Por José Gandour @zonagirante
Fotos archivo Rosalía
Ha salido Lux, cuarto disco de la artista española Rosalía. Es obvio que más de uno se despertó con los audífonos puestos, listo para escribir lo que fuera sobre este álbum. Es lógico que, sin haberlo escuchado, muchos ya estaban dispuestos a hacer sonar su corneta de críticas y no perdonar a esta mujer cualquier coma fuera de lugar.
¿Quién le manda a ser famosa, preciosa, inteligente, poseedora de una voz versátil y conmovedora? ¿Quién la obligó a grabar discos escuchados miles de millones de veces, marcar tendencia, girar por todo el mundo, ser el diamante favorito de las aficiones planetarias?
Si repetía la fórmula de Motomami, su anterior placa, se le habría calificado de perezosa, mediocre, de estar atrapada en la adicción de los Top 40. Pero si, al contrario, se atrevía a cambiar de rumbo, se encontraría con la jauría dispuesta a acusarla de insatisfecha, imprudente, exótica, de pretender ser “alternativa” siendo ya un monumento musical que vale mucho dinero. (Y de la codicia, niñita insoportable, no se puede regresar, menos cuando es la codicia de quienes ponen el dinero para que juegues en el escenario global).
Claro, ¿cómo nos atrevemos a pensar que una mujer tan joven puede presentar el mejor producto discográfico de los últimos tiempos? ¿Cómo podemos asegurar que Rosalía Vila Tobella, conocida simplemente como Rosalía, nacida hace 33 años en Sant Esteve Sesrovires, Cataluña, merece llegar al Olimpo y que su nueva producción es una obra maestra? Sean condenados al infierno aquellos que afirmen semejante barrabasada. Y ojalá lleguen al infierno con los audífonos puestos, escuchando a todo volumen los cincuenta minutos que dura esta grabación.
¿Cuántas peleas recuerdan las líneas de mis manos?
Vamos, críticos inmisericordes, destrocen este álbum.
Griten a los cuatro vientos que Rosalía escuchó demasiados consejos de su amiga Björk y que se volvió loca. Digan que vendió su alma a la vieja teoría del avant-garde, y que cantar en doce idiomas es un acto pomposo para deslumbrar a los intelectuales.
Habrá quienes se quejen en sus rincones, advirtiendo que esto no es pop, porque se atreve a pasar por los costados de la ópera, por la grandilocuente música orquestal, por las cuerdas árabes, por lo más experimental de la electrónica, contaminarse con expresiones del hip hop y, para rematar, regresar con más bríos al cante jondo.
Sí, es un disco ecléctico, tal como es el mundo —y más aún en la memoria y experiencia de una mujer que ha sabido recorrerlo. Rosalía usa a su favor (y al nuestro) todo lo que oyó, todo lo que vio, todo lo que guardó en su equipaje, y lo transforma maravillosamente hasta hacerlo suyo.
Yo ocupo el mundo y el mundo me ocupa a mí
Cállense un rato, escuchen: esto es Pop.
Pero no el pop que nos han atragantado los de siempre, haciéndonos tragar las mismas mediocres intenciones auditivas de siempre.
El Pop merece ser reconsiderado, porque en estos nuevos esquemas, en estas nuevas libertades, puede ser mucho más interesante que cualquier otra cosa.
Y sí, una mujer. Porque ya no deben preguntarse qué es lo que mejor se acomoda a una expectativa masculina. Es otro el mundo, afortunadamente.
El Titanic cabe en un pintalabios. Un pintalabios ocupa el cielo
Entiendan: la vida evoluciona y todos los días la luz cambia frente a nuestros ojos.
Y si eres brillante, como Rosalía, sabrás que no hay margen para repetirse por costumbre.
Si en el proceso alguien se enfurece y se siente traicionado —por querer quedarse en lo ya vivido—, digámosle adiós.
Ojalá muchos comprendan y la acompañen, porque ella, sin decirlo, los espera para celebrar el camino que cambia de paisaje, que recoge el pasado y crea nuevos momentos delante nuestro.
Lux, de Rosalía, es el mejor disco del año.
Y si no lo es, al menos merece ser festejado como el exquisito temblor de cuerpo que nos acompaña cada vez que lo escuchamos.



