Por equipo de Zonagirante.com @zonagirante

Fotos archivo Cindy Guitars

Nota del editor

Hay personajes que se nos quedan rondando. No por insistentes, sino por honestos. Cindy Hulej es uno de ellos.

Durante un tiempo fuimos leyendo entrevistas suyas sin prisa, casi como quien vuelve a una canción conocida. Cada texto revelaba algo más: su manera de entender el oficio, su relación con la madera, su forma de habitar el tiempo. Sin darnos cuenta, se fue convirtiendo en una pequeña obsesión.

En un mundo acelerado y ruidoso, Cindy representa otra cosa. Paciencia, trabajo manual, coherencia. Una mujer que hace guitarras con maderas rescatadas, que escucha antes de construir y que entiende el hacer como una forma de vida.

Después de leer varios artículos sobre ella, sentimos que valía la pena detenernos y compartir esta historia. No como un perfil técnico ni como una biografía exhaustiva, sino como una lectura para el fin de semana. De esas que se disfrutan sin apuro y se quedan resonando.

Lo que sigue nace de ahí.


Hay lugares donde la música no empieza en una nota, sino en una tabla vieja apoyada contra una pared. En Carmine Street Guitars, un pequeño taller en Greenwich Village, Nueva York, las guitarras no salen de una línea de montaje, sino de un diálogo constante entre manos, oído y memoria. Allí trabaja Cindy Hulej, luthier y artista visual, construyendo instrumentos que son, ante todo, objetos con historia.

Cindy no llegó a este oficio siguiendo un manual. Llegó por curiosidad, por intuición y por una necesidad muy concreta de hacer algo con sentido. Cuando apareció por primera vez en el taller de Rick Kelly, maestro luthier asociado a nombres como Lou Reed o Patti Smith, no buscaba fama ni una carrera acelerada. Buscaba aprender. Aun cuando al comienzo no había dinero de por medio, decidió quedarse. Aprender un oficio desde abajo, con paciencia, fue su elección.

Cimdy guitars

Esa paciencia atraviesa todo su trabajo. Las guitarras que Cindy construye no parten de maderas nuevas ni perfectamente cortadas, sino de maderas recuperadas de edificios antiguos de Nueva York. Hoteles, bares, iglesias, casas demolidas. Materiales que ya tuvieron una vida previa y que ahora encuentran otra forma de resonar. Cada tabla es revisada a mano, limpiada de clavos, observada con atención. Nada se fuerza. La madera dice hasta dónde puede llegar.

Hay algo profundamente poético en esa idea de las guitarras con tres vidas: primero como parte de una construcción, luego como desecho urbano, y finalmente como instrumento musical. El pino antiguo que Cindy utiliza, endurecido por décadas de cambios de temperatura y humedad, tiene una resonancia especial. No es solo una cuestión sonora, es una cuestión de tiempo acumulado.

Sus guitarras no buscan la perfección industrial. Al contrario. Los nudos, las vetas irregulares y las pequeñas imperfecciones son parte del carácter del instrumento. Cada pieza es distinta porque el material también lo es. Cindy repite ciertos modelos, pero nunca de manera idéntica. Siempre hay una decisión nueva, una adaptación, una escucha atenta a lo que esa madera en particular está pidiendo.

Más allá de lo técnico, lo que resulta inspirador en su trabajo es la postura vital que lo sostiene. Cindy no concibe su oficio como un producto ni como una carrera que deba escalar sin pausa. Construir guitarras es, para ella, una forma de estar en el mundo. De trabajar con las manos, de respetar los procesos lentos, de encontrar alegría en hacer bien algo pequeño y concreto.

cindy guitars. maderas de edificios viejos para guitarras neuvas

Esa manera de vivir el oficio quedó también registrada en el documental Carmine Street Guitars, donde se ve el día a día del taller, las conversaciones con músicos, el peso físico de la madera cargada a hombro y la intimidad de un espacio donde el tiempo parece moverse distinto.

En un ámbito históricamente dominado por hombres, Cindy nunca ha hecho de su género una bandera ruidosa. Prefiere que hablen sus guitarras. Y lo hacen. No como objetos de lujo, sino como instrumentos con alma, pensados para ser tocados, usados y vividos.

Tal vez por eso su historia resuena incluso en quienes no tocan guitarra. Porque habla de algo más amplio: de elegir el camino largo, de confiar en el oficio, de encontrar sentido en lo hecho a mano. En tiempos de velocidad extrema, la existencia de personas como Cindy Hulej funciona casi como un recordatorio silencioso de que otra relación con el trabajo, con el tiempo y con la creación sigue siendo posible.

Y eso, para nosotros, ya es música suficiente.

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