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pethitPor José Gandour @gandour

El artista brasileño Thiago Pethit comprende perfectamente el valor de la decadencia en el Rock´n´Roll. Comprende que en el discurso insurrecto que siempre ha querido adoptar el género reside y se acompaña fuertemente en las formas, en la agresión de la imagen. Su último álbum, Rock ‘n’ Roll Sugar Darling, presentado hace ya casi tres años, sigue rotando en amplios círculos internacionales no sólo por la gran construcción de sus canciones, sino por su discurso atrevidamente sensual (y sexual) y  las imágenes trepidantes que acompañan su promoción. Sus videos, sin perder su corte refinado y la bella cadencia de sus ediciones, no temen derrumbar muros morales. Pethit adopta una imagen de elegante desadaptado, denunciando con gracia todos los complejos puritanos de la sociedad. Lo suyo está más cerca del desenfreno que de la santidad.

Su último clip, 1992, sigue por esa línea. En pantalla vemos cómo simula (y seguramente la vive como tal) una fiesta al aire libre llena de osados mimos y vestuarios, donde cada cuerpo se aproxima al otro sin complejo, y donde el placer y el extasis priman sobre cualquier otra sensación. Hay psicodélicos juegos de cámaras que no pierden detalle en el movimiento de los asistentes a este bacanal visual que se entrecruza perfectamente con la densidad del tema musical. En medio del festejo, se siente un manifiesto de disconformidad con aquellos que no participan en la celebración. Quien no se une a la fanfarria, pierde el tiempo lamentándose entre los vivos.

El atrevimiento de Thiago Pethit sirve de ejemplo de los lugares a donde conduce la rebeldía del rock en estos días, fuera de los clichés corporativos y las taras de aquellos que insisten en quedarse en la peligrosa comodidad. Quizás sea tiempo de seguir a este tipo de maravillosos disidentes. Al menos hacen buena música y grandes muestras videográficas.

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