Por José Gandour @gandour

Usted, amigo lector de nuestra página, puede que pertenezca al selecto grupo de personas a las que quizás ya las leyendas melosas le aburran. Puede que por cosas de la edad, la experiencia o la amargura natural ya el amor lo tenga tan decepcionado que apenas escuche lo que le pasó a esta pareja, ella chilena, él argentino, crea que todo es fabricado, que lo que le cuentan siempre tendrá un inmenso lado inundado de ficción y que historias como estas solo las creen aquellos que siguieron de pequeños las aventuras de Disney Channel o aquellos que siguen comprando tarjetas de colores pastel en las tiendas de Hallmark o similares. Créanos, amigo, lo entendemos. Hemos pasado por ahí centenares de veces. Pero lo vivido por Helado Infinito, (es decir, Loreta Neira y Víctor Siete) es real, y sigue, después de varios años, siendo precioso. La mejor prueba de ello es su segundo álbum,  El movimiento del error.

Nosotros hace un tiempo les contamos en una entrevista cómo se conocieron. En resumidas cuentas, chica chilena viaja a Buenos Aires a estudiar, conoce a chico argentino en un recital en La Plata,  donde él tocaba. Se enamoran, deciden viajar por América Latina, y en el viaje, con sus computadores personales y sus guitarras de palo, van grabando lo que fue su primer disco. Inicialmente conocido como Canciones dispersas, es un compilado de 8 canciones, de apenas media hora de duraciòn, donde se mezclan episodios de pop, hip hop y folk, y que de manera natural y tranquila van ambientando el relato de un dulce periplo y las sensaciones que quedan de dicha aventura. Un año y medio más tarde, ya establecidos en Santiago, ha evolucionado el  encantador e inicial sonido casero obtenido en la primera placa, y ahora afrontan la segunda parte de su carrera con una grabación que, siendo más profesional, no pierde el candor con el cual comenzaron. Se nota que la experiencia dejó de ser nómada y que los paisajes relatados son más constantes.

En esta ocasión, Neira presenta melodías más ricas y complejas en sus composiciones y sus letras tienen más riesgo en su construcción. Hay más tiempo y paciencia para la poesía. Por ello surgen frases mágicas como la contenida al final de su canción Nostalgia («Nostalgia de nada es mentir/Nostalgia de todo es morir»), o las oraciones con las que arranca el tema que da título a toda la producción («El movimiento del error/ avanza a pasos grandes/ Cuando viene no hay más/ que abrazarlo hasta que arde»).

Aquí observamos, además, una madurez instrumental donde la programación de ritmos y los elementos acústicos utilizados siguen teniendo una compatibilidad enternecedora. Casa, quizás la mejor canción de este trabajo, es bella de principio a fin por esa gentil mezcla de lo digital y lo análogo. Secreto, primer sencillo promocional, acude al movimiento y genera una sincera necesidad de baile, sin complicarse la vida con estrategias estrámboticas. Oh, último tema de la publicación, se arriesga con texturas más elaboradas para imprimir  una melancolía que ayuda a cerrar el disco de manera conmovedora.

El movimiento del error es un álbum que refleja una estabilidad estacionaria, una sede fija, la vivencia bajo un mismo y durarero techo. Refleja el tiempo dedicado a la grabación en un sólo lugar. El resultado da fe del espacio para la experimentación, para la consolidación de una intención sonora e, igual, para conservar la frescura de una propuesta hecha con honestidad, con deseo y con sangre en el corazón. Es un trabajo emocionante, listo para ser oído cada vez que uno sospeche que eso que llaman amor sólo le pertenece a los tontos o a quienes nos venden falsos unicornios desde los grandes medios.


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