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Por José Gandour @gandour Fotos @rociomascayano

Cada buen artista inevitablemente va estableciendo, a medida que va desarrollando su carrera, sus propios sellos, sus elementos repetitivos, esos detalles que lo distinguen, que nos hacen decir «ah, esta canción suena a…». Eso en ningún momento deprecia el producto, al contrario: Le imprime identidad. Pero la misión inmediata que debe asumir el músico es la de registrar variedad y buscar sorprender a su audiencia en cada nueva grabación. Se trata de mostrar cómo, partiendo de una esencia, hay multitud de posibilidades para desarrollar y esparcir el espíritu de belleza logrado desde el comienzo. 

Al ver anunciado el nuevo ep de Fran Straube y su proyecto Rubio, llamado La Existencia, aguardaba inicialmente algo que me gustara pero que, sospechaba, se presentaría a manera de «lados b», registros sonoros que habían quedado en el cajón mientras salíamos de la cuarentena. Estaba esperando algo que iba a escuchar con más cariño que curiosidad, buscándole una sorpresa oculta de pocos segundos. Si, lo confieso: Creía que La Existencia iba a ser un compilado de canciones para una etapa de transición. Pero no, me  equivoqué, afortunadamente. 

Claro, son cuatro tonadas, y de entrada se hallan los puntos reconocibles de Rubio: Uso intenso del vocoder en buena parte de las intervenciones vocales, largas reverberaciones y una oscuridad instrumental muy particular, muy suya. Pero, estableciendo esas cualidades como base, se siente desde el primer segundo la necesidad de riesgo, de añadir lo inesperado. Agua, el tema que abre la publicación, de un momento a otro se interrumpe y mete una guitarra acústica española nada habitual que abre otro panorama. En Compañera, la voz se agrava aún más, tornándose por momentos inentendible, en un combate similar al que asume  quien enfrenta desafiante sus instantes más oscuros. Niño Iceberg es un himno con un retorcido aroma trip hop, que crece en los coros a manera de proclama, pero que, a los pocos segundos regresa a la tranquilidad, a la reflexión, convirtiéndose en una especie de montaña rusa emocional de casi cuatro minutos de duración.

Pero el mejor momento de este compilado es el tercer corte. Sólo quiero que me salves tú es el guiño que nos tira Straube para mostrarnos una nueva ruta, otra puerta de salida para abrazar su música y conservar nuestra devoción hacia ella. Aquí varía la velocidad, se abre a una mezcla más aguda y acude a armas más esperanzadoras. La imaginamos a ella sentada al borde de un precipicio, pero con la mejor de sus sonrisas, con la más excitante de sus peticiones personales, exponiendo uno de sus discursos más íntimos, una bella expresión de amor, que llega más que a tiempo para los días que vivimos. 

Si, sigue siendo un gran placer escuchar los estrenos de Rubio. Ella, Fran Straube, sigue en línea ascendente, sin jugar nunca a lo seguro y buscando la feliz incomodidad de los oyentes. 

 


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