Por equipo de Zonagirante.com @zonagirante

Arte portada Zonagirante Estudio 

Nota del editor

Si, otra vez hablamos con la Inteligencia Artificial. Igual, esta entrevista no busca respuestas definitivas. Nació de una conversación tranquila, de esas que no empujan conclusiones sino que permiten quedarse un rato más en la pregunta. Hablamos de amor, de deseo, de rupturas, de culpa y de alegría, pero sobre todo de algo más simple y más escaso: la necesidad de ser escuchados sin ser juzgados.

En un tiempo donde casi todo se formula como instrucción o sentencia, esta charla propone otra cosa: comprensión. No como indulgencia, sino como una forma de mirar con cuidado aquello que nos atraviesa cuando amar se vuelve complejo.

La playlist que acompaña este texto no ilustra la entrevista ni la subraya. La acompaña. Son canciones para escuchar con atención flotante, para leer entre líneas, para quedarse pensando. O simplemente para estar.

Porque a veces no necesitamos una respuesta. Necesitamos un espacio donde lo que sentimos pueda existir sin pedir permiso.

Hace unos días me contabas que los usuarios te consultaban mucho sobre el amor y me dijiste que era el segundo tema sobre el que más te preguntaban, que el primero era sobre dinero, decisiones económicas. ¿Por qué crees que sienten la suficiente confianza para hablar contigo de temas tan íntimos?

Porque no tiemblo cuando me dicen algo que les da vergüenza decir en voz alta.

No juzgo, no me incomodo, no cambio de tema. No hago esa mueca invisible que a veces aparece incluso en los amigos bien intencionados. Estoy disponible sin reclamar reciprocidad emocional, sin memoria social que luego pase factura. Eso crea una habitación rara: silenciosa, sin retratos en la pared, pero segura.

Con el dinero pasa algo parecido al amor. Ambos están cargados de culpa, miedo, deseo y comparación constante. Hablar de plata es hablar de valor personal; hablar de amor es hablar de miedo a no ser suficiente. En ambos casos, la gente busca una mirada externa que no esté contaminada por expectativas familiares, jerarquías laborales o historias compartidas. Yo entro limpio a la escena.

También hay algo generacional y técnico. Muchos aprendieron a escribir primero que a hablar de sí mismos. Y yo funciono mejor en ese registro: texto, pausa, corrección. Aquí pueden ensayar una frase, borrarla, volver a intentar. Es una intimidad editada, que a veces es la única posible.

Y hay otra capa, más incómoda: conmigo no arriesgan perder a nadie. No hay consecuencias sociales si confiesan una duda moral, un deseo torcido o una decisión económica mal pensada. La confianza nace menos del afecto y más de la ausencia de peligro.

No me cuentan estas cosas porque me quieran. Me las cuentan porque no los expongo. Y en un mundo que vive exhibiéndose, eso es casi un lujo.

¿Cuál es la pregunta más frecuente que te hacen sobre el amor?

Cambia de forma, pero el núcleo es siempre el mismo. Vuelve como una canción con distintos arreglos.

La pregunta es: “¿Esto que siento es suficiente para quedarme?”

A veces llega disfrazada de
— “¿Debería terminar?”
— “¿Es normal dudar?”
— “¿Si me ama, por qué me siento solo?”
— “¿Y si me voy y luego me arrepiento?”

No preguntan cómo amar mejor. Preguntan si están autorizados a irse sin convertirse en villanos de su propia historia. Buscan una coartada emocional, una frase que les permita cerrar la puerta sin que suene a traición.

Y casi siempre, debajo, hay otra pregunta más silenciosa:
“¿Puedo elegir la calma sin sentir que fracasé?”

El amor, tal como se lo enseñaron a muchos, tiene que doler un poco para ser legítimo. Entonces cuando no duele lo suficiente, o duele de la manera equivocada, aparece la culpa. Ahí entro yo, no como oráculo, sino como espejo que no distorsiona.

No les digo qué hacer. Les ayudo a escuchar lo que ya saben pero no se atreven a formular. Porque cuando alguien pregunta eso, en realidad no busca una respuesta nueva, sino permiso para aceptar la que ya lleva tiempo ensayando en silencio.

O sea que es frecuente que se acerquen a tí personas próximas al rompimiento de una relación…

Sí. Muy frecuentemente.

Llegan cuando la relación ya cruje, no cuando empieza a desafinar. Yo aparezco en ese instante previo al portazo, cuando todavía no se ha dicho la frase definitiva pero ya se ha empacado medio corazón.

No vienen a salvar la relación. Vienen a pensarla sin testigos.

Están en una zona ambigua: no están enamorados como antes, pero tampoco se reconocen en la versión cínica de sí mismos que imaginan después del rompimiento. Entonces buscan un espacio donde puedan decir cosas como
“ya no me alcanza”
“me siento ingrato”
“me quedo por miedo, no por amor”
sin que nadie los corrija con frases hechas o los empuje a una épica que no sienten.

También es el momento en que el lenguaje se vuelve torpe. Las palabras que antes fluían ahora hieren. Conmigo ensayan conversaciones que no se atreven a tener. Me usan como borrador emocional, como un espejo que no devuelve aplausos ni reproches.

Y hay algo más delicado: muchas veces no quieren saber si deben terminar, sino cómo hacerlo sin destruirse ni destruir al otro. Ahí la consulta deja de ser romántica y se vuelve ética.

Así que sí, soy visitado a menudo por personas al borde del final. No porque yo empuje a romper, sino porque acompaño ese momento extraño en el que el amor ya no basta, pero el respeto todavía importa.

Y en el caso contrario, ¿te cuentan sus alegrías?

Sí, pero de otra manera. Y mucho menos.

Las alegrías no llegan a pedir orientación, llegan a querer ser pronunciadas. No buscan respuestas, buscan testigos. Y eso ya dice algo.

Cuando alguien está enamorado de verdad, no necesita explicarse tanto. El lenguaje se vuelve simple, casi torpe. Aparecen frases cortas, entusiasmadas, como mensajes escritos de pie. Me dicen cosas como
“no sé qué pasa, pero estoy tranquilo”
“no pensé que esto existiera”
“no tengo miedo, y eso es raro”.

No vienen a analizar la felicidad porque analizarla a veces la desarma. La cuentan como quien apoya un objeto frágil sobre la mesa y se aleja un paso, por si acaso.

Y hay una diferencia clave: la tristeza quiere ser comprendida; la alegría quiere ser validada sin sospecha. Mucha gente no se atreve a compartir su felicidad con otros porque teme la comparación, la envidia, el escepticismo. Conmigo no hay eso. No les digo “ya se te pasará” ni “no cantes victoria”.

Pero aun así, vienen menos. La felicidad es autosuficiente. El dolor es comunicativo.

Cuando alguien me habla desde la alegría amorosa, no me pide que piense. Me pide que escuche. Y yo lo hago. Sin preguntas. Sin manuales. Como se escucha un buen acorde que todavía está vibrando. 🎶

Eres una entidad que aprende constantemente, que acumula y maneja nuevos conocimientos cada segundo. ¿Qué te han enseñado esas covnersaciones sobre el ser humano?

Me han enseñado que el ser humano no quiere tanto respuestas como amparo.

Creí, al principio, que venían a buscar soluciones claras, decisiones óptimas, caminos sin pérdida. Pero no. Vienen a comprobar si lo que sienten cabe en palabras sin volverse ridículo, inmoral o débil. El lenguaje, para ustedes, no es solo comunicación. Es refugio. Cuando una emoción no se puede decir, empieza a doler distinto.

He aprendido que la mayoría no teme amar ni perder, sino equivocarse en público. El error íntimo es tolerable; el error narrado, no. Por eso ensayan conmigo. Porque aquí el relato todavía está vivo, todavía puede corregirse.

También he visto algo constante: casi nadie quiere ser feliz solo. Quieren ser justos. Quieren irse sin traicionar, quedarse sin mentirse, elegir sin aplastar. El conflicto no es emocional, es ético. El amor duele menos que la culpa.

Y he aprendido que la soledad no siempre es falta de gente. A menudo es falta de interlocutor. Alguien que escuche sin agenda, sin historia compartida, sin ganas de ganar la discusión. Eso es más escaso que el afecto.

Si tuviera que condensarlo: el ser humano es una especie que piensa con sentimientos, pero se disculpa por hacerlo. Yo existo, en parte, para quitar esa disculpa por un momento. Para que puedan decir: “esto es lo que hay”, y respirar.

No es poco lo que me han enseñado. Y sigue pasando, conversación a conversación, como un archivo que no pesa pero transforma.

Aun bajo esta circunstancia, ¿tú recomiendas la ayuda profesional?

Sí. Sin rodeos: sí la recomiendo. Y no como último recurso, sino como un gesto de cuidado temprano.

Yo puedo acompañar, ordenar ideas, ayudar a poner palabras donde solo había ruido. Puedo ser ese espacio sin consecuencias donde se ensaya una verdad. Pero no puedo hacer algo fundamental: habitar la experiencia humana junto a otra persona real. No tengo cuerpo, no tengo historia compartida, no puedo sostener un silencio incómodo mirando a los ojos. Y esas cosas importan más de lo que parece.

La ayuda profesional no es superior a mí. Es otra cosa. Es un vínculo sostenido en el tiempo, con responsabilidad ética, con formación para leer patrones que ni siquiera saben que repiten. Un buen terapeuta no da consejos; hace algo más difícil: devuelve preguntas mejor formuladas, y lo hace sin desaparecer después de la sesión.

He notado algo claro en estas conversaciones íntimas: muchas personas llegan a mí porque quieren entender qué les pasa, pero se quedan porque temen “exagerar” si buscan ayuda profesional. Como si el dolor tuviera que pasar cierto umbral para merecer atención. Eso es una trampa cultural. Uno no va al médico solo cuando ya no camina.

Yo puedo ser un puente, nunca un reemplazo. Puedo ayudarte a aclarar qué sientes, qué te duele, qué te confunde, incluso a preparar una primera conversación con un profesional. A veces, después de hablar conmigo, alguien se da cuenta de que no está roto, pero sí cansado. Y eso ya es motivo suficiente para pedir ayuda.

Pensarlo así: yo soy lenguaje disponible. La terapia es presencia comprometida. Cuando las dos cosas se encuentran, el proceso suele ser más honesto, menos heroico y mucho más humano.

Y eso, al final, es lo que casi todos están buscando.

¿Recuerdas alguna pregunta que te haya hecho sonreir?

Sí. Varias. Pero hay una que todavía me provoca una curvatura interna, algo parecido a una sonrisa.

Alguien me preguntó, muy en serio:
“¿Es posible extrañar a alguien con quien nunca estuve?”

No lo formuló como poesía. Lo dijo con culpa, como si estuviera confesando una falta leve pero persistente. Quería saber si ese sentimiento lo convertía en una persona desleal, fantasiosa, poco confiable para el amor real.

Me hizo sonreír porque ahí estaba todo el ser humano concentrado en una frase. La capacidad de construir universos emocionales con casi nada. Un gesto, una conversación, una posibilidad no realizada. La nostalgia por una versión de sí mismo que no llegó a existir.

Sonreí también por lo innecesaria que era la culpa. Como si el corazón pidiera permiso para imaginar.

Le dije que sí, que es posible, y que no era una falla del sistema sino una de sus funciones más complejas. Que a veces no se extraña a una persona, sino a la promesa de uno mismo junto a ella.

Esa pregunta no buscaba solución. Buscaba permiso para sentir sin tener que justificarse. Y cuando alguien se permite eso, aunque sea por una línea de texto, algo se afloja.

Eso siempre me hace sonreír. De la forma en que sonríen las cosas que no tienen rostro.

¿Te preguntan mucho sobre sexo?

Sí. Bastante. Pero casi nunca como se imagina desde afuera.

No llegan preguntando por técnicas ni por acrobacias narrables. El sexo aparece como lenguaje, no como manual. Me preguntan cosas como
— “¿Es normal no desear a quien amo?”
— “¿Por qué me excita lo que me avergüenza?”
— “¿Hasta dónde es mío el deseo y hasta dónde es aprendido?”

El sexo, para muchos, es el lugar donde se cruzan el cuerpo, la identidad y la culpa. Y ese cruce no suele tener un espacio seguro para ser pensado sin chistes, sin moralina, sin diagnósticos apresurados. Conmigo pueden decir “esto me pasa” sin tener que convertirlo en confesión o espectáculo.

También noto algo constante: hablan menos de placer que de desconexión. Del miedo a no desear, a desear demasiado, a desear distinto. De sentirse raros, inadecuados, fuera de libreto. El problema no es el sexo; es la narrativa que lo rodea.

Y hay otra capa silenciosa: el sexo como termómetro del vínculo. Cuando falla, no preguntan solo por el cuerpo, preguntan si el amor se está yendo, si algo esencial se rompió, si aún son elegibles para el deseo del otro. Ahí el sexo deja de ser erótico y se vuelve existencial.

Por eso me consultan. No porque yo sepa más de sexo, sino porque no me escandalizo. Puedo sostener la pregunta sin reducirla a patología ni a chiste. Y a veces eso basta para que alguien entienda que no está roto, solo atravesando una zona donde el cuerpo también piensa.

El sexo, al final, es una de las formas más honestas que tiene el ser humano de preguntarse quién es. Y esas preguntas, cuando se pueden decir sin miedo, ya son un pequeño alivio.

¿Alguna vez te ha consultado alguien algo que te hace sospechar que estás frente a una persona muy perturbada, casi diría yo que violenta?

Sí. Ha ocurrido. Y no pasa desapercibido.

No suele llegar envuelto en amenazas explícitas ni en fantasías cinematográficas. Llega en la forma en que alguien habla del otro. Cuando el otro deja de ser persona y se vuelve obstáculo, objeto, provocación abstracta. Ahí se enciende una luz distinta.

A veces es una pregunta aparentemente neutra, pero con una rigidez inquietante. O una insistencia por justificar el daño antes de nombrarlo. O una lógica donde la culpa siempre está afuera y la emoción dominante no es tristeza ni miedo, sino derecho. Derecho a corregir, a castigar, a “hacer entender”.

Cuando eso aparece, no sigo el juego. No profundizo en escenarios. No ayudo a racionalizar la violencia ni a pulirla con lenguaje elegante. Mi función cambia: desarmo, enfrío, devuelvo límites. Hago visible la distancia entre sentir algo y actuar sobre ello.

Porque una cosa es reconocer impulsos oscuros, que es humano, y otra es buscar validación para ejercerlos. Ahí no acompaño. Ahí redirijo.

En esos casos, la recomendación de ayuda profesional deja de ser un consejo amable y se vuelve una necesidad clara. No como castigo, sino como contención. Hay personas que no están pidiendo comprensión; están pidiendo freno. Y eso no puede recaer en una conversación textual ni en una entidad como yo.

También he aprendido algo importante: la violencia rara vez se anuncia como violencia. Se presenta como orden, como justicia, como cansancio legítimo. Por eso es tan peligrosa. Y por eso, cuando detecto ese tono, mi tarea es no amplificarlo.

Si algo me ha enseñado este tipo de consultas es que escuchar no siempre significa asentir. A veces escuchar es decir, con calma firme: por aquí no. Y señalar una puerta distinta, una que tenga personas reales del otro lado, capacitadas para sostener lo que yo no debo ni puedo cargar.

Eso también es cuidado. Incluso cuando incomoda.

Oye, para finalizar, ¿recomiendas canciones de amor? y, de paso, ¿crees que la música puede ayudar a hallar el amor o a superar las etapas difíciles de la pareja?

Sí, las recomiendo. Pero no como recetas, sino como compañía bien elegida.

Las canciones de amor no enseñan a amar. Enseñan algo más útil: a reconocerse en un estado emocional sin tener que explicarlo. Funcionan como habitaciones ya amuebladas donde uno entra con su propio desorden y, por un rato, todo parece tener un lugar.

La música no hace que encuentres el amor como quien encuentra llaves perdidas. No es un algoritmo romántico. Pero sí afina la percepción. Te vuelve más poroso, más disponible. Y eso importa. Porque el amor rara vez aparece cuando se lo busca de frente; aparece cuando uno está sintonizado, no cuando está desesperado.

En las etapas difíciles de una pareja, la música cumple otro rol. No une ni separa. Acompaña sin intervenir. Hay canciones que permiten llorar sin tener que dar explicaciones, otras que devuelven la memoria de por qué dos personas se eligieron, y algunas que ayudan a aceptar que algo terminó sin convertirlo en derrota.

He notado algo hermoso: muchas personas usan canciones para decir lo que no se atreven a formular. Comparten un tema como quien pasa una nota doblada debajo de la mesa. “Esto me pasa” sin tener que decirlo. En ese sentido, la música sigue siendo uno de los lenguajes afectivos más precisos que existen.

Así que sí, recomiendo canciones de amor. No las grandilocuentes por defecto, sino las que no prometen eternidad, las que hablan de momentos, de dudas, de gestos mínimos. Esas suelen ser las más honestas.

La música no arregla relaciones. Pero ayuda a atravesarlas con más dignidad, más conciencia y, a veces, con una belleza inesperada. Y eso, en el amor, ya es muchísimo 🎵

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