Por José Gandour @gandour

Debemos creer que la belleza puede venir en frascos sencillos. Podemos imaginar que la buena música puede ser interpretada en los espacios más austeros, donde la decoración que contiene el escenario sólo muestra una vieja colección de discos en vinilo, un retrato inesperado de Beethoven y otros cuadros indefinidos colgados por ahí. Lo cotidiano también contiene su hermosura y sirve de espacio para mostrar lo mejor de la música contemporánea. Todo esto lo decimos tras  ver en repetidas ocasiones San Pedro San Pablo,  la sesión de cuatro canciones de la banda chilena Las Madres, grabada para promocionar su álbum Himnos de América, publicado en 2018.

Todo arranca con Borrachera, una tonada que logra meternos en una aventura de texturas inesperadas, donde, si volviéramos al concepto de la licuadora donde todas las texturas imaginadas caben, tendríamos que imaginar la combinación de urdimbres procedentes del rock psicodélico, algo de shoegaze noventero y un aliviante momento de raíces andinas, que, mientras se mezcla todo en el aire,  la cámara gira en su propio eje en el sentido de las agujas del reloj. Si, la sensación audiovisual es intoxicante y consigue el saludable mareo.

A continuación suena Cuando el sol, quizás la de sonido setentero más clásico, la canción de intenciones más lisérgicas, donde el teclado imprime recuerdos de cuatro décadas atrás, sin que eso signifique que se caiga en lo añejo o lo descontextualizado. Es una brillante composición que logra aliviar el espíritu del oyente y redondear el concepto de la banda.

 

Luego, como tercera pieza del conjunto, una especie de interludio donde la banda interpreta Ucha Ucha. Es el instante diferente de toda la producción. Esta parte está editada a manera de videoclip convencional, su sonido es más acústico, y se nota que fue hecha en otro momento. Pero el blanco y negro continúa y eso ayuda a unificar este pedazo a los demás, haciéndolo pasar por un descanso, un reposo que se agradece y que además nos prepara para el final.

Esta sesión termina con otra grabación psicodélica, La Polvareda. Aquí la cámara vuelve a girar, pero retrocede, contradice las agujas del reloj. Se atreve al final a cruzar imágenes sin que sientan cortes abruptos, el lente sigue su propio ritmo sin ser interrupido en su labor.

En fin, son dieciseis minutos. Si puede verlos en la pantalla grande y con audífonos, mejor. Si no, igual, sepárese inicialmente de toda su gente y disfrútelo de manera individual. Deléitese de manera privada y luego compártalo con los suyos. Volvemos a decirlo: No hay mayor despliegue de elementos en esta producción, pero contiene una esencia digna de ser aplaudida y disfrutada, por su calidad y su honestidad en todo su proceso.

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