![]() |
Antonio Vega: Homenaje a un chico de ayer. a Cavestany, el responsable de todo esto y a Elena a quien tanto extraño Vivi los años 80 en España, disfrutando a pleno la movida madrileña. Cuando llegué, todavía era alcalde de la capital el profesor Tierno Galván, un hombre que despertó la urbe de su aburrimiento franquista y contribuyó a que la ciudad se volviera divertida, viva, llena de variedad, de cultura. Llegué en los momentos en que se hablaba de “la triple A”, de Almodóvar, Alaska y Moncho Alpuente, íconos especiales que mandaban (¡quién iba a pensarlo!) la escena underground y diríamos que antiestablecimiento de ese tiempo. Madrid era una ciudad inocente que poco a poco se volvía traviesa, experimental, casi que morbosa. Las tribus urbanas imponían su arte y se veía cómo durante el 2 de mayo los punks de corte de pelo mohicano bebían litronas de cerveza al lado de otros especímenes urbanos y hasta uno que otro gobernante local. Madrid era una ciudad feliz y yo me sentía complacido por estar ahí. Estando en la universidad, en el mismo salón tenía todos los espectros políticos al lado de mi pupitre: Por un lado, a la niña más “pija”, la más conservadora, la que pensaba que América Latina (a la cual ella llamaba de manera detestable Hispanoamérica) debería seguir siendo colonia española, porque “era claro el atraso de los mestizos”. Por el otro, el squatter que olía a todos los tabacos del mundo, con sus botas gastadas y su discurso pro-ETA, a pesar de ser el más castizo de los personajes. Y en medio los modernillos, los que decían que lo suyo era lo moderado, los partidos de centro, la música sin mucha distorsión, las fiestas de corbata pero sin exagerar el glamour. También existían los que todo lo veían con crítica, con ironía de último momento, los que sabían correr con el paso del tiempo pero que no asumían la moda sin masticarla antes. Entre ellos estaba mi amigo Juan, alguien que nunca comprendí que hacía estudiando Ciencias Políticas (me imagino que él, al mirarme, se hacía la misma pregunta). Lo suyo era dibujar en clase, haciendo caricaturas sencillas y hablando de la música de la que no hablaban los que jugaban a ser los más avanzados, pero sin negarle nunca su gusto refinado por lo contemporáneo. Juan, que después supe, se dedicó al cine, y ha dirigido un par de películas que no he tenido el placer de ver, era un personaje misterioso que, quizás como señal para reconocerlo más plenamente, me regaló dos cosas: una copia de bolsillo de El guardian entre el centeno, de J.D. Salinger y un cassette con canciones de Nacha Pop. Yo, que venía prevenido con el rock español del momento, al menos el que sonaba en la radio y que tenía letras en formato de chascarrillos, me tardé mucho en escuchar el cassette. Recuerdo que durante un par de semanas, la cajita se quedó al lado de mi equipo de sonido sin que yo la abriera. Lo que hizo que escuchara la cinta, aunque suene curioso, fue terminar de leer El guardian.... En ese momento, confié en los gustos de Juan y me puse a escuchar a Nacha Pop. El primer tema del cassette, si no estoy mal era La chica de ayer. Antonio Vega, quien había formado la banda con su primo Nacho García Vega, arrancaba con esa voz meláncolica a cantar “Un día cualquiera no sabes qué hora es, te acuestas a mi lado sin saber por qué”. Despues venía Una décima de segundo, una de las composiciones más sensibles que he escuchado en español, donde, después de explicar que, a manera de amor reposado, “y es que no hay nada mejor que imaginar, la física es un placer” y después de todo ese discurso en el cual Vega, quizás narrándole a la mujer de esos días cómo era su vida desordenada, termina cediendo el turno para escucharla: “Ahora tú no dejes de hablar”. No sé si me entiendan, pero es uno de los mejores finales que he escuchado en canción alguna, o, quizás, con uno de los que más me identifico. El instante que más disfruté lo hecho por Nacha Pop fue cuando salió en 1987 El Momento. La razon es obvia: Lucha de gigantes. Ese compendio de temores de cómo la grandeza tiene su extenso lado débil, cómo el más poderoso sigue siendo el más desprotegido, que el susto no decae con la fuerza, y sin embargo, en medio del miedo, podemos sentir esa fantástica máquina humana llamada amor: “Creo en los fantasmas terribles de algun extraño lugar, y en mis tonterias para hacer tu risa estallar”. Siempre que escucho Lucha de gigantes me debilito, siento que algo arrasa conmigo y lo agradezco.
escrito por José Gandour.
zonagirante.com - derechos reservados 1999-2009. |