Por José Gandour @gandour Fotos archivo Monte

Quién sabe por qué se dan ese tipo de fenómenos en el mercado musical. Eso que llaman «la justicia» no existe por estos lados, ni lo intenten. Pero es tremendamente curioso, y a su vez improcedente que una agrupación como Monte no ocupe espacios de privilegio entre los oyentes del buen rock en América Latina. Si, suena a estas alturas a queja de niño chiquito e imagino a más de un amigo diciéndome «ya hemos discutido esto antes, ya sabes como son las cosas, así es el cruel mundo musical, etcétera, etcétera, etcétera…». Pero cada vez que escucho nuevo material de este trío costarricense me pregunto por qué sigue esta banda ocupando una odiosa categoría de joya oculta para la mayoría de los aficionados y no pasa a ocupar un lugar destacado entre los artistas que saben hacer canciones redondas y vibrantes a lo largo de toda su carrera.

Desde 2011, con su primer ep, llamado simplemente Monte, comenzaron a dar batalla con trabajo ruidoso, agresivo, pero, a su vez, directo y atrapante. En todo este tiempo han publicado 10 placas, entre sencillos, compilados, splits y producciones de mediana y larga extensión, y aún viendo una evolución donde a lo largo de los años han asimilado un sonido más tranquilo y por momentos cercanos al pop rock, nunca han evitado la experimentación, la valentía y la fina elaboración de melodías que quedan entre su audiencia de manera inmediata.

Su último trabajo, V, con una portada que recuerda las viejas fotos de la Jimi Hendrix Experience, trae 5 tonadas de corte aparentemente alegre, casi que diríamos sonoramente optimista, aunque después descubrimos en la letra textos como:

«Hay vidas que yo no entiendo 
Sed disfrazada de bondad 
Decisiones, días completos, 
gente que sufre de verdad» 

Estos muchachos saben engañarnos, nos meten en una película que sospechamos será color rosa y después nos revelan sus verdaderas intenciones. Lo suyo son canciones con segundas voces que, a punta de inicial dulzura, nos van convenciendo que las cosas no son fáciles y que la corrosión del discurso no decae en ningún instante. Si nos piden elegir el mejor momento de esta grabación, podemos decir que seguramente es la sensación de océano profundo que se respira mientras transcurren los cinco minutos de Todas estas tumbas, composición con la que cierra este disco. Este hermoso tema, donde el trío acude a la compañía adicional de trombones y trompetas, es poesía sólida en su totalidad:

Recibimos tanto para seguir con sed 
Cargando un cansancio 
Nunca dormimos bien 

Con cabeza en tempestad sobre almohadas de ansiedad 
Intentando ignorar todo lo que hacemos mal 

Necesito santos para intervenir 
Sin fe de que después de tanto 
voy a sentirme bien 

Toda esta necesidad 
Estas jaulas de cristal 
Todas estas tumbas 
No se pueden evitar 

Siempre quieren dominar! 
Quieren partir las aguas! 
Cuando en realidad el mar los arrastra 

En medio de cantos me despedí

En fín, creo decir esto de vez en cuando, pero, insisto, es bueno afirmarlo contundentemente en esta ocasión: A veces la música está hecha para salvar al oyente de la desazón cotidiana, y que, cuando llega a tiempo para hacernos levantar las banderas del ánimo es cuando debemos ser agradecidos, aunque la duda sobre la divinidad prevalezca. Monte es una gran banda que merece ser escuchada en cualquier parte de este hemisferio, y seguro que al hacerlo, más de uno podrá encontrar sonidos que sentirá haber extrañado hace un buen tiempo.  

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