Por equipo de Zonagirante.com @zonagirante

Arte portada Zonagirante Estudio 

Música, disenso judío y memoria crítica ante la violencia en Gaza

Hay momentos históricos en los que hablar parece insuficiente y callar, directamente, inmoral. Momentos en los que la indignación es legítima, pero el ruido que la rodea termina deformándola. En esos escenarios, la cultura no ofrece soluciones, pero sí algo igual de necesario: espacios donde la complejidad todavía puede existir.

Este texto nace desde ahí. Desde la convicción de que la música, lejos de ser un adorno o una distracción, puede funcionar como archivo de disenso, como práctica ética y como memoria activa. No para explicar un conflicto, sino para resistir su simplificación.

Antes de avanzar, es necesario fijar una posición clara.

Estamos en contra de la política genocida del gobierno de Benjamin Netanyahu y de quienes la ejecutan y la sostienen. Una política que ha producido la muerte de miles de civiles inocentes en Gaza y que profundiza una lógica de violencia sistemática en Cisjordania. No hay justificación posible para la masacre, el castigo colectivo ni la deshumanización del otro.

Decir esto no es un gesto retórico. Es un punto de partida.

Pero quedarse únicamente en la condena, aun cuando es justa, no alcanza. Porque el problema no es solo lo que ocurre en el terreno militar, sino la manera en que el conflicto es narrado, reducido y utilizado para borrar matices, historias y vidas.

Dos pueblos, un territorio, una pregunta abierta

Defendemos el derecho a la existencia de dos naciones, Israel y Palestina, con plena soberanía, seguridad y dignidad para ambos pueblos. Y, si la imaginación política lo permitiera, no resulta descabellado recordar que existieron y existen corrientes que pensaron algo aún más radical: la posibilidad de un Estado binacional, construido por encima de los orígenes, los credos y las razas.

Pensadores judíos como Martin Buber, Hannah Arendt o Judah Magnes imaginaron, en distintos momentos del siglo XX, modelos de convivencia que no se basaran en la supremacía ni en la exclusión, sino en la cohabitación política real. No eran ingenuos. Sabían que el nacionalismo étnico, llevado al extremo, termina devorándose a sí mismo.

Traer estas ideas al presente no es un ejercicio de nostalgia intelectual, sino un recordatorio incómodo en un momento en que la imaginación política parece clausurada. La historia judía también alberga tradiciones profundas de pensamiento crítico, universalista y antiautoritario, hoy frecuentemente borradas del debate público.

Cuando la indignación se tuerce

Uno de los efectos más perversos del conflicto actual es el resurgimiento de un antisemitismo que se disfraza de indignación moral. Criticar a un Estado, a un gobierno o a una política concreta no solo es legítimo: es necesario. Pero cuando esa crítica se convierte en una condena indistinta a un pueblo entero, el dolor deja de ser motor de justicia y pasa a ser herramienta de exclusión.

No se trata de un exceso marginal del debate, sino de una consecuencia directa de su simplificación. Confundir a los responsables con los inocentes no es un error menor: es una forma de violencia simbólica que reproduce la misma lógica que dice combatir. El antisemitismo no ilumina la tragedia palestina; la ensucia. Y, al hacerlo, refuerza las posiciones más reaccionarias de todos los bandos.

La otra mayoría silenciada

Hay algo que suele quedar fuera del relato dominante: la enorme cantidad de judíos, tanto en Israel como en la diáspora, que se oponen abiertamente a lo que está ocurriendo. Personas que protestan, escriben, se organizan y pagan un costo real por disentir. Personas que no aceptan que su identidad sea utilizada como escudo para la violencia.

Reconocer esta diversidad no es un gesto de equilibrio artificial, sino una necesidad ética. Sin ella, el conflicto queda atrapado en una caricatura binaria donde solo ganan los extremos y se pierde toda posibilidad de pensamiento crítico.

Y es justamente aquí donde la música comienza a decir cosas que el discurso político ya no logra formular.

Música como práctica ética: Daniel Barenboim

Daniel Barenboim no hace música “política” en el sentido tradicional. Su trabajo, especialmente a través de la West–Eastern Divan Orchestra, propone algo más incómodo: la música como método.

En esa orquesta, músicos israelíes, palestinos y de otros países de Medio Oriente tocan juntos sin que el conflicto esté resuelto. No hay consenso previo ni reconciliación impostada. Hay ensayo, escucha, fricción y disciplina compartida. Afinar juntos sin estar de acuerdo.

La West–Eastern Divan no simboliza la paz. Practica algo más difícil: la coexistencia funcional. La música no borra el conflicto, pero impide que se convierta en negación del otro.

Identidad en combustión: Balkan Beat Box

Si Barenboim representa la estructura, Balkan Beat Box encarna el cuerpo. Aquí el disenso no pasa por el atril, sino por el ritmo, el movimiento y la mezcla.

Balkan Beat Box trabaja desde una identidad judía híbrida, atravesada por migraciones, influencias balcánicas, electrónica, punk y energía global. No hay pureza que preservar ni tradición congelada. Hay fricción constante.

Su música no pide permiso ni explica demasiado. Se mueve, incomoda, baila. Y en ese movimiento afirma algo esencial: la identidad no tiene por qué ser una trinchera. Puede ser cruce, choque y transformación.

Memoria solidaria: The Klezmatics y Woody Guthrie

The Klezmatics demuestran que la tradición no tiene por qué ser conservadora. Su proyecto de musicalizar letras inéditas de Woody Guthrie es una de las operaciones culturales más lúcidas de las últimas décadas.

Un grupo klezmer judío reinterpretando a uno de los grandes cronistas de la lucha obrera y antifascista estadounidense no es un gesto anecdótico, sino una declaración. Une historias de migración, resistencia y solidaridad entre pueblos distintos, sin borrar sus diferencias.

Aquí la música funciona como memoria elegida, no heredada de manera acrítica. Honrar el pasado no implica defenderlo todo, sino dialogar con él desde el presente.

Escuchar como forma de posicionarse

Estos ejemplos no explican el conflicto en Medio Oriente. No lo pretenden. Pero se niegan a aceptar la lógica de la simplificación brutal.

En un mundo que exige tomar partido de manera inmediata, escuchar con atención ya es una forma de resistencia. No para relativizar la violencia, sino para no reproducirla en el lenguaje, en la cultura y en la manera de mirar al otro.

La música no reemplaza a la política, pero recuerda algo esencial: ningún pueblo es un bloque homogéneo, ninguna identidad es una sola cosa y el disenso no es traición, sino responsabilidad.

No todo se puede decir.
No todo debe callarse.

Y a veces, cuando las palabras ya no alcanzan, la música sabe ocupar ese espacio con una lucidez que incomoda y, al mismo tiempo, sostiene.

Compartir
HTML Snippets Powered By : XYZScripts.com