Por equipo de Zonagirante.com @zonagirante

Ati LaneMiedo, amor y vida

Se llama Solange Santa Cruz, es peruana, y su música nos lleva a territorios moldeados imaginariamente por el desierto y la carretera. Sus canciones tienen una melancolía sobrecogedora que sorprende y luego arropa al oyente, porque en esa seguidilla de lamentos cualquiera siente confort. Esté Ep de apenas 15 minutos de duración se encarga, segundo tras segundo, en ocupar cada pedazo de la superficie de los corazones testigos de su canto. A ella see suman guitarras que parecen la suma de lo hecho por Ry Cooder y T Bone Burnett, acompañado de un bajo que golpea sin piedad el pecho del espectador, lo oído en este disco nos trae recuerdos de propuestas tan disimiles como The Cowboy Junkies o Mazzy Star. Aquí hay una joya oculta que merece ser conocida prontamente en este lado del mundo. Sin duda, recomendable.

Clara CavaLavandina

Aquí tenemos otra gema para apreciar. Desde Buenos Aires llega esta artista de voz juguetona y atrapante, cuyos sonidos instrumentales navegan por mares tan variados como el soul, el pop, el trap y el R&B, logrando siempre levantar ambiente en el que suena, invitando inevitablemente al movimiento. Lo más interesante está en su uso particular de las influencias que refleja, sin caer en los clichés de los géneros utilizados. Aquí, sin salirse del objetivo de llegar a las masas, hay valentía en la forma de asumir la misión y seducir a la audiencia, ya que lo que hace que nos fijemos en esta propuesta es la manera de romper elegantemente las reglas, entender cómo hicieron su trabajo sus predecesoras pero, a su vez, cómo desviarse en el camino logrando su propio lenguaje. No dudamos que lo hecho por esta argentina tiene todas las posibilidades de explotar en cualquier parte del hemisferio.

LuminiscenciaSi el tiempo se detiene en mi cuarto.

Volvemos a Perú para escuchar la última publicación del día. Es el turno de Brunella Odar, quien nos presenta un compilado de seis tonadas que seguramente algunos periodistas especializados etiquetarán como “dream pop”. Aquí encontramos grabaciones de amplias reverberaciones y voces mezcladas al ras de la resonancia producida por los teclados y cuerdas espaciales, y, donde, más que canciones, nos enfrentamos a poemas construidos en una oscuridad tan fuerte que nunca deja de ser atractiva. Esto es música para sus audífonos, para ser gozada de manera personal, para ser asimilada de modo intrínseco, quizás apartado del resto de la humanidad apenas durante los veintiseis minutos que dura esta exposición, ojalá regresando al mundo que nos toca de una manera más sensible.


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