundo" y que pronto, después de tenerlos un rato en vitrina, los dejen en los anaqueles del olvido, a la hora que surja el siguiente grupo africano que toque las marimbas con los pies o el trompetista maorí que tiene la particularidad de tener tatuada las notas de su música en la cara.

Un poco después presencio a Señor Loop, de Panamá. El que los ve de refilón podria pensar que son 4 oficinistas que se reunen el fin de semana a tocar. No les preocupa demasiado su look y estoy seguro que como se visten para tocar asi van a sus trabajos regulares. Pero cuando arranca su música se desborda una sensualidad caribeña libre de fórmulas acartonadas. Es blues, es guaguancó, es rock, es todo al mismo tiempo pero hecho de manera desprevenida. Se siente la suma total de sus vidas, de su cultura, es su libertad.

Y ahora a correr a ver a Tom Cary, de España. Habia dicho en el primer parrafo de este comentario que Rock al Parque se exhibe cada vez más convencional. Y la excepción que confirma la regla es esta banda andaluza. Este trío donde la ley es romper todo, donde el baterista es el frontman, el bajista comparte bombo con el baterista y el guitarrista desata huracanes sobre nuestros oídos a punta de maravillosos feedbacks aniquiladores, es un grupo que no tendrá muchas salidas comerciales, pero definitivamente divierte, sacude, golpea el estómago de los asistentes hasta hacerlos perversamente felices. Rock al Parque necesita más sorpresas de este estilo y los músicos locales deben alimentarse de esta rebeldía. El Rock de estos días, por llamarlo de una manera genérica y evitar la discusión tonta y específica, se llena de miedos, de obstáculos, de taras que evitan ofender a las masas. El Rock de estos días se acomoda a las mismas reglas de promoción del yogurt bajo en grasa, quiere agradar a todos y ser simpático tanto con el adolescente confundido como con su madre católica, apostólica y romana (o al contrario, pretende de manera cliché asustar a los viejos y, a la par con su refresco favorito, tratar de ser torpemente la voz de su generación). Por eso cuando llega una banda como Tom Cary, que asume el juego con la seriedad y la honestidad de los niños, el tablero tiembla (y es necesario que tiemble).

A partir de ahi reseño 3 grupos. Si nos ponemos a pensar, los 3 tienen esquemas parecidos: su idea es divertir y hacer bailar y lo hacen a través de mezclas de géneros, algunos de su región autóctona, a veces producto de una completa y constante renovación de su discografía personal. Todos tienen una fuerte base electrónica pero no dejan de sonar rock:

Plastilina Mosh, los primeros en salir al escenario, tienen como elemento importante la despreocupación, casi bordeando con el sano cinismo: para Plastilina, y se nota, lo principal es que ellos se la pasen bien. Casi que, si pudieran, montarian en escenario una barra abundante de licor y otras sustancias recreativas, una que otra bailarina erótica y musicalizarían su rumba particular, transmitiéndola a los televisores de todos los espectadores para que nos muramos de envidia. Tal actitud frente a la vida da como resultado su música. Y ese resultado suena muy bien.

Luego viene Superlitio, que sigue siendo una gran banda, a pesar que su último disco, Calidosound, sea un tanto soso y persiga más seducir a los programadores de radio comercial que al público que siempre los ha seguido. Quizás ese afán por volverse en la nueva gran sensación mundial proveniente de Colombia los lleve por caminos indeseables, pero tengo la esperanza que esa chispa que siempre ha estado con ellos no se desvanezca. Muchachos: ustedes ya tienen lo suyo, no se dejen convencer de lo contrario con mercaderes de mala fe.

Por ultimo Kinky: potencia y seducción al máximo. Cada vez que los veo estoy convencido que son una de las mejores bandas del continente. Tienen muchos enemigos, tienen detractores que sienten que lo suyo es sólo buen look y una formulita discotequera que los sostiene. Como defensor, debo decir que pocos como estos regiomontanos (doctor Rivas, a mi también me gusta esta palabra) logran esa contundente mezcla de actitud rockera con invitación permanente al baile.

Si, en general fue una buena jornada. Hubo buen humor y eso se agradece. Insisto, Rock al Parque es un festival cada vez más convencional, pero jornadas como las de ayer divierten lo suficiente como para estar tranquilos.

Por José Gandour (zonagirante@yahoo.com)

Lunes 29 de junio 7 a.m.

Reportando Rock al parque, día dos

Mi domingo en Rock al parque empezó bien. Lastimosamente mis conductas licenciosas me privaron de ver a los primeros grupos, pero llegué muy a las cuatro y media, apenas a tiempo para ver a Plastilna Mosh. Siempre es un placer; hacen un show divertido, a pesar de los videos, que no son la gran cosa y tienen dos integrantes sumamente guapas. Se comportan con toda la naturalidad del mundo en el escenario y tiene canciones increíbles, gran comienzo de tarde. El sonido de Monterrey siempre es bueno verlo, es una delicia encontrar la cantidad de cosas que tienen para proponer y pues bienvenido Plastilina Mosh cuantas veces venga.  Decidí, programa en mano, no salir del escenario de la plaza. Esto es lo que vino.
Luego vino el tributo a Rock al parque, que fue un episodio bonito, pero no necesariamente bueno en toda su extensión. Divertido, eso sí, de principio a fin. Es bueno recordar que el rock ha tenido tantas caras y recordar los días de la adolescencia, cuando iba uno a ver a Morfonia, o a Lechoza uno. El primero en salir fue el cantante de Defenza, que es un figurón, y luego salió SolOkarina a cantar una canción de Soma, su antiguo grupo. Morfonia bien, aunque un poco recalentado. Vértigo estuvo largo y tortuoso, Ex3 no tiene nada pero igual canté la balada con ímpetu, finalmente se trata de Rock al parque. El cantante de Distrito estuvo bien y finalmente Amós y Barragán de Ultrágeno, a quienes siempre es un placer ver, tocan do Divino Niño, que es una cancionzota. No puedo decir que fuera un momento musical brillante, pero si que fue un excelente espectáculo.
Ina Inch estuvo apenas bien. Arrancaron muy sosos y fueron mejorando; de cualquier manera, tienen una fórmula gustadora: una niña que grita, guitarras poderosas y una bandera de Colombia amarrada en el cuello del bajista. Creo que la gente lo disfrutó, pero yo me iba aburriendo y me puse a charlar. Cuando se subió Superlitio tenía la expectativa de ver qué tocaban, y efectivamente no tocaron mucho de su nuevo disco, que no me gusta para nada. En cambio, tocaron las canciones de antes, una incluso del Marciana y sonaron divinamente. Son unos músicos talentosísimos y muy creativos, por lo que me molesta tanto que el nuevo disco de ellos tenga un sonido tan mainstream. De lejos son la mejor banda de rock que tiene este país, porque lo tiene  todo. O de pronto no tan de lejos: Kinky empezó muy bien, pero decidí – otra vez programa en mano- salir del escenario de la plaza, irme al lago y permutar la fiesta y la gozadera regiomontana (me encanta esa palabra y por eso la uso) por la emoción de ver a otra excelente banda de rock nacional: 1280 Almas.
Quiero dedicar a “las almas” un párrafo entero, porque me reencontré con la felicidad de ver nuevamente a uno de mis favoritos de siempre. No son una banda pintosa, pero tienen un comportamiento fabuloso en escena. Es una de las voces más poderosas que tiene este país, y las canciones son todo lo que se puede esperar del rock de un país tropical como el nuestro, que combina la percusión tradicional de la batería (excelente baterista, por cierto) con las congas y los bongoes y percusión “artesanal”. Pero lo que más me llama la atención es que es una banda sumamente inteligente. Inteligente en sus composiciones tanto líricas como musicales, inteligente también en su forma de entender la rebeldía, dueños siempre de una postura muy clara con respecto a las cosas y logran que uno les ponga atención, sin importar en dónde se los vea. No recordaba la letra de casi todas las canciones, pero al final llegó Soledad criminal, y no supe por un momento si saltar o llorar. Me resolví por saltar, y grité presa de la emoción la canción entera. Es una dicha verlos de nuevo, es una ocasión feliz ver de nuevo a su vocalista alzando el puño izquierdo y gritando “¡Alegría!” y saber además que tienen unas canciones nuevas por venir.
Estoy orgulloso de mi decisión. Ver a las 1280 Almas en escena fue el cierre perfecto para este segundo día de rock al parque. Ya volverá Kinky, a quienes ya he visto varias veces, pero si los vuelven a enfrentar con este excelente grupo bogotano me temo que volveré a ir, esperando siempre que toquen “Flores en la cortina”. Hoy fue una jornada completa dedicada a la nostalgia, y pese a la pátina de melancolía que la resaca ha arrojado sobre mi domingo, me siento feliz  y emocionado por haber pasado este día aciago en tan buena compañía. Esperen mi reporte banda por banda, mejor redactado que estos escritos un poco de afán, y nos vemos hoy lunes en el parque. 

Un comentario ad latere: Yo estoy yendo a Rock al parque a trabajar. Es un orgullo tener un espacio en el cual escribir sobre música que es de las cosas que más me gusta hacer en la vida, pero es un trabajo. A pesar de la mano de lagartos que uno puede alcanzar a ver diseminados en el V.I.P. o en la zona en la que me toca moverme, lo cierto es que la gran mayoría de los que estamos como periodistas, reporteros, cronistas o fotógrafos estamos yendo a trabajar al festival. Por eso se nos da el privilegio de pararnos adelante, en un espacio reservado para los que tenemos el gusto de trabajar en uno de los muchos medios informativos que cubren este evento. Por eso no comprendo qué demonios puede estar pensando la policía cuando nos hace quitarnos el cinturón. ¿Cómo esperan que vayamos vestidos los que de ninguna manera vamos a pelear? ¿A qué horas los periodistas y los lagartos se volvieron tribus urbanas que representen algún tipo de peligro?
Siempre he pensado que es una idiotez quitarle los cigarrillos a la gente, no importa si se trata de un espectador cualquiera o uno del V.I.P., porque fumar es el vicio de los que esperan, y Rock al parque es como ninguno un espacio de esperas. Pero aparte de todo esto no veo sentido alguno en requisar minuciosamente a gente que de ninguna manera va a representar un peligro para otros asistentes, mucho menos para la gente de producción o los artistas. Espero que mañana no me quiten el esfero o el libro, mucho menos mi cinturón, espero que a ninguno de ustedes tampoco.

Santiago Rivas (miamigorivas@gmail.com)
Colaborador de www.zonagirante.com
Co-autor de www.elwalkman.blogspot.com

 

Domingo 28 de junio 1:00 p.m.

Reportando Rock al parque - Día uno
Yo tengo serias objeciones con respecto al metal. Me parece que es una música plagada de efectismos innecesarios, en el que hace rato no se propone nada nuevo. Sin embargo, los metaleros son mi tribu urbana favorita, porque la gran mayoría son muy pacíficos y casi todos son ñoños, con lo que me identifico plenamente. El caso es que en mi primer año haciendo prensa desde la zona de prensa, decidí irme a patearme todo el día de Rock al parque, al que suelo huirle por que simplemente no me interesa nada de lo que se presenta.
Pero encontré buenas cosas. Candy 66 es interesante, Descomunal estuvo bueno, Haggard tenía sus cosas interesantes y Gaias Pendulum estuvo bien, con metal al pie de la letra, que es en principio aburrido. Partamos de la base de que todos los músicos metaleros que se respeten son virtuosos, incluso la mayoría de los del New Metal, que son tanto más simplistas.
Pero los puntos más altos de la noche para mí fueron tres. Primero Los Plankton, una banda nueva con tres integrantes, que tocan rockabilly surfer. Es un grupo refrescante y es rico ver músicos que disfrutan en el escenario, Se divierten tanto tocando que da gusto verlos. Luego Antípoda, que está por sacar un nuevo disco, Muy talentosos y con una muy buena idea sobre como componer canciones, buen metal con una propuesta nueva y poderosa. Y por último KOP, de Catalunya. Acerté a salirme de Morbid Angel, que es cualquier cosa, y me fui al escenario del lago, a ver qué podía proponer una banda que en vez de española se denominara catalana. La izquierda catalana es muy particular. No solo porque es la única que tiene un equipo de fútbol ganador, como el Barça, también porque tienen un pasado hermoso, si recordamos esos meses de gloria en que Barcelona y parte de Cataluña fueron gobernadas por los anarquistas. Ellos tocan, como no, hard core, música política si las hay; pero tienen un sonido siempre variable, usan pistas electrónicas y tienen un discurso concreto y sencillo, obviamente repetitivo, porque a final de cuentas la gente de izquierda es repetitiva. Buena música pesada, que me recordó episodios de mi juventud, me gustó sobre todo la voz del cantante y las guitarras, que tienen mucha fuerza y no son monótonas.
Hablemos también de lo malo, que fue bastante. Yo siento que no son compatibles el metal y el cinismo, porque la teatralidad exige que no exista autoconsciencia, sobre todo cuando uno quiere entrar a hacer parte de las hordas del infierno. Del infierno dantesco, porque el mal en Colombia tiene una silla de preferencia, una silla de presidencia. El caso es que si uno quiere verse maloso y demoníaco no puede pensar “vaya, qué papelón estoy haciendo” y de paso la gente del público disfruta ese tipo de cosas. Pero yo no, claro, y en cambio casi me reviento de la risa viendo a los demonios que llegaron a abrir la presentación de Tenebrarum, las contorsiones de las cantantes de Haggard (una de ellas muy guapa, por cierto) y el discurso gore (no Al Gore, solo gore) de Leishmaniasis. ¿Cómo demonios se construye un discurso gore? Ellos hablaban de dar la lucha para que el gore tenga su espacio en Rock al parque y en Colombia y yo no comprendía, porque el gore habita nuestro país desde que existe el corte de corbata colombiana y el partido de nuestro alcalde (que viene siendo la ANAPO, no se deje confundir) pagaba chulavitas, o pájaros, o alguna versión primitiva de los paramilitares. Por último, tengo que decirlo muy francamente. No entiendo cómo pasó el grupo The Devil’s rejects la convocatoria al festival. O sí entiendo, porque el guitarrista es bueno, y el baterista también, pero la verdad sea dicha, entre ellos y The Hall Effect no hay mucha distancia. Ahí no pasa nada. No tienen un sonido interesante ni canciones buenas y el cantante es un mal front man; pésimo. Daña por completo la experiencia de oirlos.
Quisiera cerrar diciendo que siempre es bueno ir al primer día del festival. Voy a empezar a ir de acá en adelante, porque resulta muy divertido ir a pescar en ese río de pelos largos y ropajes negros. Más adelante entregaré un reporte grupo a grupo de lo que vi.
Santiago Rivas (miamigorivas@gmail.com)
Colaborador de www.zonagirante.com
Co-autor de www.elwalkman.blogspot.com

Domingo 28 de junio 1:05 a.m.

Si el diablo existe, no debe ser un tipo amargado. Si el diablo (o como prefiera usted llamarlo: Mandinga, El Ñangas, Satanás, Belcebú, Señor de las tinieblas, el chómpiras, etc...) estuvo ayer en Rock al Parque, debió bailar mucho con el surf y rockabilly de Los Plankton. Debió aburrirse mucho con el discurso escatológico de Leishmaniasis. Seguro que se burló de la absurda parafernalia que montó Tenebrarum con la mala copia con alas hechas con tela ajada y tubos de pvc de su imagen tenebrosa (aunque, después de esa payasada, debió pensar de esta agrupación de Medellin no lo hace mal, y que suenan coherentes en el escenario). Estoy seguro que el diablo ayer se burló junto con sus colegas con la cursilería operática de la banda alemana Haggard, sin dejar de deleitarse visualmente con la rubia maciza de los coros. Y si el diablo existe, después del bombardeo sonoro montado por Morbid Angel, y tantas invocaciones cursis a su nombre durante todo el día, debió robarse una máscara de lucha libre de los surfistas de la tarde y se fue derecho al infierno esperando que comience la segunda jornada del festival, rica en pop, reggae y rock´n'roll, para seguir bailando como es justo y necesario. El diablo no es un metalero resentido, de los que sueñan con el pandemonium de todos los días, eso se los apuesto: el man debe ser un tipo más divertido.

Por José Gandour (zonagirante@yahoo.com)

Miércoles 24 de Junio 5:44 p.m.

Yo soy un optimista con respecto a Rock al Parque. Debe ser porque considero que todo vale en esos tres días, pese a que hay muchos grupos sosos y discusiones inútiles, presentaciones malas hasta la rabia, pese incluso a Fito Páez, que ahora es políticamente correcto, o eso aparenta.

Soy un optimista porque Rock al parque es la promesa de un buen fin de semana; uno movido, por lo menos. Porque durante el festival la vida toma otro sabor, y pese a la lluvia – que se ha buscado evitar en esta edición con el cambio de fecha - , uno está ahí, frente al escenario, viendo a ver qué. Finalmente los grupos malos y las presentaciones intrascendentes no dejan de ser material para escribir artículos de todo tipo, que es lo que más me gusta hacer en ocasiones como esta.

Rock al parque no es un concierto cualquiera, y muchos lo tratan como tal, incluso el Distrito. No importa qué tantas fiestas se hagan en las noches de este fin de semana, ni qué tantas camisetas se estampen, nunca ha sido suficiente. La gente tiende a pensar que la cultura está separada del rock, y que la cultura del rock funciona así, sin mediar en la vida de las ciudades, porque los jóvenes no quieren saber de nada más que no sean los conciertos, pero si eso ocurre, en realidad es culpa del entorno que se ha generado, o en realidad omitido en torno a este festival emblema de Bogotá.

Yo soy optimista porque creo que la industria cultural tiende a crecer mientras se le considere como una industria y porque creo que si se hace un esfuerzo, la industria independiente puede engancharse de Rock al Parque para hacer de la ciudad una memoria viva de la cultura de la música (no solamente el rock). Una vez empecemos a generar una vida siempre activa en los días de este fin de semana y luego de este, podremos decir que realmente tenemos un festival, más aún, que tenemos una ciudad que vive de su cultura, no solo en los mercados siempre cambiantes pero siempre presentes del turismo efímero, sino en la forma en que el Distrito debe crecer culturalmente. Claro, soy un optimista porque creo que eso termina siendo una responsabilidad de la gente ya que el Distrito no parece comprometerse con ampliar la repercusión de Rock al Parque en los días en que no hay conciertos, o simplemente no se compromete con tener a los jóvenes siempre pendientes de lo que pasa en la ciudad.

Finalmente, soy un optimista porque vienen grupos como la BambaraBanda, por Plastilina Mosh, por Molotov – que si algo saben hacer es dar conciertos divertidos- y por el Instituto Mexicano del Sonido, mi recomendadísimo para esta edición, entre otros. El cartel internacional no es muy amplio, pero es un esfuerzo que se hace para tener contento a un público que poco aporta y mucho se queja, y para huír de la ira implacable de dios, que parece ser uribista. Soy optimista porque la música siempre merece ser oída y porque el rock, o el no rock, o eso que llamamos rock siempre va a tener algo que mostrarnos.

Puede que haya dificultades, que Fito Páez cante todo su disco nuevo que es malísimo, pero no importa. Mi propuesta es, en cambio, gozar al máximo de los tres días que se vienen, oír atentamente y tratar de no perderse entre la multitud que llene los tres escenarios del parque. Mi propuesta es que metan los cigarrillos a escondidas y busquen divertirse lo más posible, para que Rock al Parque sea por fin parte fundamental de nuestra vida como bogotanos. Mucha suerte, y un buen festival en paz para todos ustedes.

Santiago Rivas (miamigorivas@gmail.com)
Colaborador de www.zonagirante.com
Co-autor de www.elwalkman.blogspot.com

 

Domingo 21 de Junio 10 a.m.

¿A quién le sirve Rock al Parque?

En su décima quinta edición, que se celebrará los días 27, 28 y 29 de junio, Rock al Parque viene cargado desde ya con muchas críticas, casi todas mirando su cartel de invitados internacionales. Qué por qué traen a Fito Páez, que por qué viene de nuevo Molotov, que cuando, como prometió Lucho Garzón, traen de verdad a U2 o si algún día los Rolling Stones se morirán en el escenario bogotano. Sé que los organizadores han salido a defenderse y no reciben con mucho agrado esos comentarios, pero ellos no se dan cuenta que es consecuencia de su propio invento: es claro que la Alcaldía Mayor de Bogotá se ha concentrado en que, a medida que ha ido pasando el tiempo, Rock al Parque sea un concierto de tres días con estrellas rutilantes, donde el público ve de relleno la participación de la mayoría de las bandas locales y sólo le interesa el nombre de los invitados internacionales. Sólo les interesa la masa, la foto final (es más, en sus reuniones privadas, califican a Rock al Parque como “el evento político más grande de Colombia”). Una filosofía totalmente contraria a la que se adoptó al comienzo, donde la idea era que el festival fuera una plataforma de fomento al talento local, teniendo como cereza del pastel la participación de uno que otro representante extranjero, que venía más que por su popularidad, por la actualidad de su sonido y la posibilidad de marcar tendencias entre nuestros músicos.
Igual eso a usted no le interesa, ¿verdad? Seamos claros: parece radical aseverar este tipo de observación, pero usted, asistente regular al festival: ¿le llama la atención el nombre de la banda con la que abrirán alguna de las tres  tarimas cualquiera de los días que usted se asome por el Simón Bolívar? ¿Le interesa el discurso y el orden de las canciones de la agrupación bogotana que a las 3 p.m. estará presentando a los quinientos o menos despistados que los estarán observando?
Seamos sinceros: Pocos de ustedes me van a poder negar que llegan después de las 5 p.m. a cualquiera de las jornadas de Rock al Parque a la espera de ver los principales shows de la noche. A muchos de los que asisten les molesta que la agrupación local de turno se tome el tiempo exacto de su presentación y tienen ganas de reventar a sus integrantes a monedazos o al menos de insultarlos, coreando el nombre de la agrupación internacional a la que le corresponde cerrar. Creen que su altanería agilizará el horario. Ustedes, que no compran un disco nacional, que piratean toda la música que está en su reproductor de mp3, que usualmente se ofenden cuando les cobran mas de los tradicionales cinco mil pesos en los conciertos en los bares y teatros, tienen poco y nada de derecho a quejarse de lo que suceda en Rock al Parque.
¿Les ofende este planteamiento? Ok, a medida que avance el artículo veré cómo arreglo mi postura para que no se molesten... o no... quizás lo deje igual o peor. Ya veremos.
El festival tiene muchos problemas, algunos con posibilidades de solución, otros no. Uno de los peores es llamarse así. En una ciudad donde más de un tonto se ha calificado de “purista” y cree tener el derecho a decir qué es Rock y qué no, se ha adoptado el extremismo para definir quién puede presentarse y a quién se le puede vetar la tarima del festival. Y aún dentro de los rockeros hay algunos aún más fundamentalistas (que, por cierto, no tienen fundamentos reales para sostener sus peroratas), que creen que si una propuesta no suena al más anquilosado metal o al blues más aburrido no debe tener espacio en el festival. Algunos de esos “eruditos” han estado como jurados en las convocatorias de artistas locales y han dejado su marca de intolerancia bien presente.
En Rock al Parque no cabe, según la premisa de estos “expertos”, la participación de Chocquibtown, La 33 y Bombaestereo, invitados colombianos destacados este año de Roskilde Fest, en Dinamarca, donde estarán, entre otros, Slipknot, Amon Amarth y Nine Inch Nails. Eso, según ellos, sería hundir aún más el nombre de Rock al Parque, hacerlo traicionar aún más la esencia del festival, como si se tratara de algo inamovible, algo excesivamente certero e inflexible. Y, aún así, niegan que lo suyo sea fascismo musical. Ese pensamiento está bastante extendido entre una buena parte del público bogotano, contradiciendo dos principios: el relacionado con el asunto de democracia y convivencia con el que nació este evento y, segundo, el que dice que Rock, más que un sonido, es una actitud. Y, a fuerza de echarme más enemigos que igual desde ya no me quieren, le creo mil veces más a la actitud rockera de Totó La Momposina que la de Neurosis o Leishmaniasis.
Otro problema: Rock al Parque le ha dado grandes momentos a esta ciudad, es claro que hace parte de los grandes acontecimientos de la capital colombiana, pero, ¿acaso hay una buena memoria de ello? Es más, ¿qué edición del festival sobrevive en el recuerdo una vez finaliza? Salvo por algunos refritos en Canal Capital y uno que otro comentario despistado que sale en medios de comunicación, es poco lo que perdura. Se pasa la hoja y ya. No importa si la suma de asistentes durante tres días de conciertos supera las trescientos mil personas, a los pocos días ya es materia olvidada. No hay tiempo a la reflexión, no es materia de los principales canales hacer un resumen decente de lo sucedido, y la cantidad de reseñas publicadas por fuera de los espacios alternativos es casi nula. No importa el esfuerzo que se haga, se recuerda más a quién fue la señorita Antioquia en el reinado de belleza (si, esa que decía que el hombre y la mujer se complementan y demás palabras para los anales de la sabiduria popular) que cualquiera de las canciones interpretadas durante el evento. ¿No les parece triste eso? Un evento masivo que sigue siendo más que underground una especie de fecha marginal ante su corto impacto fuera de los tres días de existencia de cada año.

Seguro en este punto, el lector energúmeno y, a su vez, optimista, esperará que le de una solución a este y otros inconvenientes de Rock al Parque. Yo lo único que podría proponer a estas alturas, y sé que no va a suceder, es que se reinvente el festival. Que retome sus raíces y que contribuya de manera real al crecimiento de la escena musical en esta ciudad, en este país. Pero, y poniéndome bíblico, con el cínismo del poco creyente en las aventuras religiosas, tendríamos que poner a los rockeros de esta ciudad a caminar cuarenta años por el desierto, para que se renueven las generaciones y todo comience de nuevo. Ya sabemos que eso no va a ocurrir, pero mientras algo parecido no suceda, y sigamos pensando que Rock al Parque debe competir con los empresarios privados tratando de lograr, en medio de su burocracia y sus limitaciones, carteles de relevancia mundial, el festival sólo nos servirá para distraernos durante un fin de semana largo y uno que otro músico bogotano intente llamar nuestra atención, antes que se la robe Molotov, Morbid Angel u otro invitado internacional que viene de pura coincidencia por estos lados.
Creo que quienes rescatan a Rock al Parque de su condicion de elefante blanco inmóvil son, por un lado los músicos locales que deben despertar del iluso sueño de creer que Rock al Parque es su salvación y luego, de manera indefectible, se vuelve su desilución, y, por el otro, los asistentes, si se dan cuenta que el festival les pertenece, pero de una manera efectiva, teniendo como obligación salir a defender el talento bogotano, sin dejar de alegrarse de las sorpresas musicales que nos visitan. El público debe comprender que los que se quedan durante el resto del año para hacer la banda sonora de la ciudad son sus vecinos y no quienes a las pocas horas de su presentación tienen que irse. Si la respuesta de los asistentes a Rock al Parque se dirige hacia esa dirección, habrá un gran cambio en los resultados obtenidos y el festival servirá efectivamente más allá de distraernos durante unas horas para luego volver a la rutina, y a ver estancada nuestra escena musical, como siempre.
Igual nos veremos por el Simón Bolívar y discutiremos al respecto. Ojalá al menos pasemos 3 días de alegría en el Parque y comencemos a ver la posibilidad de que esto cambie. Ojalá, señor lector, sepa disculpar tanto insulto barato de mi parte (¿o no?).

Por José Gandour (zonagirante@yahoo.com)

 

 

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