Por José Gandour @gandour

Por suerte hemos tenido la oportunidad de aliviar nuestras penas durante las desgracias vividas en este año con buena música, y especialmente música hecha por talento femenino. En América Latina la valiente soldadesca artística, la que ha enfrentado de mejor manera los terribles días que atravesamos, tiene al frente mujeres que marcan la pauta y, sin importar los prejuicios y los rechazos de la oscura fuerza de los imbéciles, ellas han logrado, a su manera, desmoronar, a punta de brillantes canciones, el horror que nos quieren imponer. ¿Y saben cuál es el secreto para semejante poder? Por encima de todo, ellas han demostrado su gallardía reinventando cada género sonoro que han abordado, haciéndolo propio, adaptando los esquemas a su propio modo, marcando su propio camino. Contradiciendo cualquier concepto preestablecido, han venido a enseñarnos que la música también les pertenece y pueden hacer con ella lo que quieran, y hacen maravillas que nos permiten celebrar la vida, a pesar de lo que nos rodea.

Rita Indiana no había publicado material discográfico desde hace diez años. La dominicana, más dedicada en la última década a escribir y a comentar los embates de la sociedad, se dejó convencer, en medio de las circunstancias actuales, por Eduardo Cabra (si, Visitante, de Calle 13), para volver al estudio y sacarse de encima todos los tópicos que paseaban por su cabeza y los hiciera tonadas. ¿El resultado? Diez canciones, 36 minutos de música inesperada, mezclas inéditas, donde lo que siempre hemos conocido de los ritmos de la región sufre una feliz mutación, pasando por diversos filtros que destrozan y vuelven a construir todo,  para erigir un nuevo criterio, una nueva forma de sentir el Caribe.  Aquí escuchamos el original merengue a las velocidades absurdas del hard techno, el hip hop como invasivo participante, aromas orientales que sacuden la sabrosura tradicional, cuerdas sinfónicas que hacen crecer la tensión del momento y el western añadiendo una ternura que sorprende a los más incrédulos. Ojo, todo sigue siendo caribeño, aquí no no hay vergüenza en el origen, pero si existe un cuestionamiento general y efectivo de la identidad tal como se planteó desde el comienzo. Nadie niega de donde viene todo, cuál es su ascendencia, pero, a partir de ahora, Rita Indiana establece hacía donde quiere que vaya el sonido, tomando ella el timón del barco. De eso se trata su nuevo álbum Mandinga Times.

Y en la mitad de los tiempos de Mandinga, donde el odio parece ser el rey y donde la estupidez es su servicial bufón, Rita Indiana habla abiertamente de temores, estigmatizaciones, discriminación y rechazo, y enfrenta todos estos escollos con discursos fascinantes, donde nos recuerda la fuerza que reside en el amor, ese amor fuerte que no se queda en la cursilería y más bien se arma de coraje. Ella sabe que lo que se viene no se enfrenta con flores y sonrisas, sino más bien con la luz de su lado y con las barricadas más resistentes de la guerra. O, como dice en Miedo,  la que podría tranquilamente ser una de las mejores grabaciones que hemos escuchado durante 2020:

“A lo lejos
Se ve humo en el potrero
Son señales
De que puedo
Llegarle a comer primero
Tu salitre me lo bebo
Y me lamo to’ los dedos
Porque de ese cruel caldero
Tú me sirves lo que quiero”.

En fin, si, aquí tenemos un gran disco.


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